viernes, 14 de enero de 2022

JORNADAS DE PASTORAL DE LA SALUD / FEBRERO/ 2022


ACOMPAÑAR EN EL SUFRIMIENTO

El tema elegido para la XXX Jornada Mundial del Enfermo es: “Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso” (Lc 6, 36). Acompañar a quienes sufren como consecuencia de la enfermedad es una obra de misericordia y una finalidad fundamental en la Pastoral de la Salud.

En su Mensaje para esta trigésima Jornada, el Papa Francisco nos recuerda “cómo no recordar, a este respecto, a los numerosos enfermos que, durante este tiempo de pandemia, han vivido en la soledad de una unidad de cuidados intensivos la última etapa de su existencia atendidos, sin lugar a dudas, por agentes sanitarios generosos, pero lejos de sus seres queridos y de las personas más importantes de su vida terrenal”. El sufrimiento de nuestros hermanos se convierte en una urgente llamada a ser “testigos de la caridad de Dios que derramen sobre las heridas de los enfermos el aceite de la consolación y el vino de la esperanza, siguiendo el ejemplo de Jesús, misericordia del Padre” y así acompañarlos en su sufrimiento.

3 de Febrero:

Presentación de la Campaña del Enfermo 2022

-         Por D. Rafael Gil Vicuña, Director del Secretariado Diocesano de Pastoral de la Salud

Lugar  : Salón de las  Oficinas Diocesanas , Logroño   /  Hora: 17:30


11 de Febrero:

JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO

Hospitalidad de Ntra. Sra. de Lourdes de  La Rioja 

(En la Parroquia San Pío X de Logroño)

19:00 Rosario de la Luz

19:30 Eucaristía, presidida por Don Vicente Robredo García, Administrador Diocesano


17 de Febrero:

“Misión de la Parroquia en el mundo de la enfermedad”

Por D. Juan Pablo López Mendía, Párroco del Buen Pastor de Logroño

Lugar  : Salón de las  Oficinas Diocesanas , Logroño   /  Hora: 17:30


24 de Febrero:

“Aliviar y acompañar el sufrimiento del paciente y sus familiares”

Por D. Roberto Germán  Zuriarrain, sacerdote, doctor en Filosofía y licenciado en Teología; Máster en Derechos Humanos y Libertades Fundamentales.

Lugar  : Salón de las  Oficinas Diocesanas , Logroño   /  Hora: 17:30

 

 

domingo, 9 de enero de 2022

ACOMPAÑAR EN EL SUFRIMIENTO. 10 TEMAS DE FORMACIÓN DE PASTORAL DE LA SALUD

Presentación

El tema elegido para la XXX Jornada Mundial del Enfermo es: “sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso” (Lc 6, 36). Acompañar a quienes sufren como consecuencia de la enfermedad es una obra de misericordia y una finalidad fundamental en la Pastoral de la Salud.

En su Mensaje para esta trigésima Jornada, el Papa Francisco nos recuerda “cómo no recordar, a este respecto, a los numerosos enfermos que, durante este tiempo de pandemia, han vivido en la soledad de una unidad de cuidados intensivos la última etapa de su existencia atendidos, sin lugar a dudas, por agentes sanitarios generosos, pero lejos de sus seres queridos y de las personas más importantes de su vida terrenal”. El sufrimiento de nuestros hermanos se convierte en una urgente llamada a ser “testigos de la caridad de Dios que derramen sobre las heridas de los enfermos el aceite de la consolación y el vino de la esperanza, siguiendo el ejemplo de Jesús, misericordia del Padre” y así acompañarlos en su sufrimiento.

“A lo largo de estos treinta años el servicio indispensable que realiza la pastoral de la salud se ha reconocido cada vez más. Si la peor discriminación que padecen los pobres —y los enfermos son pobres en salud— es la falta de atención espiritual, no podemos dejar de ofrecerles la cercanía de Dios, su bendición, su Palabra, la celebración de los sacramentos y la propuesta de un camino de crecimiento y maduración en la fe”.

Agradezco sinceramente a D. Luis Sánchez por la preparación de este material que nos ayudará a descubrir nuevos modos de hacernos prójimos, con una renovada ternura y misericordia.

 

José Luis Méndez Jiménez

Director del Departamento de Pastoral de la Salud de la CEE

TEMAS DE FORMACIÓN


I. ACOMPAÑANDO EN EL CAMINO









ACOMPAÑAR EN EL SUFRIMEINTO. X Ante la muerte

 

X Ante la muerte

1. Texto bíblico

La resurrección de Lázaro: Jn 11,17-45

Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Betania distaba poco de Jerusalén: unos quince estadios; y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María para darles el pésame por su hermano. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedó en casa. Y dijo Marta a Jesús:

«Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá».

Jesús le dijo:

«Tu hermano resucitará».

Marta respondió:

«Sé que resucitará en la resurrección en el último día».

Jesús le dijo:

«Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?».

Ella le contestó:

«Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».

Y dicho esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en voz baja:

«El Maestro está ahí y te llama».

Apenas lo oyó, se levantó y salió adonde estaba él: porque Jesús no había entrado todavía en la aldea, sino que estaba aún donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con ella en casa consolándola, al ver que María se levantaba y salía deprisa, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies diciéndole:

«Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano».

Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, se conmovió en su espíritu, se estremeció y preguntó:

«¿Dónde lo habéis enterrado?».

Le contestaron:

«Señor, ven a verlo».

Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban:

«¡Cómo lo quería!».

Pero algunos dijeron:

«Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que este muriera?».

Jesús, conmovido de nuevo en su interior, llegó a la tumba. Era una cavidad cubierta con una losa.

Dijo Jesús:

«Quitad la losa».

Marta, la hermana del muerto, le dijo:

«Señor, ya huele mal porque lleva cuatro días».

