La enfermedad, vista como una llamada, revela nuestra fragilidad humana, confrontándonos con la finitud y la necesidad de los demás, y a la vez nos conecta con la humanidad a través del amor, el cuidado y la compasión, recordándonos, a través de la parábola del Buen Samaritano, que nadie está solo y que el cuidado mutuo es esencial para encontrar sentido y superar la soledad en la adversidad.
La enfermedad como llamada:
- Despertar a la fragilidad: Nos muestra nuestra vulnerabilidad y nos obliga a cuestionar el sentido de la vida y nuestra dependencia de los demás.
- Experiencia de lo esencial: Nos ayuda a valorar lo que realmente importa: el amor, la amistad, la libertad y la paz, lo que no quisiéramos perder jamás.
- Búsqueda de sentido: La experiencia del sufrimiento puede ser un camino para buscar un significado más profundo, como lo ha señalado San Juan Pablo II.
- La parábola del Buen Samaritano:
- El antídoto a la soledad: Esta parábola (Lucas 10:25-37) es central en la enseñanza de la Iglesia sobre la atención a los enfermos, especialmente en la voz de los mensajes del Papa Francisco.
- Fraternidad y cuidado: El samaritano representa a quien se detiene ante el que sufre, ofreciendo cuidado y compasión, superando barreras y demostrando que la enfermedad no debe llevar al aislamiento, sino a la unión fraterna.
- Conciencia de no estar solos:
- La Iglesia y la comunidad: La Iglesia, inspirada en el Samaritano, busca ser un "cercano" para los enfermos, creando una red de apoyo y cuidado.
- Llamada a la acción: La reflexión nos invita a ser ese "buen samaritano" para otros, cuidando no solo el cuerpo, sino la totalidad de la persona, reconociendo su dignidad y fragilidad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario