domingo, 9 de octubre de 2022

PLAN PROYECTO DE PASTORAL DE LA ANCIANIDAD EN EL ÁMBITO PARROQUIAL

 


JUSTIFICACIÓN

La comunidad parroquial se apoya en tres pilares que configuran toda realidad evangelizadora de la parroquia y las relaciones interpersonales.

La Palabra de Dios, la Celebración y la Caridad, sin alguno de ellos no se entiende la comunidad.

La Palabra de Dios es quien convoca a todos para experimentar La Buena Nueva que se anuncia en sus vidas desde la situación concreta que se encuentre; ya sea joven o anciano, enfermo o sano, campesino o funcionario, a todos les llega que Dios ha venido para la liberación de los más oprimidos y vulnerables de esta sociedad. Para ello, es necesario cambiar la forma de vivir y acercarnos al más frágil, vulnerable y necesitado, desde el más profundo respeto por la dignidad de la persona desde su condición de hombre y de Hijo de Dios. Naturalmente esto hay que celebrarlo dando gracias a Dios que nos reconoce y quiere como somos, con nuestra virtudes y defectos.

 

OBJETIVOS

·         Hacer que la comunidad parroquial sea continuadora de la misión sanante confiada por Jesús de “recorrer toda Galilea proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todo achaque y dolencia del pueblo (Mt 4,23).

·         Hacer un sitio real y significativo a los enfermos y ancianos en medio de la comunidad parroquial y ésta a su vez acercándose a ellos.

·         Hacer el acompañamiento espiritual y humano en busca de “una salud integral”, de modo que encuentren un espacio de confianza y de acogida.

·         Hacer a los ancianos y enfermos sujetos activos y no meros receptores de las acciones pastorales, ayudándoles a hacer grupos entre ellos.

·         Cuidar la formación de las personas que acompañen a estos ancianos y enfermos.

·          

ACCIONES

Anuncio del Evangelio

·         Invitación a los ancianos a la participación o creación de “Vida Ascendente”.

·         Coordinación con la catequesis parroquial a todos los niveles para promover y facilitar la integración de personas ancianas o enfermas.

·         Ofrecer a ancianos y a enfermos la posibilidad de participar en diferentes grupos parroquiales para poder comunicar su experiencia.

·         Introducir algún tema sobre la ancianidad o la enfermedad en los diferentes grupos de catequesis.

·         Formar a los agentes de pastoral en temas del mundo de la salud y del mundo de la senectud para que sean cada vez más competentes en su tarea y mejores testigos del Evangelio de la Salud.

Celebración de la Fe

·         Celebración de los sacramentos de la Pastoral de la Salud con asiduidad.

·         Celebración de la Unción de los Enfermos comunitaria con algún motivo de la Pastoral de la Salud.

·         Celebración de los Tiempos Fuertes del año litúrgico (Adviento, Navidad, Cuaresma, Pascua).

·         Celebración del Día del Enfermo, del Anciano y la Pascua del enfermo.

·         Llevar la comunión a ancianos enfermos o con dependencia como signo de unión con la comunidad parroquial en la celebración del domingo.

Servicio Caridad

·         Hacer un esfuerzo serio por conocer a los ancianos y enfermos en su entorno familiar, su posible situación de soledad y sus necesidades.

·         Organizar visitas en casas y residencias.

·         Organizar encuentros con familiares de ancianos y enfermos.

·         Estar cercanos a las familias que, a veces son las que más ayuda necesitan

·         Posibilidad de editar un “Boletín” para mayores y enfermos con cierta periodicidad-

RECURSOS

Párroco: El cuál es el máximo responsable del ámbito geográfico de la parroquia, y que constituye un deber y singularidad el servicio del anuncio del evangelio. (EN 68).

Agentes de Pastoral: Aquí se consignan tanto los religiosos como los laicos. Los primeros, porque, también tienen en la vida consagrada un medio privilegiado de Evangelización (EN 69).

Voluntariado: Como miembro de la Iglesia, actúa en su nombre, haciéndose suyos los objetivos y actuando como mediador entre la comunidad cristiana con el anciano y el enfermo y su familia.

Anciano-Enfermo: son ellos mismos agentes específicos ya que su propia condición los hace capaces de colaborar en su propia historia. Ellos pueden asumir su propia vulnerabilidad para convertirla en fuente pascual para sí y para todos los hombres.

Técnicos: ordenador, cañón de proyección tanto video/cinematográfico como “Power point”. Disponer de salas de reunión con buena luz, sillas cómodas, pizarras, etc…

 

TIEMPO

El cronograma se integrará de acuerdo con el temario preparado, con los objetivos del temario, responsables y horarios que se estimen convenientes de acuerdo al proyecto o plan establecido y su ejecución.

 

EVALUACIÓN

Es necesario este requerimiento dentro de seno de la comunidad parroquial para evaluar las acciones. Debe ser una evaluación desde una doble perspectiva una interior y otra exterior.

Tres reuniones de valoración:

-          Inicio del curso pastoral (donde se habrán que acotar los objetivos)

-          Mitad de curso pastoral (como van los objetivos y se van cumplimentándose)

-          Final de curso pastoral (ver la realidad de la consecución de los objetivos, valorando los conseguidos y examinar y reconsiderar aquellos que no se han llevado a término.

PASTORAL DEL MAYOR

 

LA PASTORAL CON SANITARIOS

 

ALBERTO CARO ARENAS

De la pastoral sanitaria a la pastoral con sanitarios

Las profesiones sanitarias pueden ser, como tantos otros desempeños vocacionales, trampolín privilegiado y camino abierto hacia Dios. Enfermeros, auxiliares, médicos, psicólogos y celadores se asoman –con sus ojos y en sus manos– al misterio profundo del ser humano que sufre y ama, resiste y espera, confía y batalla. Y por eso les está concedido rozar, aunque sea un instante, el misterio mismo de Dios. Tal es la tesis fundamental de estas páginas, que podemos sintetizar del siguiente modo: la atención pastoral a los sanitarios debe ser una ayuda para que experimenten y reconozcan, en lo concreto del ejercicio de su profesión, la presencia viva del resucitado, que ya está saliendo a su encuentro a través de quienes sufren. En otras palabras: ser sanitario –en clave creyente– es al mismo tiempo transitar hacia Dios; y dejarse alcanzar por él.

Así, una pastoral con sanitarios que quiera permear todas las aristas de su trabajo tendrá que atender, aun de forma especial, a las dimensiones profética y comunitaria de la fe. Es decir, no podrá contentarse única y exclusivamente con animar al servicio y dinamizar la celebración sacramental. Sin duda, entrega y oración –diakonia y leitourgia– habrán de estar inexcusablemente presentes en estas propuestas apostólicas. Pero sin olvidar el anuncio de la esperanza en que el reino y la fraternidad –martyria y koinonia– se encuentran ya germinalmente enraizados en los centros de salud, en las residencias y en las salas del hospital.

Las páginas que siguen intentan ofrecer un marco de referencia para la reflexión y la acción pastorales con el colectivo sanitario. Nuestra propuesta estará centrada, pues, en estos profesionales no solo como agentes, sino también como receptores de la evangelización. Encontramos que en muchas ocasiones el sanitario es invitado con insistencia, de diversos modos, a convertirse en misionero; sin embargo, a la vez experimenta que él mismo necesita reconocerse igualmente discípulo. Así, hablaremos aquí de pastoral con los sanitarios, antes que de pastoral sanitaria o de los sanitarios que hacen pastoral. Esto es, de la senda que los desfigurados abren –a quienes los atienden– hacia la contemplación de aquel que es el transfigurado de Dios.

¿Todavía creen los sanitarios en Dios?

Resultaría pretencioso –y a todas luces irreal– tratar de ofrecer un mapa cerrado que describiera sin fisuras cómo son o en qué creen los sanitarios de hoy. Al igual que cualquier otro colectivo humano, también ellos constituyen un grupo heterogéneo, variado y multiforme. Algunos proceden de contextos creyentes –familiares, educativos, universitarios– en los que la vivencia de la fe ha ocupado un lugar relevante. Hay quienes han seguido cultivando activamente la dimensión religiosa recibida, a través de la participación en distintos grupos, movimientos, asociaciones o parroquias. Otros, en cambio, han experimentado un alejamiento progresivo de lo religioso que.

Para la mayoría, las motivaciones sanitarias que les mueven –o que han percibido– encuentran su fundamento en elementos altruistas y humanizadores de ayuda al otro. Un porcentaje de profesionales de la salud advierte, en el cuidado a quien sufre, una vocación que hace pie en planteamientos creyentes, más o menos explícitos o elaborados. Y no faltan tampoco quienes inician un camino de aproximación a propuestas espirituales de distinto cuño, tanto desde posiciones previas ajenas a lo religioso como desde pertenencias religiosas institucionalizadas.

Así las cosas, el informe sobre «calidad de vida, desgaste profesional y el impacto de la COVID-19 en el médico», publicado en 2020 por Medscape, arroja algunos datos cuantitativos que pueden proporcionar pistas para nuestra reflexión. En la última edición de dicho estudio anual fueron encuestados más de mil cien facultativos españoles, de treinta y dos especialidades distintas, acerca de sus estilos de vida. El 55% de ellos declaraba poseer algún tipo de creencia; concretamente, el 42% señaló convicciones religiosas, mientras que el 13% indicó tener creencias espirituales. En cambio, el 35% se definió como no creyente. Además, dentro del primer grupo, el 67% apreciaba que su religiosidad o espiritualidad le servía de ayuda a la hora de enfrentar los problemas en el trabajo.

Más allá de los datos, sí es posible constatar un ambiente bastante generalizado que convierte las cuestiones relacionadas con el sentido en un tema de conversación prácticamente tabú. Al igual que ocurre con las dimensiones más existenciales y profundas de la muerte, resulta también difícil que los sanitarios se vean envueltos –dentro de su contexto laboral– en diálogos hondos y honestos acerca de las cuestiones relativas al sentido último de lo que hacen, el motor vital que los impulsa, el lugar del que reciben la esperanza, las preguntas que les muerden, el valor que reconocen en quienes sufren, la pasión con la que alientan o los miedos que les acechan.

El tabú del sentido dificulta la apertura a lo religioso en el ámbito de la salud. La dimensión creyente desde la que algunos sanitarios quieren disponer el conjunto de su vida queda relegada –más veces de las que sería deseable– al ámbito de lo reservado, lo privado y lo discreto. Entre los mismos profesionales, la fe de quien se declara practicante crea perplejidades, asombro y hasta incomprensión: «¿pero es que tú todavía crees en eso?», o: «¿cómo puedes hablar de Dios, con lo que has estudiado y con todo lo que ves?».

