La persona
con discapacidad
y su lugar en la Iglesia.

Guía para la acogida eclesial
Querido párroco:
La guía que tienes en tus manos ha sido confeccionada
por un grupo de personas con discapacidad, miembros de
diversos movimientos de la Iglesia. Esta guía nace con la
vocación y la ilusión de que la inclusión y participación de
la persona con discapacidad en la Iglesia sea algún día
una realidad. En ella te presentamos una serie de pistas
y consejos necesarios para alcanzar esta inclusión.
La realidad de la discapacidad es una realidad compleja,
no solo por la amplísima variabilidad de discapacidades y
sus grados, sino sobre todo porque la discapacidad es
una realidad que únicamente puede concebirse ligada al
ser humano. Esta verdad multiplica hasta el infinito la diversidad de situaciones al entrar en juego, no solo la erróneamente considerada enfermedad, sino también el contexto
personal, social y cultural en el que toda persona vive y
se desarrolla, contextos con los que estas personas están,
aun desde la exclusión, en continua interacción. Es por
ello que esta guía pretende ser, lo primero de todo, una
orientación para la inclusión de la persona con discapacidad
en la Iglesia, pero con la debida advertencia de que a
quienes hay que incluir es a personas concretas y no a
grupos o tipologías de personas, y mucho menos de discapacidades.
Todavía hoy, la plena inclusión de las personas con
discapacidad, sea esta del tipo que sea, está muy lejos
de ser una realidad. En esto, el ámbito eclesial no es
ninguna excepción. Pues la verdad es que muchas
personas con discapacidad no han encontrado su lugar propio y específico en la Iglesia, la mayoría de las
veces por falta de oportunidad y de ayuda para hacerlo.
Sin embargo lo que en el ámbito social es sin duda
una injusticia, en la Iglesia, que es ante todo Madre y
fiel transmisora del mensaje evangélico, es un escándalo sobre el que hay que actuar.
Ahora bien, la pregunta fundamental es: ¿Cuál es el
lugar de la persona con discapacidad en la Iglesia y cómo
conseguir que lo ocupe?
Tradicionalmente la pastoral con personas con discapacidad se ha abordado desde la pastoral de la salud.
Esta decisión, sin cuestionar la buena voluntad que la
sustenta, es una situación que ha tenido dos consecuencias
fundamentales: la primera, se ha desdibujado la realidad
de la discapacidad, la cual no es una enfermedad en sí,
a pesar de que muchas veces ambas concurran juntas; la
segunda, ha provocado un sentimiento de incomprensión
en las personas con discapacidad, quienes no se sienten
reconocidas en su singularidad, sino más bien aparcadas
en un lugar como mucho razonable.
Como realidad singular que es, la persona con discapacidad merece el esfuerzo, cuando menos, de todos los
que integramos la Iglesia para ayudarla a ocupar su lugar
propio, no solo como mero receptora de la acción pastoral
sino también como protagonista de la misma. Y si no se
sabe cuál es ese lugar, al menos comprometerse con ella
en el proceso de descubrirlo, mediante un adecuado acompañamiento. «Igual que con el resto de feligreses», estarás
pensando… ¡Exacto!, igual que con todos. Por este motivo creemos que la pastoral con personas con discapacidad
debe configurarse de forma transversal al resto de realidades
pastorales: niños, jóvenes, familia, enfermos, social, etc.
Este enfoque por ser el ideal no debe ser obviado pero
somos conscientes de que debe convivir con el enfoque
de una pastoral específica de personas con discapacidad,
quienes es innegable que tienen unas necesidades para
su integración que deben ser abordadas de forma especial.
Articular ambos enfoques no es tarea fácil, pero los
autores de la guía consideran que no es imposible, y que
dos son los pasos previos imprescindibles: facilitar la accesibilidad de las personas con discapacidad a los templos
y a la participación de la liturgia, sacramentos y actividades
parroquiales; y acrecentar la formación de todos los agentes
de pastoral sobre las personas con discapacidad, procurando pautas para un adecuado conocimiento y acercamiento a ellas.
