martes, 20 de enero de 2026

Mensaje del Santo Padre León XIV para la XXXIV Jornada Mundial del Enfermo


 La compasión del samaritano: amar llevando el dolor del otro

Queridos hermanos y hermanas:

La XXXIV Jornada Mundial del Enfermo se celebrará solemnemente en Chiclayo, Perú, el 11 de febrero de 2026. Por este motivo, he querido proponer de nuevo la imagen del buen samaritano, siempre actual y necesaria para redescubrir la belleza de la caridad y la dimensión social de la compasión, para poner la atención en los necesitados y los que sufren, como son los enfermos.

Todos hemos escuchado y leído este conmovedor texto de san Lucas (cf. Lc 10,25-37). A un doctor de la ley que le pregunta quién es el prójimo al que debe amar, Jesús le responde contando una historia: un hombre que viajaba de Jerusalén a Jericó fue asaltado por ladrones y abandonado casi muerto; un sacerdote y un levita pasaron de largo, pero un samaritano se compadeció de él, vendó sus heridas, lo llevó a una posada y pagó para que lo cuidaran. He deseado proponer la reflexión de este pasaje bíblico con la clave hermenéutica de la Encíclica Fratelli tutti, de mi querido predecesor el Papa Francisco, donde la compasión y la misericordia hacia el necesitado no se reducen a un mero esfuerzo individual, sino que se realizan en la relación: con el hermano necesitado, con quienes lo cuidan y, fundamentalmente, con Dios que nos da su amor.

1. El regalo del encuentro: la alegría de dar cercanía y presencia

Vivimos inmersos en la cultura de lo rápido, de lo inmediato, de las prisas, así como también del descarte y la indiferencia, que nos impide acercarnos y detenernos en el camino para mirar las necesidades y los sufrimientos a nuestro alrededor. La parábola narra que el samaritano al ver al herido no “pasó de largo”, sino que tuvo para él una mirada abierta y atenta, la mirada de Jesús, que lo llevó a una cercanía humana y solidaria. El samaritano «se detuvo, le regaló cercanía, lo curó con sus propias manos, puso también dinero de su bolsillo y se ocupó de él. Sobre todo […] le dio su tiempo». [1] Jesús no enseña quién es el prójimo, sino cómo hacerse prójimo, es decir, cómo volvernos nosotros cercanos. [2] Al respecto, podemos afirmar con san Agustín que el Señor no quiso enseñar quién era el prójimo de aquel hombre, sino a quién debía él hacerse prójimo. Pues nadie es prójimo de otro sino cuando se acerca voluntariamente a él. Así pues, se hizo prójimo aquel que mostró misericordia. [3]

El amor no es pasivo, va al encuentro del otro; ser prójimo no depende de la cercanía física o social, sino de la decisión de amar. Por eso, el cristiano se hace prójimo del que sufre, siguiendo el ejemplo de Cristo, el verdadero Samaritano divino que se acercó a la humanidad herida. No son meros gestos de filantropía, sino signos en los que se puede percibir que la participación personal en los sufrimientos del otro implica el darse a sí mismo, supone ir más allá de cubrir necesidades, para llegar a que nuestra persona sea parte del don. [4] Esta caridad se alimenta necesariamente del encuentro con Cristo, que por amor se entregó por nosotros. San Francisco lo explicaba muy bien cuando, hablando de su encuentro con los leprosos, decía: «El Señor me llevó hasta ellos», [5] porque a través de ellos había descubierto la dulce alegría de amar.

El regalo del encuentro nace del vínculo con Jesucristo, al que identificamos como el buen samaritano que nos ha traído la salud eterna, y al que hacemos presente cuando nos inclinamos ante el hermano herido. San Ambrosio decía: «Puesto que nadie es tan verdaderamente nuestro prójimo como el que ha curado nuestras heridas, amémoslo viendo en él a nuestro Señor, y querámosle como a nuestro prójimo; pues nada hay tan próximo a los miembros como la cabeza. Y amemos también al que es imitador de Cristo, y a todo aquel que se asocia al sufrimiento del necesitado por la unidad del cuerpo». [6] Ser uno en el Uno, en la cercanía, en la presencia, en el amor recibido y compartido, y gozar, así como san Francisco, de la dulzura de haberlo encontrado.