El «desfigurado» es el «transfigurado»

Por ello, ante preguntas como estas hacen falta, cada vez más, propuestas pastorales maduras capaces de sostener tensiones que, a largo plazo, pueden resultar fecundas. Y hacerlo sin sucumbir a la tentación de respuestas maniqueas que resuelven tramposamente lo que es, sin duda, mucho más complejo. Así, una pastoral con sanitarios que quiera hacerse de cara al mundo y con los oídos abiertos a la interpelación debe ser, en primer lugar, copulativa y no adversativa. Es decir, habrá de ponerse en marcha mucho más desde la «y» que desde la «o». Porque se puede ser auxiliar, médico, enfermero o celador, creer en Dios y aceptar los postulados de la teoría de la evolución; o ir a misa y entender que el Señor ni va mandando enfermedades ni decidiendo a diestro y siniestro quién se salva y quién no; o rezar con devoción, sabiendo que la Biblia no sustituye al estudio pero tampoco se sonroja al lado de los últimos avances de la investigación, porque sus ámbitos propios son distintos.

Pudieran estas afirmaciones parecer simples, burdas y acaso hasta evidentes. Sin embargo, de su correcta articulación –desde la «y»– dependerá que la imagen de Dios que transmita la acción pastoral se fragüe en mayor o menor sintonía con el rostro divino que nos plantean la Escritura, el magisterio y la tradición. Un Dios que, en la encarnación, hace solidario lo divino y lo humano; en la cruz, une el sufrimiento y la promesa; en la resurrección, iguala para siempre al desfigurado y al transfigurado. Porque no es posible que Dios se haga disyuntivo con el hombre. Como tampoco es obligado que el sanitario deba poner la fe entre paréntesis si quiere vivir su trabajo con profesionalidad y con rigor.

Curar con los ojos cerrados: la mística en el mundo de la salud

Hace ya varios años, cuando estudiaba el último curso en la facultad de medicina, uno de los profesores nos preguntó algo que todavía hoy tengo grabado con emoción: «¿qué es para vosotros curar?». Recuerdo que nos daba miedo responder. Después de unos segundos de silencio, en los que iba posando serenamente su mirada en cada uno de nosotros, nos lanzó la siguiente frase: «la curación es eso que les pasa a los pacientes mientras su médico estudia».

El mes pasado, mientras pensaba qué quería transmitir en estas líneas, coincidí de nuevo con aquel profesor, ahora ya jubilado. Y fue él quien me volvió a recordar ese aforismo que tanto nos hizo pensar. Entonces, casi todos los compañeros de clase agachamos la cabeza, avergonzados, al caer en la cuenta de que habíamos aprendido mucho de medicina pero poco de lo que significa ser médicos.

Y es que en varias ocasiones he tenido la experiencia de que – parafraseando al amigo profesor – realmente «la curación es eso que les pasa a los pacientes mientras su médico renuncia a creerse Dios». Porque ya sabemos que la diferencia entre Dios y un médico… es que Dios no se cree médico[1]. Pues bien, junto a la innegable necesidad de estudio y formación, quizás los sanitarios necesitan hoy más que nunca espacios que les permitan conectar con la dimensión trascendente que atraviesa todas las realidades humanas; también las situaciones relacionadas con la salud y con la enfermedad.

Porque al lado de las divergencias religiosas y de fe existentes, estos profesionales comparten sin apenas excepción el afrontamiento de jornadas de trabajo habitualmente intensas y traspasadas por una –a menudo– secreta carga emocional. No es difícil toparse entonces dentro de uno mismo con sentimientos de impotencia, frustración, vacío, soledad e incluso rabia y sinsentido. Otras veces, en cambio, los éxitos por las batallas ganadas podrán empujar a la euforia, el triunfalismo y el orgullo del trabajo bien hecho. Esto está bien y, dentro de ciertos límites, resulta normal; hasta deseable.

Pero cuando todo transcurre únicamente de tejas para abajo existe el riesgo de vivirse zarandeado alternativamente entre el heroísmo más incuestionable y el fracaso –en apariencia– más estrepitoso. Es decir, de sentirse exhausto al subir a lo alto de la cima y caer irremediablemente, una y otra vez, hasta lo más profundo del foso. En cambio, cuando en los tejados de la ciencia y la profesión se abren claraboyas de trascendencia resulta posible salir de uno mismo y desembarazarse de las ataduras que hacen al sanitario entenderse simplonamente como héroe o como impostor. Porque entonces aparece algo así como una mística del éxito y del fracaso, que no encierra ni esclaviza, sino que libera y esponja.

Ayudar a los profesionales de la salud a mirarse como humildes instrumentos, llamados a (des)vivirse por la curación y el cuidado de los enfermos, será tarea de una pastoral que quiera abrir a los sanitarios a la dimensión trascendente de su vocación. Esto pasará irrenunciablemente por proporcionarles espacios de silencio y recogimiento en los que puedan reposar pacíficamente las distintas experiencias de lo cotidiano sobre las manos calladas de Dios. Pero también por aportar herramientas que permitan, más allá de las distintas técnicas de cuidado psicológico, hacer una lectura mística de todo aquello que la vida tiene, en vecindad, de logro y de sinsabor.

Esta mirada de ojos cerrados, aparentemente desocupada, convierte al sanitario en testigo de cuidados y curaciones que, honestamente, al final no dependen de él, aunque le requieran en muchas partes del proceso.

Seis dimensiones «bata adentro»

¿Cómo son los sanitarios creyentes de hoy?, ¿qué les caracteriza?, ¿cuáles son los elementos que comparten? Estas preguntas resultan legítimas y poseen un gran interés para pensar una pastoral honesta y aterrizada con los profesionales de la salud. Sin embargo, sería nuevamente pretencioso –y tremendamente ingenuo– tratar de proponer aquí una antropología cerrada que recogiese las características esenciales de las personas que trabajan en el ámbito sanitario. Primero, porque su enorme diversidad constituye ya una cualidad inherente en ellas; segundo, porque no suele ser siempre fácil asomarse a las cuestiones hondas que viven en su interior.