Por último, nos gustaría que esta guía contribuyese a
señalar la necesidad de superar la concepción que parte
de considerar a la persona con discapacidad como mero
sujeto de evangelización para incorporar otra nueva mirada,
que la considere agente de la misma. Esta inversión de la
mirada es fundamental pues todo cristiano está llamado a
dar testimonio del amor que recibe de Dios. La persona
con discapacidad es amada por Dios, y negarle la posibilidad de testimoniarlo implica, por nuestra parte, adquirir
una responsabilidad muy grande, de consecuencias no
menos grandes; entre ellas, la de admitir implícitamente
que cuestionamos que Dios la ame.

1. Encuentro con una persona
con discapacidad intelectual
Para vivir su fe, toda persona, aún si tuviera una discapacidad mental severa, tiene necesidad de encontrar verdaderos amigos para crear juntos un ambiente cálido en el
que cada uno pueda crecer en la fe y en el amor
Carta de Fe y luz
Cómo denominarlas
A lo largo de la historia, los términos para referirse a
las personas que tienen una discapacidad intelectual han
ido variando según se transformaba su imagen social.
Pero no es menos cierto que la imagen social de las
personas y colectivos también se modifica y se construye
mediante las palabras que se utilizan para nombrarlos.
Hoy en día, la tendencia es a no generalizar el concepto
de capacidad y a emplear términos que resalten en la
persona, no tanto la ausencia de capacidades intelectuales
como el reconocimiento de la presencia de capacidades
diversas. En definitiva, ¿quién puede afirmar que posee
capacidad para todo?, ¿quién puede afirmar que no posee
ninguna? En este sentido, es totalmente incorrecto y peyorativo referirse a ellas como discapacitadas.
No se trata de encontrar la mejor forma de nombrar
la diferencia sino de encontrar una forma de nombrar
que particularice a cada persona y la respete en su singularidad. Una palabra que trasmita acogida y aceptación.
Las siguientes formas de nombrar a las personas que
viven una discapacidad intelectual son las más respetuosas y aceptadas en la actualidad:
• Personas con capacidades diferentes.
• Personas con diversidad funcional.
• Personas con discapacidad intelectual.
Sin embargo, nuestro deseo es que en la Iglesia se
llame a cada uno por su nombre, ya que el nombre de
una persona, al hablar de la identidad personal, es lo único
que verdaderamente diferencia a una persona de otra.
Llamar a una persona por su nombre ayuda a consolidar su imagen como persona singular y diferente. Por
su nombre llama Dios a cada uno de sus hijos para que
descansen en Él. Para cada uno emplea Dios un nombre
distinto, para cada uno de ellos ha creado Él un camino,
único, que hacia Él conduce.
Las siguientes pistas orientan un camino general que
facilita la participación e inclusión de las personas con
discapacidad; pero necesariamente han de ser adaptadas
a cada persona en función de sus necesidades. La variabilidad de personas es tal que es imposible encontrar unas
orientaciones que sean válidas para todas y cada una. Es
la necesidad individual la que debe marcar las acciones.
Qué personas puedes encontrar
• Personas que no hablan o a las que es difícil
entender lo que dicen.
• Personas con las que es difícil entrar en contacto
o que incluso lo rehúyen (en especial, el visual en
ciertos tipos de discapacidad).
• Personas con conversación limitada, movimientos
repetitivos como balanceo o movimiento de manos,
tics y otras conductas anómalas.
• Personas adultas acompañadas de padres sobreprotectores que hablan por ellas.
• Personas con respuestas y ritmos lentos.
• Personas con un lenguaje y vocabulario altamente
desarrollado, con una conversación repetitiva con
facilidad para desviarse del tema o con dificultad
para comprender el punto de vista de otras personas
(síndrome de Asperger).
• Personas con dificultad para mantenerse quietas
o calladas.
• Personas con una gran disponibilidad para ayudar
y deseo de participar.
• Personas muy espontáneas, generalmente dotadas
para la celebración y la fiesta.
Qué puedes hacer
• Acercarse a ellas sin miedo y sin ideas preconcebidas, sabiendo que no hay dos personas iguales.
• Promover el contacto visual pero sin insistir.