Jesús le replicó:

«¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?».

Entonces quitaron la losa.

Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo:

«Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado».

Y dicho esto, gritó con voz potente:

«Lázaro, sal afuera».

El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario.

Jesús les dijo:

«Desatadlo y dejadlo andar».

Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

 

2. Reflexión pastoral

Al final de nuestros días

A todos nos ha de tocar el momento supremo de llegar al final de nuestros días, de enfrentarnos al miedo y la angustia ante lo desconocido, sostenidos únicamente por nuestra esperanza y el apoyo de los que están con nosotros.

A lo largo de nuestra propia vida hemos vivido, numerosas veces, la experiencia de acompañar a alguien que ve cómo se aproxima su fin y ya no puede dejar de mirar la posibilidad de la muerte. La idea de su cercanía se hace muy presente, pero, a menudo, se tiende a no querer asumirla. No es habitual que el moribundo entregue su alma a Dios en la serena confianza del que deposita su vida y su espíritu en sus manos.

La cercanía de la muerte provoca angustia y sufrimiento; a veces rebeldía ante la injusticia en la que se vive la enfermedad, o depresión ante lo inevitable.

La muerte es la única gran certeza que todos los hombres poseemos. Sabemos que todos, antes o después, habremos de dejar este mundo. Comenzamos a morir cuando nacemos, porque ya desde entonces comienzan los procesos fisiológicos del envejecimiento, que se irán acelerando y manifestando progresivamente conforme pasan los años, para llegar, al cabo del tiempo, a la senectud. En ese decurso temporal, pueden aparecer enfermedades y accidentes que interrumpan la existencia humana y precipiten el último acontecimiento. Algunas veces, la vida humana se extiende a lo largo de numerosos años; otras, aparece relativamente pronto. En ocasiones, la muerte se va anunciando con mucha antelación; otras, acaece súbitamente. Pero siempre sabemos que un día llegará. La muerte es segura, la hora desconocida.

Toda nuestra vida no es sino un caminar hacia el gran acontecimiento final con el que se pone término a nuestra vida en este mundo. De cada uno de nosotros depende que estemos preparados, o no, para este momento; de que hayamos, o no, vivido nuestra vida con la mirada puesta en el instante supremo. A lo largo de nuestra existencia tenemos numerosos eventos en los que se nos recuerda nuestra finitud, especialmente cuando nos enfrentamos ante la muerte, las enfermedades y los accidentes graves de nuestros seres queridos, de nuestros familiares y amigos, de nosotros mismos.

Pero es muy raro que el ser humano esté bien dispuesto para afrontar lo que ciertamente es seguro, más bien suele acaecer demasiado pronto para todos, sin dar tiempo a una adecuada preparación. Por eso es tan importante que todos nos vayamos situando a lo largo de nuestra vida para, cuando nos llegue el momento, poder aceptar serenamente el paso final.

Si, como es lo más frecuente, no nos hemos preparado adecuadamente, difícilmente podremos asumir con paz y sosiego nuestra salida de este mundo, apareciendo el sufrimiento en multitud de sus formas.

Fe y esperanza

La fe tiene un valor incalculable en esta preparación, en este caminar hacia la Casa del Padre. La fe nos lleva a la esperanza por la que aspiramos al Reino de los Cielos y a la vida eterna como suprema felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las eternas promesas de Cristo y apoyándonos, no en nuestras fuerzas, sino en la gracia de Dios.

La labor del acompañamiento pastoral tendrá como misión mitigar estos sufrimientos a la vez que iluminar con la esperanza cristiana nuestro paso a la Casa del Padre. Ante la hora de la muerte, la persona recibe numerosas ayudas por parte del personal sanitario, de su familia y de sus amigos. Cada uno tiene su ámbito de actuación que le es propio.

El personal médico y de enfermería, así como el de psicología clínica, tiene la misión de atender con la mejor profesionalidad y trato humano este difícil momento, intentando aliviar mediante los diversos tratamientos y la estancia hospitalaria o la hospitalización a domicilio, los dolores y padecimientos físicos, a la vez que cooperan para aliviar el sufrimiento psíquico. En las últimas etapas, la Medicina Paliativa tiene un decisivo campo de acción. Su labor es esencial en estas circunstancias para facilitar el desenlace en paz y serenidad.

Acompañamiento pastoral

El acompañante pastoral –sacerdotes, religiosos, personas idóneas o agentes pastorales– tiene la gran misión de acompañar al enfermo, desde su ámbito íntimo espiritual, al religioso, transmitiéndole el consuelo de la fe, la ternura del amor de Dios y la esperanza de la vida eterna. Nunca se puede quedar en la mera dimensión espiritual de la persona, porque el anhelo de trascendencia y de vida, que subyace en todo hombre –creyente o no creyente–, exige el anuncio explícito de la salvación que nos trae Cristo.

Son numerosos los aspectos que tiene este acompañamiento pastoral ante la cercanía de la muerte. Únicamente veremos aquí algunos elementos relevantes de este acompañamiento pastoral.

Revisión de la historia personal

Ante la cercanía de lo inevitable, surge la hora de la revisión de nuestra vida y de las últimas preguntas que se nos abren ante el miedo a lo desconocido. La perspectiva de nuestra muerte hace ineludible el planteamiento del más allá: ¿qué ocurre después de la muerte?

La enfermedad o el accidente grave que conduce a la muerte sitúa a la persona frente a su propia vida, releyendo los diferentes momentos y actitudes de la misma. Se siente la necesidad de hablar de la vida pasada y el deseo de ser reconocido en lo mejor de uno mismo. Para afrontar la muerte, en las mejores condiciones posibles, es necesario tener una idea suficientemente positiva de la propia existencia. Se acepta más fácilmente llegar al término de la vida cuando se piensa que el balance ha sido positivo, cuando se tiene el sentimiento de que se ha vivido plena e intensamente.