De hecho, el enfermero que ven los pacientes no se siente a menudo tan efectivo como aquellos creen; ni el médico tan seguro de sí mismo; ni el auxiliar tan comprometido; ni el psicólogo tan agudo; ni el celador tan comprensivo. Y es que lo que les pasa a los sanitarios «bata adentro» discrepa a veces de lo que perciben los enfermos, sus familias e incluso los mismos compañeros. En definitiva, les ocurre lo que a todo el mundo: que nadie acaba de saber completamente lo que el otro está viviendo por dentro.

Pues bien, es justamente ahí hacia donde debe apuntar la atención pastoral a los sanitarios. Es decir, a las cuestiones profundas que surgen en el silencio de un turno de noche. A las preguntas de fondo que emergen después de una guardia. A los interrogantes que muerden en medio del agotamiento o la desesperanza. A los deseos de hacer el bien –cada vez más y mejor– que vibran tras pasar consulta o visitar a los enfermos en la planta de un hospital.

Por eso, con todo, queremos ahora proponer algunas dinámicas de fondo que nos parecen atravesar –de un modo u otro– la experiencia existencial de los sanitarios creyentes. Esbozamos, pues, seis dimensiones que consideramos importantes para entender pastoralmente al ser humano que late bajo la bata. Son elementos que pueden servir –como balizas que orientan la navegación– para detectar, atender, suscitar y acompañar el crecimiento de enfermeros, médicos, auxiliares, psicólogos, celadores y otros sanitarios que quieren vivir su profesión en clave de fe.

Eso que llamamos «vocación»

A menudo escuchamos que las profesiones sanitarias son «vocacionales»; o que quienes se dedican al mundo de la salud necesitan tener «vocación» para hacer bien su trabajo, e incluso para no desfallecer. En este sentido, es cierto que las actividades de cuidado impactan en estratos vitales tan profundos que tienden a configurar una cierta manera común de entenderse y situarse. De hecho, cuando en un grupo coinciden médicos y enfermeros fácilmente se juntarán entre ellos y terminarán hablando rápidamente de pacientes, síntomas, guardias, aventuras o enfermedades.

Podemos decir, en grande, que la vocación es algo así como encontrar el propio lugar en el mundo; o descubrir aquello a lo que uno quiere dedicar su tiempo –más aún, su vida–. Para los cristianos esto se concreta en el deseo de responder a una llamada concreta de Dios, que te seduce, te conquista y te atrapa. Sin embargo, la vocación no es algo con lo que uno se topa; ni tampoco se experimenta siempre de igual modo. La vocación es, más bien, algo que se intuye, se cultiva, se enriquece, se duda, tiembla, palidece, crece, se engrandece… y se trabaja.

Por eso, la atención pastoral tendrá que ayudar a descubrir cuáles son las propias motivaciones vocacionales, sus matices singulares, las fuentes de las que se nutre, la tierra fértil en la que echa raíces y se hace fecunda. Tendrá también que acompañar los tambaleos que forman parte de cualquier vocación. Porque, ¿qué médico no ha fantaseado alguna vez con colgar la bata y cambiar completamente de profesión? Por último, el cuidado de la dimensión vocacional deberá fomentar que esta se convierta en estímulo, sostén, anclaje y aliento; pero sin desatender a lo que tiene de responsabilidad madura, perseverancia confiada y exigencia sana.

Una sabiduría del tiempo

La vida de los sanitarios – como la de cualquier ser humano – suele estar hecha de altibajos. Acercarse al dolor del otro tiene poco de meseta. A menudo se entrecruzan en ella el éxito y el fracaso, la duda y la certeza, la ilusión y la impotencia, el empuje y el cansancio, la satisfacción y la dureza, la alegría y la tristeza… Pues sí, porque los «tiempos de reír» y los «tiempos de llorar»[2] forman parte de toda apuesta vital que quiera acometerse con madurez y seriedad. Esto a veces muerde, genera interrogantes, cuestiona e incluso puede llegar a ser agotador. Pero, al mismo tiempo, el llanto y la risa forman una pareja de baile que danza de la mano y que resulta imposible separar.

Entonces se hace importante también ayudar al sanitario a cultivar una dimensión sapiencial en su vivencia del tiempo. Es decir, animarlo a bucear en los arrecifes de sentido que traspasan los momentos concretos de risa y de llanto; impulsarlo a que rompa los falsos techos que le llevan a transitar en la pura inmediatez de una vida «de tejas para abajo»; estimularlo a hacer pie en las rocas firmes que le permiten otear el horizonte y resistir en la esperanza.

Una buena pastoral con sanitarios debe apuntar al sentido –tal vez penúltimo– que sostiene y atraviesa tanto las épocas de gozo como las rachas de fatiga. Porque necesitamos caminar con los pies bien pegados a la tierra, sin duda; o, en otras palabras, comprometernos con lo concreto de nuestra propia historia. Pero, a la vez, nos hace falta levantar la cabeza y mirar al cielo; es decir, trascender de alguna manera lo inminente para otear aquello que nos da sentido. Desde la fe entendemos que esto no se encuentra en una idea abstracta que nos lleva a las nubes, sino en un Dios personal que, en Jesucristo, es camino, verdad y vida.