• Tratarlas con naturalidad y mucho cariño.
• Interesarte por sus capacidades y sus necesidades
para integrarles desde ellas.
• Dirigirte a ellos directamente y no a sus padres.
• Comprender y respetar su ritmo diferente.
• Repetir las instrucciones.
• No tratar como niños a los que son adultos.
• Tratarlas en función de sus capacidades, fomentando siempre que alcancen la mayor autonomía
posible.
Qué puede ofrecerles la parroquia
• Una conducta proactiva hacia la acogida e inclusión
en la vida de la parroquia, encaminada a detectar
necesidades no demandadas en las familias de la
comunidad.
• Ofrecer información sobre comunidades cristianas
que integren a personas con discapacidad o
promover la formación de las mismas (por ejemplo,
comunidades de Fe y Luz).
• Organizar actividades de acompañamiento y apoyo
a las familias.
• Facilitarles la preparación para los sacramentos
adaptando las catequesis.
• Coordinarse con otras parroquias a través de la
vicaría para organizar grupos de catequesis adaptada.
• Adquirir material de catequesis en lectura fácil o
promover su elaboración.
• Organizar cursos de formación sobre la discapacidad
para catequistas y miembros de la parroquia.
• Favorecer su participación y visibilización en las
actividades de la parroquia o promover actividades
que puedan integrarlas.
• Atención pastoral a familias con miembros con
grandes discapacidades, atendiéndolas en sus domicilios cuando no pueden salir de casa.
• Aprovechar la música para integrarlas.
• Considerarlas como miembros plenos de la Iglesia
con necesidades espirituales.
• Apoyarlas a crecer en su vocación cristiana y evangelizadora
Qué pueden aportar las personas con capacidades
diferentes a la Iglesia
• Testimonio de una fe vivida, sencilla y auténtica.
• Revelar la belleza de la sencillez de corazón y la
vía de la fragilidad para redescubrir a Dios.
• Revelar que cada persona es una historia sagrada.
• La alegría del descubrimiento de Dios en las propias
limitaciones.
• El ejemplo de acogida y amor incondicional por
todas las personas.
• Ejemplo de búsqueda y encuentro de Dios en el
sufrimiento.
• Confirmación de que Dios escoge lo débil del
mundo para confundir a los sabios.
• Testimonio de sacrificio y entrega de los padres
en el cuidado de sus hijos, y de lucha por la defensa
de la dignidad humana.
• Inspirar relaciones humanas basadas en la ternura
y la fidelidad, que se alejen de la competitividad y
el miedo a la fragilidad propia y ajena.
• Inspirar caminos de solidaridad y comunión basados
en la necesidad mutua, y la ofrenda de los dones
de cada uno.

2. Encuentro con una persona
con discapacidad física
Qué personas puedes encontrar
Una persona tiene discapacidad física si presenta una
pérdida total o parcial de movimiento voluntario, o tiene
una estatura inusual, que limita la habilidad de moverse;
o tiene problemas de alcance, agarre; y/o dificultades
respiratorias, cardíacas o de otro tipo, que vienen frecuentemente acompañadas de fatiga y debilidad, y pueden
ser visibles o no.
Aunque todavía hay quien los utiliza, hay que evitar
términos como amputado, asmático, cojo, deficiente,
minusválido o paralítico...
Puedes encontrarte:
• Personas que van en silla de ruedas (manual o de
motor).
• Personas con andadores, bastones, muletas, escayolas, prótesis.
• Personas que requieren aparatos de asistencia
respiratoria.
• Personas con problemas de equilibrio o de
espasticidad (movimientos involuntarios) y crisis
convulsivas.
• Personas que andan lento, de manera irregular.
• Personas de gran o pequeña estatura.
Qué puedes hacer
• Mantener contacto visual y hablar directamente
con el feligrés con discapacidad, no a través de su
acompañante.
• Si no se le entiende, se le pide que lo repita. Y
será este feligrés el que pueda pedir a su acompañante que aclare lo que quiere.
• Preguntar siempre a la persona con discapacidad
si necesita ayuda; no asumir que la necesita.