El final de la vida provoca el deseo de conseguir lo que se considera como verdadero y precioso, pero este deseo puede crear una sensación de incapacidad para alcanzarlo y, en consecuencia, puede suscitar sentimientos de amargura, cólera y ausencia total de sentido, en un gran sufrimiento espiritual.

 Una vez aceptada la experiencia de la muerte, se puede conseguir una cierta paz, incluso llegar a darle un sentido, situando a la persona ante el sentido de su propia historia personal. Se cuestiona su finalidad para intentar encontrar un sentido al sufrimiento en un intento de comprensión de su vida, una relación entre el principio y el final, una utilidad. Así la persona intenta encontrar una unidad y busca identificar y ratificar las decisiones y las orientaciones fundamentales que han guiado su vida. Es esta ratificación lo que da sentido a la vida y seguridad ante la muerte.

Perdón y reconciliación

En estos momentos, puede aparecer un sentimiento de culpabilidad por los errores y equivocaciones de su historia pasada, de aquello que han olvidado hacer, lo que no han terminado, lo que han hecho mal. El acompañante debe ayudar al enfermo a no limitar la relectura de su vida a su lado negativo y a descubrir que somos y valemos más de lo que hacemos. También es labor del acompañante ayudarle a volver a dar un sentido positivo a las cosas que ha realizado y, especialmente, a lo que él es.

Así pues, el acompañamiento tiene la tarea de llevar al perdón y a la reconciliación consigo mismo del que sufre, con todo aquello que le atormenta de su vida pasada y que le gustaría que nunca hubiera ocurrido. A veces, esto puede requerir un gran apoyo y compasión por nuestra parte. Nada de lo que le hace sufrir es vano o fútil, para él tiene una gran importancia, por lo que habremos de actuar siempre con una exquisita prudencia y consolación, sanando el recuerdo de sus errores pasados.

Ese perdonarse a sí mismo facilitará la aceptación de su historia personal, con sus luces y sombras, así como la posibilidad de reconciliarse con Dios y con los demás. Para afrontar la muerte de manera tranquila y serena es necesario perdonar y ser perdonado. El sacramento de la reconciliación llena el corazón del que sufre con el bálsamo del perdón divino, con la tierna misericordia de «nuestro Dios que es rico en perdón» (Is 55,7). En la relectura de la vida, algunas personas expresarán el deseo de vivir una confesión general, del perdón absoluto y misericordioso de Dios que es amor. Por ello, hemos de propiciar este encuentro que trae «la paz y la tranquilidad a la conciencia, a las que acompaña un profundo consuelo espiritual» (CEC 1468).

La búsqueda del perdón es esencial para llegar a la reconciliación en el seno de las familias, con los seres queridos y con uno mismo. Esto también facilitará la despedida de los que se quedan en este mundo.

Ayudar a los enfermos confrontarse a la realidad, reconciliarse con Dios y con los otros, y despedirse –es decir, ser ellos mismos– es uno de los desafíos continuos de los acompañantes.

Agradecimiento

El reconocimiento personal hace que el enfermo se sienta alguien. En la medida de lo posible, hay que conducirlo hacia recuerdos agradables y gratificantes que iluminen su existencia y que muestren todo el valor que tiene su vida y el gran bien que ha hecho para sí mismo y para los que le rodean, para sus seres queridos, para la sociedad.

Pero, a ser posible, hemos de ir más allá. Es misión nuestra llevar al que sufre a reconocer todo lo bueno que ha habido en su vida, situándolo en el agradecimiento a Dios por todo lo que le ha regalado a lo largo de sus muchos o pocos años, por todos los dones y gracias con que el Señor lo ha llenado, por todo el bien que ha hecho y por todo amor con que Él ha llenado su corazón.

Apertura a la trascendencia

En muchas personas, es un momento oportuno para la apertura a la trascendencia. Este acontecimiento vital se suele experimentar con dolor y sufrimiento en la mayor parte de las personas. Pero, con los ojos de la fe, la muerte no se puede reducir a una simple vida biológica que se agota, una biografía que se concluye, sino, al contrario, se trata en realidad de un nuevo nacimiento, de una existencia renovada ofrecida por Cristo, el Resucitado, a todo aquél que no se ha opuesto voluntariamente al amor de Dios.

Desde la fe vemos cómo la muerte nos obliga a concluir una etapa de nuestra vida, pero también es una puerta que se abre para llevarnos a otro mundo, más allá del tiempo, a la vida plena y definitiva que Dios nos quiere regalar.

Pero nuestra cultura actual se encuentra muy lejos de asumir con lucidez la realidad de la muerte, se nos plantea a todos, y en especial para la Iglesia, el urgente desafío de llevar la esperanza, en la serena confianza de la vida eterna a la que el Señor nos llama.

Jesús mismo insiste en la dimensión trascendente de la vida humana puesto que «Dios no es un Dios de muertos sino de vivos» (Mt 22,33). El Señor de la vida está presente al lado del enfermo como quien vive y da la vida, pues él mismo dijo: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10), «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá» (Jn 11,25) y «Yo lo resucitaré el último día» (Jn 6,54).

Acompañamiento sacramental

El acompañamiento pastoral también debe llevar a fortalecer esta fe mediante el alimento de la Eucaristía, «fuente y culmen de toda la vida cristiana» (SC 47) y, llegado el momento final, en forma de Viático: «en el tránsito de esta vida, el fiel, robustecido con el Viático del Cuerpo y Sangre de Cristo, se ve protegido por la garantía de la resurrección, según las palabras del Señor: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día” (Jn 6,54)» (Ritual de la Unción y de la Pastoral de Enfermos, 26).

