viernes, 11 de septiembre de 2026

La caricia que sana el alma (Domingo 24, tiempo ordinario: 13 de septiembre de 2026)


Si hay algo que experimentamos con fuerza cuando la salud decae, es nuestra propia fragilidad. El cuerpo duele, el cansancio pesa y, a veces, el ánimo se nubla. Sin embargo, la liturgia de hoy nos regala un bálsamo reconfortante en el Salmo 102: «Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades». 

El Señor no es indiferente a lo que les pasa. Cada dolor físico y cada preocupación que llevan en el corazón encuentra eco en Su propia cruz.
1. En la vida y en la muerte somos del Señor
San Pablo nos deja una certeza inquebrantable: «Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo... en la vida y en la muerte somos del Señor»
Cuando están en una cama de hospital, en un sillón de descanso o limitados en sus hogares, la tentación más grande es pensar: "Ya no soy útil". San Pablo nos recuerda que su valor no depende de lo que producen, sino de a quién pertenecen. Su vida entera pertenece a Dios. Incluso este tiempo de vulnerabilidad y silencio es un espacio sagrado. Su paciencia, su oración silenciosa y su forma de sobrellevar el dolor se convierten en una ofrenda preciosa para toda la Iglesia. 
2. Sanar las heridas del corazón
El Evangelio de este domingo nos habla del perdón. Jesús nos relata la parábola del siervo al que se le perdonó una deuda impagable. La enfermedad física suele venir acompañada, a veces, de "enfermedades del alma": el resentimiento por el pasado, la amargura por lo que no pudo ser, o los lazos rotos con algún ser querido. 
Hoy el Señor les dice: «Yo he tenido compasión de ti». La curación que Dios nos ofrece empieza desde dentro. Cuando el cuerpo sufre, es vital que el corazón esté en paz. Dejad que Jesús alivie cualquier carga de rencor. El perdón es el remedio definitivo para que el alma respire aliviada, libre de ataduras. 
3. La paciencia de Dios es nuestra fuerza
El siervo de la parábola imploraba: «Ten paciencia conmigo». Es la misma súplica que brota de nosotros cuando los días de enfermedad se hacen largos. Dios tiene paciencia con sus dudas, con sus miedos y con sus quejas. Él los mira con inmensa ternura. No os desaniméis si el camino es difícil; no estáis solos en la barca. 
Que la Virgen María, Salud de los Enfermos, los cubra con su manto. Que ella les alcance la paz del corazón, el alivio en el cuerpo y la certeza de que cada uno de vosotros está firmemente sostenido en las manos amorosas del Padre.
Amén.

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