• No tocar o mover las ayudas técnicas sin consultarlo
antes con la persona con discapacidad. Puedes
quitarle sus piernas.
• En el caso de acercarnos a una persona sentada
en silla motorizada, no apoyarnos en el mando, que
puede estar encendido.
Qué puede ofrecerles la parroquia
• Proveer estacionamiento accesible y rampas
adecuadas, tanto para sillas de ruedas como para
bastones.
• Facilitar entradas anchas y fáciles de franquear.
Que la persona con discapacidad no se vea obligada
a tener acompañante para poder acceder a la iglesia.
• Instalar ascensores o elevadores para todas las
personas con movilidad reducida.
• Tener aseos accesibles y adaptados.
• Asegurarse de que el templo y los espacios dedicados a la oración ofrezcan acceso a los sacramentos, permitiendo la participación como un seglar
más.
• Facilitar acceso a despachos, presbiterio, sacristía,
confesionario, capilla, salones parroquiales…
• Usar ambones, altares y mesas de altura e inclinación regulables.
• Facilitar el acceso a cantorales y otros materiales
impresos en soportes fáciles de usar.
• Disponer de servicio de megafonía móvil, para
poder acercárselo a la persona que quiera participar
en la celebración y no pueda acceder a la ubicación
habitual.
• Si se aprecia que en la celebración hay muchas
personas que no pueden ponerse de pie en los
momentos establecidos, valorar con la comunidad la posibilidad de que todo el mundo permanezca
sentado para no quitar visibilidad a nadie. O
permitir/sugerir que se coloquen más cerca del celebrante.
• En momentos de recogimiento, como en el sacramento de la Penitencia, facilitar la intimidad de la
persona que tenga dificultad de comunicación.
• Aumentar las precauciones con el uso de velas e
incienso.

3. Encuentro con una persona
con ceguera o deficiencia visual grave
Qué personas puedes encontrar
Una persona ciega o invidente, pues ambos términos
son válidos, suele proceder de patologías oculares o
traumatismos que originan ese déficit y hoy en día, gracias
a los avances en oftalmología y con la tecnología de la
mano, muchas cuentan con un resto visual utilizable que,
aunque sea pequeño, mejora muchísimo su participación
en actividades diarias.
Por eso, hablaremos de discapacidad visual grave;
dentro del mundo de la baja visión, existen múltiples
tipos como pueden ser la visión en tubo, solo por los
lados, diurna o nocturna, de lejos o de cerca, por lo que
lo mejor es preguntar a la persona cuál es.
En ocasiones, personas con baja visión utilizan materiales ópticos especializados que llaman la atención por
no utilizarse habitualmente y que para ellas son imprescindibles. Se trata de lupas de gran aumento, telelupas,
monóculos o anteojos de precisión…
La evolución de la oftalmología como ciencia ha sido
sorprendente y enfermedades que originaban ceguera
hace 30 años se han atajado en gran medida: las cataratas, el desprendimiento de retina o el glaucoma, entre
otras. Actualmente son otras patologías las que irrumpen
con fuerza en la visión, como la miopía magna, la degeneración macular o la retinosis pigmentaria.
Qué puedes hacer
• Normalmente, la persona con discapacidad visual
grave suele ir acompañada por un guía vidente que
juega un papel activo en su movilidad, colocándose
siempre por delante de la persona ciega para que
esta detecte con el movimiento de su cuerpo las
oscilaciones en el recorrido. Por medio de códigos
no verbales suele ir muy bien y la posición más
correcta será siempre ofreciéndole el codo para que
se agarre y la persona se sienta cómoda y segura.
• Otra opción de movilidad para la persona con deficiencia visual autónoma es el bastón blanco como
herramienta. Al ir muy concentrada en el discurrir
habitual, lo más correcto es que le preguntes si
quiere tu ayuda y actúes según su respuesta.
• La última opción es el perro guía, que ya no se le
llama perro lazarillo. Perfectamente adiestrado,
puede entrar en todos los sitios de uso público y es
necesario que, cuando trabaje, no se le increpe o
salude pues se podría despistar. Tampoco hay que
darle comida, pues se encuentra bien alimentado,
ni separarle de la persona ciega esté donde esté.