Recordar también el valor de la Santa Unción, don del Espíritu Santo que produce «una gracia de consuelo, de paz y de ánimo para vencer las dificultades propias del estado de enfermedad grave o de la fragilidad de la vejez (…) renueva la confianza y la fe en Dios y fortalece contra las tentaciones del maligno, especialmente tentación de desaliento y de angustia ante la muerte» (CEC 1520).

Desde la perspectiva de la fe, la muerte no es sólo el final de la vida material sino el comienzo de una nueva vida, sin fin. Como muy bien dice la Liturgia de la Iglesia: «Cristo, Señor nuestro. En él brilla la esperanza de nuestra feliz resurrección; y así, aunque la certeza de morir nos entristece, nos consuela la promesa de la futura inmortalidad. Porque la vida de tus fieles, Señor, no termina, se transforma, y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo» (Misal Romano, Prefacio I de Difuntos).

Sin embargo, esta esperanza no evita que la muerte sea una ruptura dolorosa, que necesita y merece ser acompañada.

 

3. Cuestiones para reflexionar

  1. La reconciliación del enfermo consigo mismo, con Dios y con el prójimo es un elemento importante para prepararnos ante el supremo momento, ¿cómo colaboramos para que el perdón y la reconciliación llenen de consuelo y de paz el corazón de nuestro hermano que sufre ante la perspectiva de su muerte?
  2. Ante la proximidad de la muerte ¿abrimos el corazón de nuestro hermano a que descanse confiado en la esperanza del infinito amor de Dios y de la vida eterna a la que nos llama, o nos limitamos al puro acompañamiento humano?
  3. En nuestro acompañamiento pastoral, además de nuestra compañía afectuosa, escucha empática y palabra oportuna, ¿ayudamos a que la persona que se aproxima a su fin terrenal sea confortada y auxiliada con la gracia divina que nos traen los sacramentos? ¿Cómo lo hacemos?

 

4. Para orar

Alma de Cristo

Alma de Cristo santifícame.

Cuerpo de Cristo, sálvame.

Sangre de Cristo, embriágame.

Agua del costado de Cristo, lávame.

Pasión de Cristo, confórtame.

Oh, buen Jesús, óyeme.

Dentro de tus llagas, escóndeme.

No permitas que me aparte de Ti.

Del maligno enemigo, defiéndeme.

En la hora de mi muerte, llámame.

Y mándame ir a Ti.

Para que con tus santos te alabe.

Por los siglos de los siglos.

Amén

 

ACOMPAÑAR EN EL SUFRIMIENTO. IX En los cuidadores de familiares dependientes

 

IX En los cuidadores de familiares dependientes

1. Texto bíblico


Deberes para con los padres. Eclesiástico 3,1-16:

Hijos, escuchad a vuestro padre,

hacedlo así y viviréis.

Porque el Señor honra más al padre que a los hijos

y afirma el derecho de la madre sobre ellos.

Quien honra a su padre expía sus pecados,

y quien respeta a su madre es como quien acumula tesoros.

Quien honra a su padre se alegrará de sus hijos

y cuando rece, será escuchado.

Quien respeta a su padre tendrá larga vida,

y quien honra a su madre obedece al Señor.

Quien teme al Señor honrará a su padre

y servirá a sus padres como si fueran sus amos.

Honra a tu padre de palabra y obra,

para que su bendición llegue hasta ti.

Porque la bendición del padre asegura la casa de sus hijos,

y la maldición de la madre arranca los cimientos.

No te gloríes en la deshonra de tu padre,

pues su deshonra no es para ti motivo de gloria.

Porque la gloria de un hombre es la honra de su padre,

y una madre deshonrada es la vergüenza de los hijos.

Hijo, cuida de tu padre en su vejez

y durante su vida no le causes tristeza.

Aunque pierda el juicio, sé indulgente con él

y no lo desprecies aun estando tú en pleno vigor.

Porque la compasión hacia el padre no será olvidada

y te servirá para reparar tus pecados.

En la tribulación el Señor se acordará de ti,

como el hielo ante el calor así se diluirán tus pecados.

Quien abandona a su padre es un blasfemo,

y un maldito del Señor quien irrita a su madre.

2. Reflexión pastoral

Los cuidadores familiares

Con el aumento de la esperanza de vida, las enfermedades degenerativas adquieren un mayor protagonismo, así como las consecuencias de los accidentes vasculares cerebrales. Las demencias adquiridas, como en la enfermedad de Alzheimer, son cada vez más frecuentes. Por ello, va creciendo progresivamente el número de personas, especialmente de edad avanzada, que son cuidadas en sus domicilios por sus familiares.

Cuidar de los seres queridos en situación de dependencia puede ser una de las experiencias más bonitas y enriquecedoras que existen, pues llena nuestro corazón de un profundo bienestar por el hecho de cuidar, atender y desvelarnos por otra persona a la que amamos. Es la satisfacción que nos trae la compasión.

Pero también puede ser una experiencia dura y de sacrificio que, en ocasiones, puede llevar al cuidador a sufrir un gran desgaste emocional, llegando incluso al estado de agotamiento físico, mental y social, a un momento de profundo sufrimiento. A este intenso síndrome se le conoce como el “cuidador quemado”.

Cuando acompañamos a las personas mayores que van entrando en la dependencia, no podemos olvidar de acompañar también a sus cuidadores. Recordemos siempre que un principio fundamental en la atención a las personas mayores dependientes es el de “cuidar al cuidador”.

Para nosotros, es de especial relevancia prestar la adecuada atención a estos cuidadores familiares de las personas mayores dependientes en sus hogares. Forman parte del grupo de cuidadores conocidos por el término “cuidador informal” que son aquellas personas que dedican gran parte de su tiempo y esfuerzo para conseguir que la persona mayor dependiente pueda desenvolverse en su vida diaria, ayudándole a adaptarse a las limitaciones que su dependencia le impone. En general, suelen ser familiares, pero también pueden ser amigos o vecinos.