2. La misión compartida en el cuidado de los enfermos

Prosigue san Lucas diciendo que el samaritano “se conmovió”. Tener compasión implica una emoción profunda, que mueve a la acción. Es un sentimiento que brota del interior y lleva al compromiso con el sufrimiento ajeno. En esta parábola, la compasión es el rasgo distintivo del amor activo. No es teórica ni sentimental, se traduce en gestos concretos; el samaritano se acercacurase hace cargo y cuida. Pero atención, no lo hace solo, individualmente, «el samaritano buscó un posadero que pudiera cuidar de ese hombre, al igual que nosotros estamos llamados a invitar y a reunirnos en un “nosotros” que sea más fuerte que la suma de pequeñas individualidades». [7] Yo mismo he constatado, en mi experiencia como misionero y obispo en Perú, cómo muchas personas comparten la misericordia y la compasión al estilo del samaritano y el posadero. Los familiares, los vecinos, los operadores sanitarios, los agentes de pastoral sanitaria y tantos otros que se detienen, se acercan, curan, cargan, acompañan y ofrecen de lo suyo, dan a la compasión una dimensión social. Esta experiencia, que se realiza en un entramado de relaciones, supera el mero compromiso individual. De este modo, en la Exhortación apostólica Dilexi te no sólo me he referido al cuidado de los enfermos como una “parte importante” de la misión de la Iglesia, sino como una auténtica «acción eclesial» (n. 49). En ella citaba a san Cipriano para ver cómo en esa dimensión podemos verificar la salud de nuestra sociedad: «Esta epidemia que parece tan horrible y funesta pone a prueba la justicia de cada uno y examina el espíritu de los hombres, verificando si los sanos sirven a los enfermos, si los parientes se aman sinceramente, si los señores tienen piedad de los siervos enfermos, si los médicos no abandonan a los enfermos que imploran». [8]  

El ser uno en el Uno supone sentirnos verdaderamente miembros de un cuerpo en el que llevamos, según nuestra propia vocación, la compasión del Señor por el sufrimiento de todos los hombres. [9] Es más, el dolor que nos conmueve, no es un dolor ajeno, es el dolor de un miembro de nuestro propio cuerpo al que nuestra Cabeza nos manda acudir para el bien de todos. En ese sentido se identifica con el dolor de Cristo y, ofrecido cristianamente, acelera el cumplimiento de la plegaria del mismo Salvador por la unidad de todos. [10]

3. Movidos siempre por el amor a Dios, para encontrarnos con nosotros mismos y con el hermano

En el doble mandamiento: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo» ( Lc 10,27), podemos reconocer el primado del amor a Dios y su consecuencia directa con la forma de amar y relacionarse del hombre en todas sus dimensiones. «El amor al prójimo representa la prueba tangible de la autenticidad del amor a Dios, como asevera el apóstol Juan: “Nadie ha visto nunca a Dios: si nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros y el amor de Dios ha llegado a su plenitud en nosotros. […] Dios es amor, y el que permanece en el amor permanece en Dios, y Dios permanece en él” ( 1 Jn 4,12.16)». [11] Aunque el objeto de ese amor sea distinto: Dios, el prójimo y uno mismo, y, en ese sentido, los podemos entender como amores distintos, estos son siempre inseparables. [12] El primado del amor divino conlleva que la acción del hombre sea realizada sin interés personal ni recompensa, sino como manifestación de un amor que trasciende las normas rituales y se traduce en un culto auténtico: servir al prójimo es amar a Dios en la práctica. [13]

Esta dimensión también nos permite contrastar lo que significa amarse a sí mismo. Supone alejar de nosotros el interés de cimentando nuestra autoestima o el sentido de nuestra propia dignidad en estereotipos de éxito, carrera, posición o linaje [14] y recuperar nuestra propia posición ante Dios y ante el hermano. Decía Benedicto XVI que «la criatura humana, en cuanto de naturaleza espiritual, se realiza en las relaciones interpersonales. Cuanto más las vive de manera auténtica, tanto más madura también en la propia identidad personal. El hombre se valoriza no aislándose sino poniéndose en relación con los otros y con Dios». [15]

Queridos hermanos y hermanas, «el verdadero remedio para las heridas de la humanidad es un estilo de vida basado en el amor fraterno, que tiene su raíz en el amor de Dios». [16] Deseo vivamente que no falte nunca en nuestro estilo de vida cristiana esta dimensión fraterna, “samaritana”, incluyente, valiente, comprometida y solidaria que tiene su raíz más íntima en nuestra unión con Dios, en la fe en Jesucristo. Encendidos por ese amor divino, podremos realmente entregarnos en favor de todos los que sufren, especialmente por nuestros hermanos enfermos, ancianos y afligidos.