• Para interactuar con una persona ciega, es preciso
que la toques y la llames por su nombre si la conoces
e identificarse siempre para que sepa con quién se
ha encontrado.
• En la relación con esta persona no existen palabras tabú y pueden emplearse sin problemas
términos como ver, mirar, etc. Al igual, es muy
necesario emplear palabras que indiquen dirección
al guiarle diciendo siempre izquierda, derecha, de
frente, a la voz, etc. No emplear nunca vocablos
como aquí, allá, esto, aquello, etc.
• En cualquier actividad, comunicar si se está
haciendo o se va a hacer; pues si no se hace al no
enterarse podrá meter la pata e interrumpir dicha
actividad.
• Si te vas de un lugar y estás hablando con la
persona invidente, díselo para evitar que se quede
hablando sola.
Qué puede ofrecerles la parroquia
• Para trabajar con una persona con deficiencia
visual, preguntar cuál es su tipo de visión.
• Enseñar la parroquia previamente con un recorrido
e indicar localizadores (muebles, puertas, etc.) clave
del sitio para que pueda orientarse mejor.
• Es necesario prever siempre los textos que se van a utilizar para así poder descargarlos o trabajarlos
antes y, de esta manera, facilitar que la persona ciega
pueda seguir el discurrir del acto.
• En los documentos, ajustar el tipo de letra y aumenta
el tamaño conforme a sus necesidades específicas.
Si no sabes cuál es, el estándar fijado para trabajar
en términos de accesibilidad universal es Arial 14.
• Si la persona no ve nada, el sistema braille como
herramienta básica de lectura y escritura es fundamental. También se utilizan los sistemas en audio
para la lectura de documentos. Digitalmente hay más
posibilidades y formatos accesibles como documentos
en Word, PDF generados en modo texto, formatos
HTML rescatados de Internet…
• Para comunicaciones rápidas, es muy útil WhatsApp,
tanto en mensajes de texto como de audio. Las
personas ciegas también usan el correo electrónico
y, cada vez más, las redes sociales.
• Han irrumpido con fuerza aplicaciones para dispositivos móviles totalmente accesibles que acercan
multitud de tareas de la vida diaria y del discurrir habitual a las personas ciegas. Se pueden aprovechar.

4. Encuentro con una persona
con sordoceguera
Qué personas puedes encontrar
No es la suma de sordera y ceguera, sino una discapacidad que afecta a la vista y al oído, en mayor o menor
grado, provocando problemas de comunicación únicos
y necesidades especiales derivadas de la dificultad para
percibir de manera global, conocer y, por tanto, interesarse
y desenvolverse en el entorno.
Es necesario poner en práctica otras metodologías aprovechando el posible resto auditivo o visual que tengan y
también de los demás sentidos, fundamentalmente el tacto.
La población de personas con sordoceguera podría
agruparse de la siguiente forma:
• Personas con sordoceguera congénita y aquellas
que la padecen antes de la adquisición del lenguaje.
• Personas con sordoceguera adquirida:
- Personas que nacen sordas y padecen una
pérdida significativa de visión o ceguera años
más tarde, como sucede con el síndrome de
Usher.
Por el síndrome de Usher, la retina no se mueve.
Por la noche no se ve nada y la luz del día molesta
mucho. Es necesario llevar gafas especiales. El
campo de visión se va reduciendo poco a poco
hasta que se pierde completamente.
El síndrome de Usher es el responsable, aproximadamente, de la mitad de los casos de sordoceguera.
- Personas que nacen ciegas o con una pérdida
significativa de visión cuyos problemas de audición
se manifiestan con posterioridad.
- Personas que presentan dificultades significativas
en la vista y el oído después de adquirir el
lenguaje.
- Otro síndrome que provoca la sordoceguera es
el de Wolfram. Los componentes principales de
esta enfermedad son diabetes, atrofia óptica y
sordera.
A) Comunicación
• La comunicación con una persona con sordoceguera requiere siempre paciencia y será más fácil
o más difícil en función de la persona con quien
queremos comunicar, de cuál sea su sistema de
comunicación, y de que lo conozcamos y seamos
capaces de utilizarlo con mayor o menor fluidez.