Es muy importante tener presente que el cuidador asiste y protege a la persona cuidada por amor, con gran afecto y cariño. Es un acto profundamente altruista y benevolente, de forma continua y permanente, que se prolonga durante muchos años. Normalmente, cada mayor dependiente es cuidado únicamente por uno o dos cuidadores principales. Este le ayuda a permanecer en su entorno familiar, habitual y social, a la vez que evita o retrasa su institucionalización, favoreciendo que permanezca en su propio hogar. También participa en la toma de decisiones de la vida de la persona mayor dependiente, asumiendo su representación cuando ya no puede responsabilizarse por sí mismo.

Cada cuidador familiar es único por las diferentes condiciones que rodean el cuidado en función de: a quién se cuida, por qué se cuida, la relación afectiva previa con la persona cuidada, la causa y el grado de dependencia, el apoyo formal e informal recibido, las exigencias que se marque el cuidador, etc. Los cuidados prestados a las personas mayores dependientes por la familia constituyen la red de apoyo más importante y mejor valorada por ellas mismas y por la sociedad.

La función del cuidador no es siempre la misma, porque los problemas de la persona mayor dependiente a la que atiende son progresivos y complejos. La intensidad, la complejidad y la duración de los cuidados son factores determinantes a la hora de establecer las actividades del cuidado y en la valoración de su repercusión en el cuidador, que tendrá que enfrentarse, además, a la incertidumbre sobre la situación de los cuidados a largo plazo.

Ser cuidador implica responsabilizarse de todos los aspectos de la vida del enfermo, así como tener que afrontar la sobrecarga física y emocional que supone la dedicación continuada a su cuidado y enfrentarse a la pérdida paulatina de su autonomía, teniendo que compaginar los cuidados con el mantenimiento de sus relaciones en el entorno familiar, laboral y social, ocio, etc.

El cuidador presenta tres graves riesgos que hay que atender y prevenir:

  • La soledad. Aparece frecuentemente porque el cuidado del dependiente tiende a aislar, al cuidador, de sus amistades y contactos sociales.
  • El síndrome del “cuidador quemado”. De gran importancia, porque produce un gran hundimiento psíquico y físico del cuidador, con graves consecuencias de todo orden para él y para quien es cuidado.
  • La imagen del sanador herido. Ese momento en el que confrontamos nuestra propia vida con la vida de la persona que estamos acompañando, que nos hace reconocer nuestras propias limitaciones y vulnerabilidad.

Acompañamiento a los cuidadores familiares

Cuidar a un familiar dependiente es una de las experiencias más dignas, esforzadas y merecedoras de reconocimiento por parte de la Iglesia y de la sociedad. Cuando se cuida a un familiar dependiente, también se está cuidando en él a Cristo necesitado, enfermo, anciano, dependiente, pudiendo llegar a cumplirse de modo admirable la totalidad de las obras de misericordia corporales y espirituales. Recordemos el Juicio según san Mateo (Mt 25, 34-40):

«Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme.

Entonces los justos le contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?”.

Y el rey les dirá: “En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis”».

Cuidar a nuestros familiares dependientes es una grave obligación moral. La Escritura insiste en ello en numerosos pasajes. Recordemos el cuarto mandamiento de la Ley: «Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días en la tierra, que el Señor, tu Dios, te va a dar» (Ex 20,12), o también «Honra a tu padre y a tu madre, como te lo ha ordenado el Señor, tu Dios; vivirás largos años y serás feliz en la tierra que te da el Señor, tu Dios» (Dt 5,16). Como dice el Catecismo: «Dios quiso que, después de Él, honrásemos a nuestros padres, a los que debemos la vida y que nos han transmitido el conocimiento de Dios» (CEC 2197). En efecto: «Respetad a vuestros padres y guardad mis sábados: yo, el Señor, vuestro Dios» (Lev 19,3).

Cuidar a los familiares ancianos, dependientes y demenciados, trae de Dios incluso el perdón de los pecados. Es muy hermoso el texto del Eclesiastés con el que hemos comenzado el presente tema:

«Hijo, cuida de tu padre en su vejez

y durante su vida no le causes tristeza.

Aunque pierda el juicio, sé indulgente con él

y no lo desprecies aun estando tú en pleno vigor.

Porque la compasión hacia el padre no será olvidada

y te servirá para reparar tus pecados.

En la tribulación el Señor se acordará de ti,

como el hielo ante el calor así se diluirán tus pecados.

Quien abandona a su padre es un blasfemo,

y un maldito del Señor quien irrita a su madre».

Aun siendo una acción digna de encomio, e incluso alcanzando algunas veces el grado de heroicidad –por la gran carga de esfuerzo y sacrificio que comporta–, sin embargo, no suelen recibir la ayuda y el apoyo que en justicia merecerían.

Lamentablemente, no existe aún la cultura en nuestros ambientes de la necesidad que tienen nuestros cuidadores informales de ser acompañados, tanto humana como espiritualmente. Si el acompañamiento pastoral a nuestros mayores dependientes domiciliados es, en general, bastante deficiente, pues queda habitualmente reducido a una breve visita de algún agente pastoral alguna vez a la semana o al mes –en caso de que se reciba tal visita, pues hay muchos fieles cristianos que no son visitados nunca en sus domicilios, por diferentes causas–, el acompañamiento a los que los cuidan es aún más escaso.

Los cuidadores necesitan sentirse acompañados en el sufrimiento, angustia y agotamiento que producen el continuo cuidado de una persona mayor dependiente. No es suficiente la genérica valoración positiva que reciben, sino que necesitan un apoyo real y efectivo.

La soledad del cuidador se agrava por la pérdida de las relaciones familiares, sociales y de amistades, al encontrarse continuamente condicionado por la atención al dependiente. El acompañamiento pastoral también tiene como objeto hacer presente al cuidador que no se encuentra solo en su entrega y sacrificio, sino que está siendo acompañado por la Iglesia.

En este sentido, las parroquias, y otras instituciones religiosas, tienen un gran campo de actuación por descubrir y trabajar.

Este acompañamiento debe ser realizado en primera instancia por los agentes pastorales que realizan la visita al mayor domiciliado, no reduciendo su interés pastoral al mayor dependiente, sino preocupándose también por todos aquellos que lo están cuidando, pues de la salud corporal y espiritual de los cuidadores, dependerá la salud corporal y espiritual de quien es cuidado. Así, el acompañamiento espiritual a los mayores en sus hogares debe abarcar siempre y también a sus cuidadores.

Del mismo modo, los sacerdotes con cura de almas deben tener muy presente su responsabilidad pastoral tanto para con estos mayores domiciliados como para sus cuidadores. Por otra parte, se debería facilitar el acceso a los sacramentos, al consejo espiritual y a alguna actividad eclesial, en los momentos en que el cuidador pueda tener disponibilidad temporal, aunque no coincida con los horarios habituales parroquiales.

También Cáritas tiene una gran labor a desarrollar, pues en su ámbito competencial igualmente debe incluirse la atención material a las necesidades del cuidado y del cuidador, en cuanto estas no sean satisfechas por las vías ordinarias familiares y públicas, pues los mayores dependientes pueden requerir un apoyo económico relevante.

Los cuidadores también pueden requerir otra forma de acompañamiento, de gran valor: el “respiro familiar”, que tiene por finalidad luchar tanto contra la soledad como contra el síndrome del cuidador quemado. Se trata de proveer un voluntariado social cuya labor fuera la de sustituir regularmente al cuidador en su cuidado habitual, para que éste dispusiera de algunas horas a la semana en las que pudiera relajarse y desconectar de la presión asistencial continua en la que vive. Esta actuación caritativo-social es de gran importancia para evitar el temible agotamiento por sobrecarga del cuidador, de graves consecuencias tanto para el cuidador como para el mayor que es cuidado. Voluntariado que podría ser promovido en las parroquias tanto desde Cáritas, como desde las actividades juveniles parroquiales o desde los grupos de pastoral de los enfermos y mayores. Este hermoso acompañamiento pastoral muestra la solicitud de la Iglesia por la salud mental y espiritual de los familiares que están dando su vida por sus mayores.

 

3. Cuestiones para reflexionar

  1. En nuestra labor pastoral, ¿somos conscientes de que los cuidadores de familiares dependientes necesitan también nuestro acompañamiento? ¿Qué hacemos por ellos?
  2. Cuando detectamos a un “cuidador quemado” ¿le ofrecemos alguna ayuda que le alivie en sus sufrimientos?
  3. ¿Qué podemos hacer para acompañar pastoralmente a los cuidadores de familiares en sus hogares?

 

4. Para orar

Cuidar al cuidador

¡Oh, Señor!,

muchos de nosotros

hemos sido cuidadores

de nuestros mayores,

de nuestros familiares,

de nuestros seres queridos.

¡Oh, Señor!,

los hemos cuidado

con gran cariño y ternura,

con amor y compasión,

con sufrimiento y dolor,

con esfuerzo y sacrificio.

¡Oh, Señor!,

pero también nosotros

hemos necesitado ser cuidados,

consolados y animados,

en nuestra lucha diaria,

en nuestro vivir sinvivir.

¡Oh, Señor!,

ayúdanos a acompañar,

a consolar al que consuela,

a fortalecer a quien sufre,

a cuidar a quien ahora cuida,

a llevar tu amor a quien da su vida por amor.

Amén.

 

 


 

ACOMPAÑAR EN EL SUFRIMIENTO.VIII En la edad avanzada

 

VIII En la edad avanzada

1. Texto bíblico

Cántico del justo: Sal 92,2-6,13-16

Es bueno dar gracias al Señor

y tocar para tu nombre, oh Altísimo;

proclamar por la mañana tu misericordia

y de noche tu fidelidad,

con arpas de diez cuerdas y laúdes,

sobre arpegios de cítaras.

Tus acciones, Señor, son mi alegría,

y mi júbilo, las obras de tus manos.

¡Qué magníficas son tus obras, Señor,

qué profundos tus designios!

El justo crecerá como una palmera,

se alzará como un cedro del Líbano:

plantado en la casa del Señor,

crecerá en los atrios de nuestro Dios;

en la vejez seguirá dando fruto

y estará lozano y frondoso,

para proclamar que el Señor es justo,

mi Roca, en quien no existe la maldad.

 

2. Reflexión pastoral

La ancianidad

Nuestra vida mortal es un camino que recorremos en este mundo desde nuestra concepción y nacimiento, hasta concluir con el paso a la Casa del Padre. Camino que, si no se trunca antes, puede llegar a ser muy largo. En el andar de nuestra vida, pasamos por diversas épocas y momentos, cada cual con sus afanes y dificultades, con sus gozos y sufrimientos. Marcado muchas veces por la enfermedad y por el progresivo debilitamiento de nuestras facultades, de nuestra salud.

En este caminar, se llega a la edad provecta, cuando al cabo de los muchos años, el cuerpo, por el natural envejecimiento orgánico, va entrando en la última etapa de la vida. La persona va tomando conciencia de que el mundo que lo rodea, y él mismo, están cambiando ostensiblemente. Van apareciendo las limitaciones físicas, psíquicas y sociales. Y llegará un momento en que la persona se volverá dependiente de los demás. De uno mismo depende adaptarse a estas circunstancias cambiantes y aceptar el momento en que nos toca vivir.