Fortalezas y debilidades

Los sanitarios no son superhéroes; tampoco necesitan serlo; no les debemos reclamar que lo sean; ni ellos mismos se lo pueden exigir. Asumir entonces esta dimensión criatural, que es inherente a todo ser humano pero que a menudo hace falta traer de nuevo a la consciencia, implica acoger los propios límites y costuras como parte del camino espiritual hacia Dios. Para ello se requiere una dosis no pequeña de deportividad. Porque observarse de manera imparcial –es decir, con todo lo que uno es y no a pesar de ello– implica sacar a la luz facetas que nos suelen avergonzar: inseguridades, complejos, miedos, humillaciones, fracturas, ambiciones, decepciones, heridas… Pero confiar juntamente en que es también con todo esto como se hace la salvación.

Los sanitarios curan y cuidan con lo que hacen, con lo que saben y con lo que son. Así, una relación se torna terapéutica cuando se convierte en un encuentro entre dos «tú» desde la verdad y la humildad (que, por cierto, casi siempre se tocan). Entonces, cada cual deberá ponerse manos a la obra en la tarea de reconocer aquello que le hace sentirse fuerte y todo eso que le lleva a zozobrar. Lo primero, para abrazar con agradecimiento lo bueno que se ha recibido, evitando hincharse en exceso; lo segundo, para situar los zarandeos dentro del plan salvífico de Dios y convertirlos en oportunidades de vivir profesionalmente arraigados en la verdad.

Con una misión: ayudar

La medicina, la psicología, la enfermería y el resto de actividades del ámbito de la salud son el modo concreto que los sanitarios han elegido para amar. Es decir, adquieren para ellos una dimensión misionera que no supone un simple aderezo en su vida de fe. Esta determinación de «ayudar a las ánimas» – en palabras de Ignacio de Loyola – es, en cambio, un elemento esencial de la apuesta del sanitario creyente, que confía de forma aterrizada en un Dios que es amor. Hoy nosotros usaríamos otros términos para decir algo parecido. En este sentido, la ayuda ha adquirido una fisonomía particular que tiene que ver con el servicio y el cuidado; y el concepto de «ánima» se comprende ahora desde categorías personalistas y existenciales que engloban a todo el ser humano y a todos los seres humanos con los que entramos en contacto.

En definitiva, queremos afirmar una vez más que ser sanitario puede convertirse en un modo de ser cristiano. A tal sincronía entre el amor y la fe debe apuntar la pastoral con los agentes de la salud.

Sin embargo, junto a esta hermenéutica de la esperanza hay que colocar una cierta hermenéutica de la sospecha, pues las profesiones de ayuda también se pueden vivir de forma desordenada (por ejemplo, con tintes masoquistas, narcisistas o incluso culposos). Así, atender la dimensión misionera consistirá en ser capaces de proporcionar herramientas para que la vocación de ayuda pueda llevarse adelante de modo maduro, ordenado, genuino, lúcido, libre, saludable y sostenible. Para ello será importante examinar cuáles son los dinamismos que movilizan las motivaciones más profundas del ayudar; discernir el mundo de necesidades, deseos, llamadas, mociones y angustias; y comprender el modo particular en el que cada uno lleva adelante dicha misión. Y esto para que la ayuda que ofrecen los sanitarios llegue a ser, para ellos y para los pacientes a quienes atienden, un acto intrínsecamente humano y humanizador. O, en palabras de Otto Kernberg, «el resultado de nuestra disposición instintiva al amor»[3].

Obstáculos y anhelos

Detrás de todo lo que vamos reflexionando hay personas. Sí, personas que batallan y desean, resisten y creen, luchan y esperan. Muchos de los obstáculos y anhelos con los que lidian los sanitarios tienen que ver con la dimensión relacional que es inherente a su profesión. Habrá que tomarlos en consideración, por tanto, y prestarles la debida atención.

Entre las dificultades que pueden aparecer hay algunas que son bastante comunes. Sin ánimo de ser exhaustivos, podemos decir que destacan las relativas a la gestión de los deseos de los pacientes; la atención adecuada a sus familias; los descontentos y malestares que, a veces, una y otra generan; los juicios recibidos; las tensiones e incoherencias; la tirantez con ciertos compañeros; el activismo que arrastra y desazona; el manejo de la incertidumbre y lo incontrolable; el descuido de la vida interior; el miedo a la muerte; la sensación de vivir continuamente al borde del colapso; la incomprensión hacia los propios valores y creencias.

Sin ocultar estos aprietos, existen también múltiples oportunidades que abren un camino pastoral de encuentro con el Dios transfigurado a través de los mil y un rostros del dolor. En primer lugar, porque la fragilidad de los desfigurados enciende el deseo de sanar las heridas del mundo y abre un espacio privilegiado para la comunión de vida con Cristo el Señor. En segundo lugar, porque asomarse a algunos de los momentos de más dramática hondura que atraviesa el ser humano pone en evidencia que nuestro corazón está hecho para dejarse abrazar en la presencia de Dios, de modo que no se serenará hasta que sea capaz de descansar en él[4].

La dimensión trinitaria

Las cinco dimensiones anteriores –vocacional, sapiencial, criatural, misionera y relacional– perforan la vida de los sanitarios y encuentran tanto cobijo como apertura en otra categoría, que les proporciona asimismo sentido y unidad. Es la dimensión trinitaria, que va más allá de los elementos meramente religiosos o espirituales y que desborda los análisis raquíticamente psicológicos, antropológicos, sociológicos o culturales.