• La persona ciega que posteriormente pierde el oído usa como método de comunicación el sistema
dactilológico. Consiste en aplicar un símbolo de cada
letra en la mano, haciendo pausas como en el
lenguaje oral y haciendo el gesto de borrar en la
palma cuando nos equivocamos.
• La persona sorda leve se comunica con la lengua
de signos en el aire como las personas sordas si
todavía tiene buen resto visual; en cambio la persona
sorda profunda que perdió la vista, continúa usando
lengua de signos cogiendo la mano de su interlocutor.
• Algunas personas sordociegas pueden entendernos
con la ayuda de un audífono.
• Otras se comunican mediante sistemas alfabéticos,
que nos resultan más fáciles de aprender, como la
escritura en mayúsculas sobre la palma de la mano.
• Bastantes son capaces de comunicarse a través
de las tablillas de comunicación cuando el interlocutor
no conoce su sistema.
B) Movilidad y reconocimiento
• Lo primero que hay que hacer siempre ante una
persona sordociega es darle a conocer nuestra
presencia tocándole suavemente en el hombro o
en el brazo. Si está concentrada en la realización
de alguna tarea, esperaremos hasta que pueda atendernos. Si conserva algo de resto visual, trataremos de colocarnos dentro de su campo de
visión.
• El siguiente paso será identificarnos, decirle
quiénes somos, deletreando nuestro nombre y por
el cual nos conoce. No es conveniente jugar a las
adivinanzas. Aunque nos conozca, debemos comunicarle quiénes somos para evitarle confusiones.
Si utiliza un audífono porque puede entendernos
a través de él, nos dirigiremos a dicha persona de
manera clara y directa, siempre vocalizando bien.
En estos casos conviene evitar los lugares ruidosos
para desarrollar una conversación.
• Si conserva algo de resto visual, trataremos de
no salirnos de los límites de su campo de visión.
Quizá pueda entendernos a través de la labiolectura o utilizando otros recursos, como la lengua
de signos. Si no conocemos otro método, dirijámonos a ella escribiendo en un papel blanco con
letras grandes, frases sencillas y, a ser posible,
en tinta negra para que el contraste sea mayor.
Un lugar bien iluminado hará más eficaz la comunicación.
• No debemos olvidar nunca despedirnos. Si
tenemos que ausentarnos un momento, se lo
diremos y la dejaremos mientras tanto en un lugar cómodo y seguro. No es aconsejable dejarla solo
en un sitio desconocido.
• Al caminar con una persona con discapacidad,
la forma correcta de llevarla es dejar que coja
nuestro brazo; por lo general, lo hará por encima
del codo. Así podrá seguir mejor nuestros movimientos. Nunca debemos intentar llevarla delante
de nosotros. Le transmitiremos los signos convenidos para indicarle que hay que subir o bajar
escaleras, cruzar una puerta o una calle, etcétera.
• Mientras vayamos con ella, es conveniente ir
contando dónde nos encontramos y qué sucede
a nuestro alrededor. Si vemos algo que nos parece
interesante y que puede tocar, no debemos dudar
en mostrárselo.
• Su signo distintivo es el bastón rojo y blanco.
Es importante no confundir con una persona ciega
oyente.
Qué puedes hacer
• Explicar a la persona sordociega el contexto, los
movimientos del espacio en el que estáis, los objetos
que hay en el lugar.
• Acompañarla a la primera fila de la iglesia o de la
sala donde se desarrolle la actividad; mejor en un lateral de la fila donde el perro guía no moleste el paso
de las personas. Indicarle dónde está su asiento.
• En una celebración de la Eucaristía, avisar con un
leve toque en el brazo cuando llegue el momento
de la paz, cuando tenga que ponerse de pie, arrodillarse, sentarse, etc. Preguntar a la persona sordociega si quiere comulgar y acompañarla.
• Al final de la Eucaristía o actividad acompañar a
esa persona a la calle.
• No tocar el perro guía ni jugar con él. Tampoco
dar comida.