Esta aceptación y adaptación se han de construir a lo largo de los muchos años que preceden a la senescencia, desde la juventud, durante la madurez. Este tiempo es el fruto de nuestra preparación anterior, tanto física como mental y espiritual. De nosotros depende, en parte, cómo vivimos este tiempo.

El decaimiento de nuestro cuerpo, la aparición de las enfermedades degenerativas son lastres que nos limitan físicamente. Las pérdidas en todos los órdenes nos anuncian que la muerte se aproxima inexorablemente. Pero hemos de superar esa percepción negativa. La Medicina viene en nuestra ayuda de tal modo que vivimos en un mundo en el que hemos pasado de «dar años a la vida, a dar vida a los años» (OMS). La sociedad está dotando de numerosos recursos sanitarios, sociales y económicos, para aumentar el bienestar de los mayores, colaborando en su envejecimiento saludable.

La etapa final suele estar marcada por la dependencia. La persona mayor necesita ya la ayuda de los demás para las actividades básicas de la vida, en sus diversos grados. Aparece el confinamiento en su domicilio o en el centro socio-sanitario. Las demencias, como la enfermedad de Alzheimer, cada vez son más frecuentes en los ancianos dependientes.

El confinamiento domiciliario puede deberse a numerosos factores: por la demencia o el Alzheimer, las barreras físicas que impiden la comunicación social (pensemos en los numerosos ancianos que viven en pisos sin ascensor…), por vivir solos, el retraimiento ante una sociedad que les es extraña, porque sus familiares no les dejan salir de casa por precaución… Se abre con todo ello una gran fuente de sufrimiento, tanto para el que lo padece, como para quienes lo cuidan.

A medida que el cuerpo se debilita, el espíritu necesita fortalecerse. Cuando la vida exterior queda cada vez más limitada, la vida interior pide ser desarrollada. No nos podemos quedar en las capacidades que van desapareciendo, sino en las que poseemos, y aunque el cuerpo se derrumbe, el espíritu siempre está vivo.

Es el gran momento de la vida espiritual, de la búsqueda del sentido de la vida personal y comunitaria, de la búsqueda de Dios. Ante las últimas etapas de la vida y la cercanía de la muerte, se abre un período vital que invita a adentrarse en las cuestiones más importantes de la vida: en las últimas preguntas. La apertura a la trascendencia sana la conclusión de la inmanencia; lo que esperamos en el otro mundo, da sentido a lo que vivimos en este mundo. La fe da sentido a nuestra vida.

La ancianidad no ha de ser necesariamente causa de sufrimiento, sino un período gozoso de nuestra existencia, vivido en la compañía de nuestros seres queridos. Pero, a veces, no es así y surge la angustia y la infelicidad.

El sufrimiento, en la última etapa vital, viene no sólo por las enfermedades y dolencias orgánicas, sino también por el miedo a nuestro decaimiento y degradación, a la demencia y al Alzheimer. En último término, a la muerte: «también participó Jesús de nuestra carne y sangre, para aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al diablo, y liberar a cuantos, por miedo a la muerte, pasaban la vida entera como esclavos» (Hb 2,14-15).

El acompañamiento a nuestros hermanos que sufren por ser ancianos, especialmente los dependientes, ha de trabajar, así pues, tres momentos: la aceptación de la debilidad, la apertura a la trascendencia y el desarrollo de la vida espiritual y su relación con Dios.

 

Aceptación de la debilidad

El mayor necesita reconciliarse con su situación vital; aceptar, de buen grado, el declinar de la vida y las características propias de la ancianidad, mirando no sólo aquello que está perdiendo o que ya no tiene, sino desarrollando las capacidades de las que aún está dotado. La memoria irá fallando, pero la experiencia se va acrecentando. El vigor físico irá disminuyendo, la paciencia aumentando.

Esta aceptación es el fruto de la madurez que haya adquirido con anterioridad para asumir esta etapa vital. Nuestra felicidad depende, en buen grado, de nuestra preparación anterior.

La Escritura es testigo de esta madurez, de esta sabiduría que da la experiencia de la vida: «¡Qué bien sienta el juicio a los cabellos blancos, y a los ancianos el consejo! ¡Qué bien sienta la sabiduría en los ancianos, y en los nobles la reflexión y el consejo! La rica experiencia es la corona del anciano, y su gloria el temor del Señor» (Sab 25,4-6). «De los ancianos, el saber; de la longevidad, la inteligencia» (Job 12,12). «La gloria de los jóvenes es su vigor; el ornato de los ancianos, los cabellos blancos» (Prov 20,29). «Hijo, desde tu juventud ponte a aprender, y hasta encanecer hallarás sabiduría» (Sab 6,18).

La falta de aceptación, la deficiente disposición para este momento, es una constante fuente de sufrimiento. Si antes no ha habido preparación, aún es el tiempo de la reconciliación y de la aceptación. Ayudémosles con nuestra cercanía y afecto, insistiendo en todas las buenas cualidades que poseen para que las desarrollen en bien suyo y de los que los cuidan.

Apertura a la trascendencia

En el otoño de la vida, cuando este primer mundo entra en el ocaso, quiere abrirse paso el horizonte de la eternidad. Muy frecuentemente, la vida ha estado dominada por los afanes de este mundo, por los mil problemas y contrariedades del tiempo presente, por los trabajos y fatigas con que los hemos afrontado. Ahora se abre con un ímpetu nuevo la dimensión trascendente.

Es el momento de reconciliarse con su historia personal, de autoperdonarse sus muchos errores y equivocaciones, de dar el justo sentido a este mundo. De sentir el perdón infinito y misericordioso de nuestro Dios, que «es rico en piedad y leal» (Sal 86,15). De sentirse profundamente amado por nuestro Dios que es Amor. De tomar conciencia de la inmediatez de esa vida eterna a la que Dios nos está llamando.