Muchos sanitarios perciben con cierta urgencia la necesidad de experimentar el sentido, el aliento, la presencia, el consuelo, la cercanía, la palabra y la paz que vienen de Dios. Es decir, de vivir al mismo tiempo con los ojos puestos en los pacientes –faciem infirmum– y con el rostro vuelto hacia Dios –coram Deo–. Un Dios al que confesamos como Padre, pues sostiene amorosa y misteriosamente toda su creación; Hijo, que nos enseña el camino para permanecer en la entrega confiada de la vida hasta las últimas consecuencias; y Espíritu Santo, soplo que alienta sin desfallecer esta comunión divina y desbordante de amor que cada día actualizan infinidad de médicos, enfermeros, psicólogos, auxiliares, celadores y muchos otros agentes de la salud.

  1. En el interesante libro Ante todo no hagas daño (2016), que tiene mucho de confesión personal al final de su vida profesional, el neurocirujano británico Henry Marsh se plantea con rebosante ironía cuál es la diferencia que existe entre Dios y un médico. Su respuesta es esta que apuntamos y que da mucho que pensar: «que Dios no se cree médico». 

  2. «Todo tiene su tiempo y sazón, todas las tareas bajo el sol: tiempo de nacer, tiempo de morir; tiempo de plantar, tiempo de arrancar lo plantado; tiempo de matar y tiempo de sanar; tiempo de destruir y tiempo de construir; tiempo de llorar y tiempo de reír; tiempo de hacer duelo y tiempo de bailar; tiempo de arrojar piedras y tiempo de recogerlas; tiempo de abrazar y tiempo de desprenderse; tiempo de buscar y tiempo de perder; tiempo de guardar y tiempo de desechar; tiempo de rasgar y tiempo de coser; tiempo de callar y tiempo de hablar; tiempo de amar y tiempo de odiar; tiempo de guerra y tiempo de paz» (Ecl 3, 1-8). 

  3. Kernberg, O. (1991). «La patología narcisista hoy», en Cuadernos de Psiquiatría y Psicoterapia del Niño y del Adolescente. Barcelona: Sociedad Española de Psiquiatría y Psicoterapia del Niño y del Adolescente (SEPYPNA). 

  4. «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en ti» (Agustín de Hipona, Confesiones I, 1, 1). 

jueves, 6 de octubre de 2022

“Acompañar al que sufre".

Conferencia “Saber escuchar” del Ciclo “Acompañar al que sufre".


D. Diego Antonio Molina Quesada. Delegado de la Pastoral de la Salud, Archidiócesis de Granada.
« La escucha como forma de acompañamiento. Saber acompañar es saber ver, saber escuchar y saber responder. La escucha para que sea terapéutica ha de ser empática, una acogida incondicional y un compromiso afectivo >>.



Conferencia “Saber responder” del Ciclo “Acompañar al que sufre"

D. Diego Antonio Molina Quesada. Delegado de la Pastoral de la Salud, Archidiócesis de Granada.

« Saber responder al que sufre, dar respuestas desde el desarrollo de la empatía terapéutica. Analizaremos los distintos tipos de respuesta como forma de cariño a los que sufren. Conociendo la respuesta empática, desarrollada en la reformulación, reiteración y en devolver el fondo emotivo. Veremos brevemente las técnicas de la observación, especificidad, inmediatez, concreción y confrontación. »
 

Conferencia “El sufrimiento y la enfermedad” del Ciclo “Acompañar al que sufre"

D. Diego Antonio Molina Quesada. Delegado de la Pastoral de la Salud, Archidiócesis de Granada.

« Abordaremos el misterio del sufrimiento sabiendo que no se puede vivir sin sufrir, no es posible sufrir sin esperar y no se puede esperar sin abrirse. Analizaremos los distintos tipos de sufrimiento, la perspectiva cristiana del sufrimiento, las actitudes ante el mismo y los recursos para afrontar el sufrimiento. »

Conferencia “Pérdida y duelo” del Ciclo “Acompañar al que sufre”.

D. Diego Antonio Molina Quesada. Delegado de la Pastoral de la Salud, Archidiócesis de Granada.

« Abordamos el duelo como proceso normal, los distintos tipos de perdidas, cómo afectan a cada dimensión de la persona y desmitificaremos el duelo.
Intentaremos resolver ideas equivocadas, mitos que nos pueden entorpecer el afrontamiento como proceso natural del duelo y en consecuencia poder acompañarlo correctamente. »

«La ancianidad: riqueza de frutos y bendiciones», orientaciones para la pastoral de las personas mayores


La Asamblea Plenaria acordó en su reunión de abril de 2021 la creación de una comisión de trabajo dedicada a la pastoral de las personas mayores, dependiente de la Subcomisión Episcopal para la Familia y la Defensa de la Vida.

Como punto de partida, se han elaborado unas orientaciones para la pastoral de las personas mayores bajo el título general, «La ancianidad: riqueza de frutos y bendiciones». Con este documento se consolidan los trabajos que, desde múltiples realidades eclesiales, se desarrollan en el mundo de los mayores.

El presidente de esta Subcomisón, Mons. José Mazuelos, y el presidente del Movimiento Vida AscendenteÁlvaro Medina, hacían su presentación el martes 24 de mayo de 2022 en rueda de prensa.

Cuatro ideas de partida

El documento propone como base cuatro ideas de partida. La visión respetuosa y llena de admiración ante la ancianidad que nos muestran la Escritura y la más antigua tradición cristiana, en la que se subraya la profunda vinculación de las personas mayores con sus familias, contrasta con la realidad que se nos impone en los albores del tercer milenio que nos toca vivir.

En lo relativo a la dimensión social, los mayores han perdido visibilidad: no gusta lo viejo, parece que la ancianidad es una enfermedad contagiosa, se ha pasado de una gerontocracia a una dictadura de la eterna juventud.