• Para comunicarse con ellas se puede:
• Escribir en las notas del teléfono móvil; la persona
sordociega puede ampliarlo para verlo.
• Con una tabla del abecedario, la persona oyente
guía el dedo de la persona sordociega por encima
de las letras.
• Deletrear las palabras en la palma de la mano.
Siempre con mayúsculas.
• Utilizar el sistema braille, especialmente con las
personas sordociegas de nacimiento.
Qué puede ofrecerles la parroquia
• Tener una pantalla grande donde se proyecten los
textos.
• Apoyo con hojas con las lecturas, la homilía, la
conferencia, etc. con letras grandes, frases sencillas
y texto muy claro. Siempre en negro.
• Si hay intérprete de lengua de signos, tener en
cuenta el campo de visión de la persona sordociega
para situarse dentro de su campo.
• Si en el primer banco molesta la luz, dejar que la
persona sordociega se siente en un banco lateral.

5. Encuentro con una persona
sorda o con pérdida de audición
Qué personas puedes encontrar
La pérdida parcial o total de audición en uno o ambos
oídos puede limitar la habilidad de tener o usar el lenguaje
hablado y/o escrito. Aunque está muy extendido, el
término sordomudo no es exacto para definir a una
persona con pérdida de audición, pues la mayoría suelen
tener un tipo de comunicación diferente con gestos,
gutural o de otro tipo. Se pueden encontrar:
• Personas con prótesis auditivas (audífonos o
implantes cocleares).
• Personas que hablan en un tono diferente o
utilizan lengua de signos.
• Personas que no entienden o tienen dificultad
con el lenguaje hablado.
• Personas que apuntan a su oído y mueven la
cabeza cuando se le habla o mira fijamente los
labios.
Qué puedes hacer
• Hablar con un volumen normal y sin exagerar
los movimientos de los labios.
• Ofrecer escribir el mensaje, con frases cortas y
vocabulario sencillo.
• No asumir que la persona puede leer los labios
o que una persona con prótesis auditiva escucha
de forma normal.
• Ponerse frente a la persona y conversar de
modo que pueda ver la cara.
• No cubrirse la boca al hablar.
• Tener en cuenta que cualquier resplandor a
contraluz de la persona que está hablando, o los
ruidos de fondo, pueden interferir con la comunicación.
• Si un intérprete está presente, hablar a la
persona sorda, no al intérprete.
Qué puede ofrecerles la parroquia
• Incorporar un intérprete de lengua de signos (si
hay feligreses que usan esta lengua).
• Si hay un intérprete para la liturgia, permitir que
esté directamente al frente, entre la persona que
está hablando y los feligreses sordos de tal modo
que el intérprete y la acción litúrgica estén en el
mismo campo de visión.
• Procurar una iluminación apropiada alrededor
de la persona que está hablando y/o su intérprete
• Reservar asientos sin obstáculos para la vista,
cerca de la persona que está hablando y/o su
intérprete.
• Tener una buena megafonía y, si es posible,
aparatos auditivos de asistencia (bucles magnéticos).
• Distribuir material impreso, incluyendo un
resumen de la homilía y anuncios.
• Publicar información sobre Misas interpretadas
en lengua de signos y si la parroquia dispone de
aparatos auditivos de asistencia.
• Familiarizar a los que atienden los despachos
parroquiales y responsables de pastoral a recibir
y mandar mensajes de texto, en lugar de llamadas
de voz, y facilitar un número para que estas
personas puedan mandarlos.

Discurso del Santo Padre Francisco
a los participantes en un congreso
organizado para la promoción de la
nueva evangelización
Sala Clementina
Sábado,
21 de octubre de 2017
Queridos hermanos y hermanas:
Me alegra encontraros sobre todo porque en estos
días habéis abordado un tema de gran importancia para
la vida de la Iglesia en su obra de evangelización y formación cristiana: La Catequesis y las personas con discapacidad. Gracias a s.e. Mons. Fisichella por su presentación, al dicasterio que preside por su servicio y a todos
vosotros por la labor en este campo.
