LECTURAS BÍBLICAS
1ª lectura: Ex. 34, 4b-6.8-9. 2 2ª lectura: Cor. 13, 11-13
EVANGELIO
San Juan 3, 16-18:
Queridos hermanos y hermanas en Cristo:
Celebrar hoy la solemnidad de la Santísima Trinidad en este hospital nos exige bajar la teología de los libros para descubrirla encarnada en la realidad de nuestras vidas. A veces pensamos en el misterio de la Trinidad —el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo— como un enigma abstracto que solo los teólogos pueden debatir. Sin embargo, cuando la enfermedad golpea, cuando el cuerpo se cansa o cuando el miedo al futuro se hace presente en una cama de hospital, no necesitamos fórmulas matemáticas; necesitamos presencia, consuelo y comunión. Y eso es, precisamente, la Santísima Trinidad: un Dios que es Familia, que es Amor y que nunca nos deja solos.
1. El Padre: El Dios que sostiene nuestra fragilidad
El Evangelio nos recuerda una de las verdades más grandes de nuestra fe: "Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único". En los momentos de incertidumbre médica, cuando nos preguntamos el porqué del sufrimiento, la primera respuesta es mirar al Padre. Él no es un juez indiferente que observa nuestro dolor desde el cielo. Dios es el Padre tierno que nos sostiene en la palma de su mano. Cada vez que nos sentimos flaquear, su amor providente es el suelo firme que nos impide caer en la desesperación. Él es el origen de nuestra vida y el refugio seguro donde podemos llorar y descansar sin miedo.
2. El Hijo: El rostro sufriente que camina a nuestro lado
En este hospital, la presencia de Jesucristo, el Hijo, se vuelve dolorosamente cercana. Jesús no predicó sobre el dolor desde la comodidad; Él mismo experimentó la debilidad del cuerpo, la agonía en el huerto, la sed en la cruz y el peso de la soledad. Por eso, querido hermano, querida hermana que hoy estás viviendo el proceso de la enfermedad: cuando miras el crucifijo de tu habitación, no ves a un extraño. Ves a un Dios que sabe exactamente qué te duele y cómo te sientes. Jesús está acostado contigo en esa cama. Él camina a tu lado en los tratamientos y te repite al oído: "No temas, yo estoy contigo".
3. El Espíritu Santo: La fuerza del cuidado y del consuelo
¿Dónde vemos al Espíritu Santo en un hospital? Lo vemos en la fuerza invisible que nos impulsa a no rendirnos. El Espíritu Santo es el "Consolador", el Defensor, el que infunde paz en el corazón angustiado de una madre, de un esposo o de un hijo que espera noticias en la sala de Urgencias.
Pero el Espíritu también se hace visible de manera hermosa en las manos y el corazón del personal sanitario. Médicos, enfermeros, auxiliares, limpiadores y voluntarios: ustedes son canales del Espíritu Santo. Cada vez que alivian el dolor con profesionalismo, cada vez que regalan una sonrisa, que escuchan con paciencia o que sostienen la mano de un paciente solitario, están manifestando la ternura trinitaria de Dios. Su labor no es solo un trabajo técnico; es una misión sagrada de amor y comunión.
4. Una comunidad trinitaria en torno a la salud
La Trinidad nos enseña que nadie se salva solo y que nadie sana de forma aislada. Fuimos creados para la comunión. El egoísmo y el aislamiento nos enferman el alma; en cambio, la solidaridad y la empatía nos curan. En este hospital se rompen las distancias: el que cuida y el que es cuidado se necesitan mutuamente. El enfermo evangeliza al médico con su paciencia y fe; el personal sanitario sostiene al enfermo con su entrega. Juntos formamos un reflejo vivo de esa comunidad perfecta de amor que es la Trinidad.
Conclusión
Cada vez que los sacerdotes o ministros de la salud entran a una habitación y traen la comunión o la unción de los enfermos, o cada vez que vosotros mismos hacéis la señal de la cruz sobre vuestro cuerpo doliente, recordad estas palabras: "En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo". No es un simple saludo; es sumergir nuestro dolor en el océano del amor de Dios.
Pidamos a la Virgen María, Salud de los Enfermos y morada perfecta de la Trinidad, que nos enseñe a confiar el cuerpo y el alma a los cuidados de Dios. Que el Padre nos sostenga, que el Hijo nos acompañe en nuestra cruz y que el Espíritu Santo nos llene de fortaleza, salud y paz interior. Amén.
Rafael Gil Vicuña
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