Elevemos nuestra oración a la Bienaventurada Virgen María, Salud de los Enfermos; pidamos su ayuda por todos los que sufren, los necesitados de compasión, escucha y consuelo, y supliquemos su intercesión con esta antigua oración, que se rezaba en familia por quienes viven en la enfermedad y en el dolor:

Dulce Madre, no te alejes,
tu vista de mí no apartes.
Ven conmigo a todas partes
y nunca solo me dejes.
Ya que me proteges tanto
como verdadera Madre,
Haz que me bendiga el Padre,
el Hijo y el Espíritu Santo.

Imparto de corazón mi bendición apostólica a todos los enfermos, a sus familiares y a quienes los cuidan, a los trabajadores del ámbito sanitario, a los agentes de pastoral de la salud y muy especialmente a quienes participan en esta Jornada Mundial del Enfermo.

Vaticano, 13 de enero de 2026

                                                                                                 LEÓN PP. XIV

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[1] Francisco, Carta enc. Fratelli tutti (3 octubre 2020), 63.

[2] Cf. ibíd., 80-82.

[3] Cf. S. Agustín, Sermones 171, 2; 179 A, 7.

[4] Cf. Benedicto XVI, Carta enc. Deus caritas est (25 diciembre 2005), 34; S. Juan Pablo II, Carta ap. Salvifici doloris (11 febrero 1984), 28.

[5] S. Francisco de Asís, Testamento, 2: Fuentes Franciscanas, 110.

[6] S. Ambrosio, Tratado sobre el Evangelio de San Lucas, VII, 84.

[7] Francisco, Carta enc. Fratelli tutti (3 octubre 2020), 78.

[8] S. Cipriano, De mortalitate, 16.

[9] Cf. S. Juan Pablo II, Carta ap. Salvifici doloris (11 febrero 1984), 24.

[10] Cf. ibíd., 31.

[11] Exhort. ap. Dilexi te (4 octubre 2025), 26.

[12] Cf. ibíd.

[13] Cf. Francisco , Carta enc. Fratelli tutti (3 octubre 2020), 79.

[14] Cf. ibíd., 101.

[15] Benedicto XVI, Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 53.

[16] Francisco, Mensaje a los participantes del 33º Festival internacional de los jóvenes (MLADIFEST), Medjugorje, 1-6 agosto 2022 (16 julio 2022).

DÍA MUNDIAL DEL ENFERMO 2026

 




viernes, 16 de enero de 2026

REVITALIZAR LA PASTORAL DE LA SALUD

 


Transformación de la Compasión: Convertir la empatía en acción misionera y de servicio.

 


La Transformación de la Compasión es pasar de sentir pena por el otro a actuar concretamente, como enseña la parábola del Buen Samaritano: ver al necesitado (el herido en el camino), conmoverse (tener compasión), detenerse (rompiendo prejuicios), y actuar con gestos de amor (curar, llevar a posada). Esta parábola es un llamado a la acción misionera y de servicio, invitándonos a ser el "prójimo" para cualquiera que sufra, superando barreras y convirtiendo la empatía en misericordia activa, una "conversión doble" interior y exterior para amar al estilo de Cristo. 

Claves de la Transformación:

  • Ver con el Corazón: No es solo mirar, sino conmoverse y sentir ternura por el que sufre, como el samaritano.
  • Romper Barreras: El samaritano, un marginado, ayuda a un judío, mostrando que el prójimo es quien necesita ayuda, no importa su origen.
  • Acción Concreta: La compasión se traduce en acciones: acercarse, vendar heridas (aceite y vino), llevarlo a un lugar seguro y cuidarlo.
  • "Id y Haced lo Mismo": La orden de Jesús convierte la parábola en una misión personal: cada discípulo debe llevar esa misma compasión activa al mundo. 
  • De la Empatía a la Misión:
    1. Identificar al "Herido": Reconocer el sufrimiento (pecado, soledad, pobreza) en nuestro entorno.
    2. Detenerse y Conmoverse: Permitir que el dolor ajeno nos toque el corazón, sin pasar de largo.
    3. Actuar sin Prejuicios: Ofrecer ayuda (Obras de Misericordia) sin importar quién sea el necesitado.
    4. Ser Testigo: Nuestra vida se convierte en un testimonio de amor y servicio, un reflejo del amor de Dios                                                                                                                                    La parábola del Buen Samaritano es el icono iluminador para vivir el amor al prójimo, invitándonos a una transformación profunda para llevar la misericordia de Dios al mundo a través de nuestras acciones. 