Conocemos el gran progreso que se ha hecho en las
últimas décadas frente a la discapacidad. La creciente
toma de conciencia de la dignidad de cada persona,
especialmente de los más débiles, ha llevado a tomar
posiciones valientes de inclusión de aquellos que viven
con diversas formas de discapacidad, para que nadie se sienta extraño en su propia casa. Y sin embargo, a nivel
cultural todavía hay manifestaciones que hieren la
dignidad de estas personas por la prevalencia de una
falsa concepción de la vida. Una visión a menudo narcisista y utilitaria lleva, por desgracia, a algunos a considerar marginales a las personas con discapacidad, sin
percibir en ellas su múltiple riqueza espiritual y humana.
Todavía es demasiado fuerte en la mentalidad común la
actitud de rechazo de esta condición, como si impidiera
ser felices y realizarse a sí mismos. Prueba de ello es
la tendencia eugenética de eliminar a los nonatos que
tienen alguna forma de imperfección. En realidad, todos
conocemos a tantas personas que, con su fragilidad,
incluso grave, han encontrado, aunque con fatiga, el
camino de una vida buena y rica en significado. Por otro
lado, también conocemos personas aparentemente
perfectas y desesperadas. Además, es un engaño peligroso pensar que somos invulnerables. Como decía una
chica que conocí en mi reciente viaje a Colombia, la
vulnerabilidad pertenece a la esencia del ser humano.
La respuesta es el amor: no el falso, meloso y pietista,
sino el verdadero, concreto y respetuoso. En la medida
en que se es acogido y amado, incluido en la comunidad
y acompañado para mirar hacia el futuro con confianza,
se desarrolla el verdadero camino de la vida y se experimenta una felicidad duradera. Esto, —lo sabemos—,
se aplica a todos, pero las personas más frágiles son
como una prueba. La fe es una gran compañera de vida
cuando nos permite sentir en primera persona la presencia de un Padre que nunca deja solas a sus criaturas en ninguna condición de su vida. La Iglesia no
puede ser «afónica» o «desentonada» en la defensa y
promoción de las personas con discapacidad. Su proximidad a las familias las ayuda a superar la soledad en
que a menudo corren el peligro de terminar por falta de
atención y apoyo. Esto es aún más cierto por la responsabilidad que tiene en la generación y en la formación
en la vida cristiana. A la comunidad no pueden faltarle
las palabras y especialmente los gestos para encontrar
y acoger a las personas con discapacidad. Especialmente
la liturgia dominical tendrá que saber cómo incluirlas,
porque el encuentro con el Señor resucitado y con la
comunidad misma puede ser fuente de esperanza y de
valor en el camino, no fácil, de la vida.
La catequesis, en particular, está llamada a descubrir
y experimentar formas coherentes para que cada persona
con sus dones, sus limitaciones y sus discapacidades,
incluso graves, pueda encontrar a Jesús en su camino
y abandonarse a Él con fe. Ningún límite físico o psíquico
puede ser un impedimento para este encuentro, porque
el rostro de Cristo brilla en lo íntimo de cada persona.
Tengamos también cuidado, especialmente nosotros, los
ministros de la gracia de Cristo, para no caer en el error
neo-pelagiano de no reconocer la necesidad de la fuerza
de la gracia que viene de los sacramentos de la iniciación
cristiana. Aprendamos a superar el malestar y el miedo
que a veces se pueden sentir frente a las personas con
discapacidad.
Aprendamos a buscar e incluso a «inventar» con inteligencia herramientas adecuadas para que a nadie le
falte el apoyo de la gracia. Formemos —¡en primer lugar
con el ejemplo!— a catequistas cada vez más capaces
de acompañar a estas personas para que crezcan en la
fe y den su contribución genuina y original a la vida de
la Iglesia.
Por último, espero que en la comunidad las personas
con discapacidad puedan ser cada vez más sus propios
catequistas, también con su testimonio, para transmitir
la fe de manera más eficaz.
Os agradezco por vuestro trabajo de estos días y por
vuestro servicio en la Iglesia.
Que Nuestra Señora os acompañe.
Os bendigo de corazón y os pido, por favor, que no os
olvidéis de rezar por mí.
Gracias
(Arzobispado de Madrid)