En nuestra sociedad, donde va creciendo la cultura del descarte y la exclusión de las personas poco productivas, que suelen ser las más vulnerables, y donde van cambiando las condiciones familiares, políticas y sociales, no siempre «la riqueza de los años» es entendida como la bendición de una larga vida, es decir, como un 

Cuatro ideas de partida

El documento propone como base cuatro ideas de partida. La visión respetuosa y llena de admiración ante la ancianidad que nos muestran la Escritura y la más antigua tradición cristiana, en la que se subraya la profunda vinculación de las personas mayores con sus familias, contrasta con la realidad que se nos impone en los albores del tercer milenio que nos toca vivir.

En lo relativo a la dimensión social, los mayores han perdido visibilidad: no gusta lo viejo, parece que la ancianidad es una enfermedad contagiosa, se ha pasado de una gerontocracia a una dictadura de la eterna juventud.

En nuestra sociedad, donde va creciendo la cultura del descarte y la exclusión de las personas poco productivas, que suelen ser las más vulnerables, y donde van cambiando las condiciones familiares, políticas y sociales, no siempre «la riqueza de los años» es entendida como la bendición de una larga vida, es decir, como un don, sino como una carga.

Todos nos debemos sentir invitados a estimar y valorar a las personas mayores, a ayudarlas en sus necesidades pastorales y acompañarlas para que puedan ser protagonistas de su propio acompañamiento pastoral, impulsando su rol activo en la Iglesia y en la sociedad.

Retos de las personas mayores

En la primera parte del documento se exponen los retos que se les presentan a las personas mayores. Y el primero que señalan es el “drama de la soledad no deseada”. Un drama, puntualizan, que no es exclusivo de las personas mayores, “aunque sí es cierto que a medida que se van cumpliendo años es más probable que aparezcan factores que pueden aumentar el riesgo de sufrirla”.

Según las estadísticas, la soledad representa un grave problema personal para alrededor de la décima parte de los mayores. Por tanto, “es vital –afirman los obispos- tomar conciencia de la relevancia que puede tener el sentimiento de soledad en las personas mayores, no para caer en el alarmismo sino para valorar la importancia de su prevención y tratar de evitar que sea una experiencia que se mantenga en el tiempo. Salir al paso de esta soledad nos incumbe a todos, no es exclusivamente una responsabilidad de la persona mayor que la sufre o de la familia, lo es también de las instituciones sociales y de Iglesia”.

El segundo reto que presentan es fomentar el diálogo y la convivencia entre generaciones. Como ejemplo de este intercambio señalan que “los jóvenes tienen en cuenta la sabiduría y ven en los mayores puntos de referencia y modelos de fidelidad. Y cuando el futuro genera ansiedad, inseguridad, desconfianza, miedo, el testimonio de los ancianos puede ayudarles a levantar la mirada hacia el horizonte y hacia lo alto. Precisamente porque los mayores llevan un recorrido largo en esta vida y han vivido muchas etapas difíciles, pueden mostrar a los jóvenes una perspectiva de la vida real y no ficticia, como a veces se construyen, motivados quizá por la sociedad y el tiempo en el que viven”.

Por su parte, “los jóvenes ayudan a los mayores a sumergirse en el momento presente tan avanzado en el uso de la tecnología y en tantas ramas del conocimiento que a los mayores les resulta desconocido y casi un reto enfrentarse a ello”.

El tercer punto en este capítulo dedicado a los retos, se centra en “lo que la pandemia ha puesto de manifiesto” de manera especial en muchas personas mayores que “han experimentado en este tiempo la necesidad de que la Iglesia se muestre más que nunca como una comunidad sensible y cercana a los que sufren el abandono, la soledad y la cultura del descarte”.

También resaltan como durante los momentos más duros de la pandemia hemos podido contemplar a muchas de estas personas “ayudando con gran generosidad: mujeres mayores cosiendo mascarillas y batas, hombres y mujeres mayores llamando por teléfono a otras personas mayores que se sentían solas, mayores con mucha autonomía que han apoyado desde casa labores comunitarias, etc.”

El valor de la vejez

Los obispos de la Subcomisión definen la ancianidad como un tiempo de graciaque puede ser de especial vitalidad. “En la vejez –destacan- la esperanza no nos instala en la pasividad, sino que hasta el último momento tenemos la oportunidad de ser testigos de aquel que se hizo hombre para salvarnos”.

Las personas mayores ante todo son esposos, hermanos, abuelos de otras personas. Por lo tanto, “queremos poner de relieve que el lugar natural de las personas mayores es su familia, donde, por una parte, tienen mucho que aportar y, por otra, deben ser acogidos, cuidados, respetados”. También recuerdan que son depositarias de la sabiduría y de la historia de la comunidad, “un elemento indispensable de equilibrio y fiabilidad”.

En la Iglesia, los mayores están muy comprometidos con la acción pastoral, participando en la liturgia, la catequesis, la pastoral de la salud, Cáritas, etc., aportando su fe, su experiencia y su tiempo, “pero todo esto pasa a menudo inadvertido”, advierten. Y puntualizan: “Los ancianos son, por derecho propio, testigos de la historia, protagonistas del hoy y agentes del mañana de la Iglesia”.

La pastoral para las personas mayores

Seguidamente el documento se detiene en la pastoral para las personas mayores. “Envejecer no debe sacar a la persona de la realidad en la cual está inserido, debe seguir formando parte de la sociedad y continuar implicado como antes en su relación con los demás, incluso desde sus limitaciones físicas, psicológicas, sociales y hasta espirituales”, explican.