La Enfermedad como Llamada: Reflexionar sobre la fragilidad humana y la conciencia de no estar solos.


 La enfermedad, vista como una llamada, revela nuestra fragilidad humana, confrontándonos con la finitud y la necesidad de los demás, y a la vez nos conecta con la humanidad a través del amor, el cuidado y la compasión, recordándonos, a través de la parábola del Buen Samaritano, que nadie está solo y que el cuidado mutuo es esencial para encontrar sentido y superar la soledad en la adversidad. 

La enfermedad como llamada:

  • Despertar a la fragilidad: Nos muestra nuestra vulnerabilidad y nos obliga a cuestionar el sentido de la vida y nuestra dependencia de los demás.
  • Experiencia de lo esencial: Nos ayuda a valorar lo que realmente importa: el amor, la amistad, la libertad y la paz, lo que no quisiéramos perder jamás.
  • Búsqueda de sentido: La experiencia del sufrimiento puede ser un camino para buscar un significado más profundo, como lo ha señalado San Juan Pablo II. 
  • La parábola del Buen Samaritano:
    • El antídoto a la soledad: Esta parábola (Lucas 10:25-37) es central en la enseñanza de la Iglesia sobre la atención a los enfermos, especialmente en la voz de los mensajes del Papa Francisco.
    • Fraternidad y cuidado: El samaritano representa a quien se detiene ante el que sufre, ofreciendo cuidado y compasión, superando barreras y demostrando que la enfermedad no debe llevar al aislamiento, sino a la unión fraterna. 
    • Conciencia de no estar solos:
      • La Iglesia y la comunidad: La Iglesia, inspirada en el Samaritano, busca ser un "cercano" para los enfermos, creando una red de apoyo y cuidado.
      • Llamada a la acción: La reflexión nos invita a ser ese "buen samaritano" para otros, cuidando no solo el cuerpo, sino la totalidad de la persona, reconociendo su dignidad y fragilidad. 

Consuelo y Esperanza: Ofrecer el "óleo de la consolación y el vino de la esperanza" a través de los sacramentos y el acompañamiento.


"Consuelo y Esperanza: Ofrecer el óleo de la consolación y el vino de la esperanza a través de los sacramentos y el acompañamiento" es una frase que encapsula la misión cristiana de cuidar al sufriente, inspirada en la parábola del Buen Samaritano, donde Jesús unge al herido con aceite (consuelo) y vino (esperanza/curación), siendo los sacramentos y la caridad la manifestación actual de este cuidado divino, especialmente relevante en el documento vaticano Samaritanus Bonus. 

Significado y Origen:

  • El Buen Samaritano (Lc 10, 30-37): Jesús es el verdadero Samaritano que se detiene por el hombre caído (la humanidad sufriente), curando sus heridas con "aceite y vino", símbolos de alivio y gozo.
  • Aceite y Vino: Representan el Espíritu Santo, la gracia, la medicina para el alma, el consuelo y la esperanza que brotan del amor de Dios.
  • Samaritanus Bonus (2020): La Congregación para la Doctrina de la Fe usó esta imagen para enfatizar el cuidado integral de las personas en fases críticas de la vida, alertando contra la cultura de la muerte y promoviendo una medicina compasiva. 
  • Cómo se aplica en la Fe:
    • Sacramentos: La Unción de los Enfermos (aceite) y la Eucaristía (vino) son sacramentos de consuelo y fortaleza para los que sufren.
    • Acompañamiento: Ser un "buen samaritano" hoy significa acompañar con ternura, oración, escucha y cercanía a quien está sufriendo, aplicando la caridad de Cristo.
    • Consuelo y Esperanza: Se ofrece la fortaleza de Dios (2 Cor 1:4-5) y la certeza de la resurrección, no solo paliando el dolor físico, sino también el espiritual, como un don de Dios.                                                                                                                                   En resumen, la frase describe la acción de la Iglesia y de cada creyente como reflejo de Cristo, ofreciendo sanación y vida en medio del sufrimiento, usando los medios de la fe y la caridad para ser un bálsamo de esperanza para el mundo. 