El objeto de este momento no es la muerte, sino la vida; no la muerte material, sino la vida eterna. El foco de la cuestión ha de pasar de lo objetivo e inmanente a lo esperado y trascendente. La fe y la esperanza son los fundamentos de la eternidad: «La fe es fundamento de lo que se espera, y garantía de lo que no se ve» (Hb 11,1). Esa fe que nos atestigua «que tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él» (Jn 3,16-17).

Desarrollo de la vida espiritual y su relación con Dios

La trascendencia se tiene que trabajar mediante el desarrollo de la vida espiritual. En el declinar de la vida, los valores humanos cambian poderosamente. Desaparecen vanas ilusiones y proyectos. Se va tomando conciencia de la precariedad y finitud de lo que nos rodea. La dependencia es un poderoso recordatorio de que se está en la antesala del fin. Es un momento propicio para intensificar nuestra vida interior. El tiempo, ese bien que antes era tan escaso o mal empleado, es ahora muy abundante.

Nuestro propio ser nos invita a dedicarlo a estar con Dios, a contemplarlo, a orar. Aunque la tentación de malgastarlo en vaciedades o en no hacer nada, sigue siendo muy potente. Dios viene a nuestro encuentro para llenar nuestro corazón de su amor. Está llamando a la puerta, está deseando que le abramos. Es el gran momento de la persona orante, de vivir intensamente nuestra relación con ese Dios que está siempre con nosotros.

Acompañamiento pastoral

El acompañamiento en estos momentos, debe tener como objetivo intensificar la vida espiritual, dando relevancia a la oración personal y a la participación en los sacramentos, así como en la Eucaristía.

La vida de oración, en sus múltiples y diversas formas, nos religa con ese Dios bueno, tierno y compasivo, que siempre nos está acompañando y cuidando con su amor que sobrepasa toda medida y que quiere que creamos y confiemos en él. Es importante insistir en el desarrollo de esta vida orante como antídoto contra la soledad y el sufrimiento de la ancianidad, como excelente medio para aumentar nuestra débil fe y acrecentar nuestra esperanza en la vida eterna a la que nos está llamando.

El sacramento de la reconciliación permite limpiarnos de tantas manchas y errores que acumulamos, así como de sentir el infinito perdón misericordioso de nuestro Dios. También ayuda a reconciliarnos con nosotros mismos, derramando sobre nuestros corazones lastimados el dulce bálsamo de su misericordiosa compasión.

La Santa Unción, tiene también un gran valor en la ancianidad pues, «el hombre necesita de una especial gracia de Dios, para que, dominado por la angustia, no desfallezca su ánimo, y sometido a la prueba, no se debilite su fe. Por eso Cristo fortalece a sus fieles enfermos con el sacramento de la Unción fortaleciéndolos con una firmísima protección. Puede darse la Santa Unción a los ancianos, cuyas fuerzas se debilitan seriamente, aun cuando no padezcan una enfermedad grave» (Ritual de la Unción y Pastoral de los Enfermos 4.11).

Los fieles ancianos suelen tener una especial predilección por la participación en la santa Misa, tanto presencialmente como participando de la misma por los medios de comunicación. Debe insistirse en esta dimensión que vincula al anciano con la comunidad eclesial y con Dios, del mismo modo que en la recepción del Sacramento Eucarístico, alimento que nos fortalece contra el desánimo y el sufrimiento. El acompañamiento pastoral hará bien con tener siempre muy presente esa doble dimensión de la Eucaristía.

Para los ancianos que tienen dificultades para salir de sus domicilios, es importante garantizar su acompañamiento pastoral, en el que se debe abundar en las visitas domiciliarias, a ser posible semanales, sin olvidar el contacto telefónico o los nuevos medios de comunicación personal, que se están implantando pastoralmente en diversos lugares, con excelente resultado. Estas visitas regulares y personales permitirán realizar un acompañamiento que se puede extender durante muchos años, con excelente fruto tanto para el mayor que es visitado, como para sus cuidadores y familiares, así como para el propio agente pastoral que realiza esta hermosa misión.

 

 

3. Cuestiones para reflexionar

  1. ¿Qué dificultades encontramos para que el acompañamiento pastoral llegue a las personas mayores que viven recluidas en su domicilio?
  2. En nuestro acompañamiento pastoral ¿qué recursos ofrecemos para intensificar la vida espiritual de nuestros ancianos y dependientes?
  3. ¿Qué podemos hacer nosotros para mejorar el acompañamiento a las personas que sufren por ser muy mayores o dependientes?

 

4. Para orar

¡Señor, nuestro Dios, cuida de nuestros mayores!

¡Señor, nuestro Dios!,

hay tantos mayores

que sufren la soledad,

el abandono de sus seres queridos,

el dolor de la enfermedad,

la angustia ante la muerte…

¡Señor, nuestro Dios!,

hay tantos dependientes

que viven encerrados en sus casas,

confinados en sus domicilios,

sin nadie que les visite,

sin una mano amiga que los acaricie…

¡Señor, nuestro Dios!,

hay tantos ancianos

de los que no se acuerda nadie,

que no son visitados ni acompañados,

cuyos lamentos llegan hasta ti,

cuyo dolor y amargura sólo tú conoces…

¡Señor, nuestro Dios!,

hay tantos hijos tuyos

que necesitan ser acompañados,

ser escuchados y comprendidos,

oír palabras de aliento y consuelo,

sentirse amados y queridos…

¡Señor, nuestro Dios!,

envíanos a nuestros mayores

para que les llevemos con cariño

tu mensaje eterno de amor,

la firme confianza en ti,

la esperanza que no defrauda.

¡Señor, nuestro Dios,

cuida de nuestros mayores!

Amén.