Además, exhortan a la sociedad y a la Iglesia en “empeñarse en la tarea de dar más valor a las personas mayores a través de nuevos instrumentos que ayuden a escucharlas, a educar para asumir dicha etapa de la vida, entendiéndola como una nueva oportunidad, “aunque todo esto traiga consigo una respuesta revolucionaria, tanto social como pastoral, de la que hoy nuestra sociedad está tan necesitada y que las nuevas generaciones agradecerán de manera inestimable”.

Valorar y enfatizar la valiosa aportación que las personas mayores con honda vivencia de fe “pueden hacer a la Iglesia en este momento de la historia, de manera que puedan poner al servicio de la comunidad su capacitación catequética, su conocimiento y experiencia de la Palabra de Dios y su acción inestimable en la evangelización, siendo los heraldos de la fe, especialmente al transmitirla a la familia”.

Pastoral de las personas mayores

Y de la pastoral para las personas mayores a la pastoral de las personas mayores, con el acompañamiento “también y especialmente en la espiritual y religiosa”. En dos ámbitos de actuación: con las nuevas generaciones y con sus coetáneos.

En el cuidado de las tradiciones y de los niños. Los mayores, de forma natural y desde toda la historia de la humanidad, han tenido siempre la vocación de custodiar las tradiciones —que contienen las raíces de los pueblos—, así como la de cuidar a los niños y transmitir la fe, su tradición religiosa, a los jóvenes. Misión a la que están llamados y que la sociedad espera que cumplan con abnegado esfuerzo.

Y en cuidado de los otros mayores. Hoy se está dando cada vez más importancia a la gran labor que las personas mayores hacen en el acompañamiento espiritual, además de con las nuevas generaciones, con los de su misma o semejante edad, pues son quienes conocen mejor los problemas y la vivencia emocional de esa fase de la vida humana. Hoy cobra especial importancia el apostolado de las personas mayores con sus coetáneos en forma de testimonio de vida.

Acompañar a los que acompañan

Un principio fundamental en la atención a las personas mayores dependientes es el de «cuidar al cuidador». Cuidar a un familiar dependiente es una de las experiencias más dignas; suele requerir un gran esfuerzo y, por ello, “merece todo el reconocimiento de la Iglesia y de la sociedad. Cuando se cuida a un familiar dependiente, también se está cuidando en él a Cristo necesitado”.

Los obispos reconocen que cuidar de los demás puede ser una experiencia dura y de sacrificio que, en ocasiones, “puede llevar al cuidador a un estado de agotamiento físico, emocional y mental que se conoce como el «cuidador quemado»”.  Pero a la vez, destacan, “puede ser una de las experiencias más bonitas y enriquecedoras, capaz de proporcionarnos un bienestar profundo por el simple hecho de cuidar, atender y desvelarnos por otra persona, lo que se conoce como la «satisfacción por compasión».”

Entienden que es necesario formar sacerdotes, personas consagradas y laicos dedicados específicamente al cuidado de los ancianos, pero la tarea es tan inmensa que no es suficiente con ellos. “Se hace necesario también contar con los voluntarios —jóvenes, adultos y los mismos mayores— que, ricos en humanidad y espiritualidad, tengan la capacidad de acercarse a las personas de la tercera y de la cuarta edad y de satisfacer sus necesidades, con frecuencia muy individualizadas, de orden humano, social, cultural y espiritual”.

Experiencias en la Iglesia

Los obispos también han querido destacar en este documento las experiencias en la Iglesia, incluyendo algunas realidades que trabajan “con y para los mayores, siendo conscientes de que hay muchas otras que deberían de ser añadidas, ya que entendemos que todas son importantes y necesarias”.

Así, presentan el trabajo del Movimiento Vida ascendente, la Pastoral de la salud y del mayor, el programa de personas mayores de Cáritas, Lares, y el trabajo con las personas mayores en la vida consagrada.

Propuestas y conclusiones

El documento termina con unas propuestas y conclusiones:

  • Promover la pastoral de las personas mayores en las parroquias y en las diócesis.
  • Habilitar los medios necesarios para apoyar a las familias.
  • Organizar un «Congreso anual de Pastoral de jóvenes jubilados, abuelos y personas mayores».
  • Celebrar las Jornadas referidas a las personas mayores, tanto en el ámbito civil como en el eclesial.
  • Suscitar la realización de encuentros diocesanos con personas mayores.
  • Reclamar los derechos de los mayores.
  • Alentar la formación del voluntariado de pastoral de las personas mayores.

Oración por las personas mayores

La última página del documento propone una oración por las personas mayores

Señor nuestro, Jesucristo, que nos has donado la vida
haciéndola resplandecer de tu reflejo divino,
tú reservas un don especial a las personas mayores
que se benefician de una larga vida.
Te las entregamos para consagrarlas a ti:
hazlas testigos de los valores evangélicos
y devotos custodios de las tradiciones cristianas.
Protégelas y preserva su espíritu
con tu mirada amorosa y con tu misericordia.
Dales la certeza de tu fidelidad
y hazlas mensajeras de tu amor,
humildes apóstoles de tu perdón,
brazos acogedores y generativos
para los niños y los jóvenes
que buscan en la mirada de los abuelos,
una guía segura en la peregrinación hacia la vida eterna.
Danos la capacidad de donarles el amor,
el cuidado y el respeto
que merecen en nuestras familias y en nuestras comunidades.
Y concede a cada uno de nosotros la bendición de una larga vida,
para podernos unir un día a ti, en el cielo,
tú que vives y reinas en el amor, por los siglos de los siglos. Amén.



ENCUENTRO DE LOS PROFESIONALES SANITARIOS CON EL OBISPO