El Rostro de Cristo en el Enfermo: Reconocer a Jesús en las personas marcadas por la enfermedad.

 


"El Rostro de Cristo en el Enfermo" es un tema central en la fe cristiana, que invita a ver a Jesús sufriendo en cada persona enferma, un concepto ligado a la parábola del Buen Samaritano, donde se enseña la misericordia activa hacia el prójimo necesitado, y a reconocer en la vulnerabilidad del enfermo una oportunidad para el amor y el servicio, siendo los creyentes llamados a ser esos "buenos samaritanos" que actúan con compasión y sin prejuicios, ofreciendo ayuda espiritual y material, uniendo la dimensión médica y la fe para sanar la "humanidad herida". 

Conceptos Clave:

  • Presencia de Cristo: Se cree que Jesús está presente de manera especial en los enfermos, identificándose con su sufrimiento y fragilidad.
  • La Parábola del Buen Samaritano: Es el modelo fundamental, enseñando que debemos amar y ayudar a todos, sin importar quiénes sean, como un acto de fe y caridad.
  • Llamada a la Acción (Ser el Samaritano): Los fieles son llamados a ser agentes de sanación y misericordia, actuando con compasión práctica hacia quienes sufren, sin distinción.
  • Visión Integral: Combina la perspectiva médica (cuidar el cuerpo) con la espiritual (cuidar el alma), reconociendo la dimensión humana y divina del enfermo.
  • Cura de la Humanidad Herida: Cristo mismo, al sufrir y resucitar, es visto como el gran Samaritano que sana la condición humana marcada por el dolor y la enfermedad, un mensaje que se replica en el cuidado mutuo.                                                                                                                                                 En resumen, la frase resalta la importancia de ver la imagen de Cristo en el sufrimiento ajeno y responder con amor activo, inspirado en el ejemplo del Buen Samaritano para cuidar al enfermo como a Cristo mismo. 

Cercanía y Solidaridad: Acompañar al que sufre, especialmente en situaciones de vulnerabilidad.

 


La "Cercanía y Solidaridad" inspiradas en el Buen Samaritano (parábola de Lucas 10:25-37) significan ir más allá de las barreras, acompañar activamente al que sufre (herido en el camino), con compasión, proximidad y responsabilidad, cuidando sus necesidades físicas y emocionales (<<<>>>aceite y vino para las heridas, llevarlo a una posada), ofreciendo esperanza, dignidad y un cuidado integral, incluso cuando no hay soluciones inmediatas, haciéndose prójimo sin importar el origen o condición del otro. 

Principios Clave del Buen Samaritano

  • Ver y Conmoverse: No ignorar el sufrimiento ajeno, sino sentir compasión activa.
  • Actuar Concretamente: Ir más allá de las palabras; el cuidado es acción (limpiar heridas, dar transporte, pagar cuidados).
  • Romper Barreras: El ejemplo lo da un "enemigo" social (samaritano para judíos), mostrando que el prójimo es todo ser humano que sufre.
  • Acompañamiento Integral: Cuidar el cuerpo y el espíritu, ofreciendo presencia, sostenimiento y esperanza.
  • Responsabilidad y Esperanza: Hacerse cargo del otro, invirtiendo tiempo y esfuerzo, generando un futuro y bienestar, no solo un paliativo.                                                                                                                                   Aplicación en la Vulnerabilidad Actual
    • Personas en Extrema Pobreza: Son los "heridos" actuales que necesitan un "samaritano" que les brinde ayuda material y dignidad.
    • Final de la Vida: El acompañamiento es crucial, cuidando la angustia, la soledad y el sufrimiento, ofreciendo presencia afectiva y efectiva.
    • Servicio Hospitalario/Social: Es un modelo de cuidado humanizado, donde la presencia es tan importante como el tratamiento, extendiendo la misericordia encarnada.                                                                                                                                              En resumen, ser un "Buen Samaritano" hoy es ser un "generador de esperanza" a través de la presencia cercana, la acción compasiva y el cuidado responsable hacia todo el que sufre, especialmente los más vulnerables.