DIÓCESIS DE CALAHORRA Y LA CALZADA-LOGROÑO. PASTORAL DE LA SALUD
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sábado, 16 de marzo de 2024
jueves, 14 de marzo de 2024
+ ESTEBAN RUIZ SANTAMARÍA
(
“Si morimos con el Señor, viviremos con
Él” (2 Tim. 2)
«Sacerdote»
Falleció ayer en la paz del Señor, a la
edad de 81 años, confortado con los auxilios espirituales y la Bendición
Apostólica de S.S.
Su hermana: Emilia; hermano político: José Luis Bretón Lasanta; sobrinos:
Emilio y Chus, Javier, Pilar y Max; sobrinos-nietos: Adriana, Víctor, Héctor,
Marcos y Nicolás; primos y demás familia,
R.I.P.
El Sr. Obispo y el Presbiterio Diocesano, junto con todas las parroquias a
las que sirvió en la diócesis y en la emigración, y los residentes en el hogar
sacerdotal dan gracias a Dios por su vida entregada al Ministerio Sacerdotal e
invitan a orar por su eterno descanso y a participar en las celebraciones
indicadas a continuación,
Logroño, 14 de marzo de 2024
Funeral y misa: HOY, JUEVES, a las CUATRO Y MEDIA de la tarde, en la
iglesia parroquial de Santa María de Palacio, Logroño.
Conducción: En la intimidad.
La familia recibe HOY, JUEVES, de NUEVE
Y MEDIA a ONCE Y MEDIA de la mañana, en la sala nº 3 del Tanatorio San José, de
Logroño.
**********
miércoles, 13 de marzo de 2024
ACOMPAÑAR EN LAS RESIDENCIAS DESDE LA ESPERANZA
jueves, 7 de marzo de 2024
PASTORAL DEL DUELO: 2.FORMACIÓN DE LOS COORDINADORES. (GRUPO RESURRECCIÓN)
RECORRIDO,
MANIFESTACIONES, DIMENSIONES
El trabajo del duelo no se improvisa, no se hace de la noche
a la mañana, tiene: recorrido, manifestaciones, procesos, trabajo de
elaboración multidimensional, revisión y un final. Sí, afrontar la aflicción
con una positiva intervención del duelo ha de tener un inicio, lo más pronto y
decidido posible, un desarrollo constante y una sana conclusión. ¡No se puede
estar <<duelandp>> toda la vida!
Estas pueden ser las posibles manifestaciones en el recorrido
de su elaboración, vividas unas sí y otras no, con mayor o menor intensidad,
transversalmente, superpuestas o presentes al mismo tiempo, con idas y venidas.
El trabajo del duelo avanza más en espiral que en línea recta:
·
Aturdimiento inicial: la aflicción puede dejar al doliente
anestesiado, perturbado, mudo, incluso privado de autonomía de pensamiento y
acción.
·
Lamentaciones: surgen las primeras expresiones
inarticuladas, abundan los gestos, viene la queja:<<No me lo puedo
creer!>>.
·
Negación: <<¡ No es cierto!>>.
·
Rechazo:<<¡ No lo acepto!>>.
·
Tristeza profunda: <<¿ Qué sentido tiene ya?
·
Miedo y ansiedad: <<¡ Y si me sucediera…!
·
Culpa insistente:<<¡ Si yo no hubiese…!
·
Cuestionamiento persistente:<< ¿Por qué a mí?>>,
<<¿ por qué lo hiciste, Dios?>>.
·
Brunca y resentimiento: <<¡ Esto no te lo voy a
perdonar jamás!>>.
·
Alejamiento de los demás y de Dios. << ¿Quién puede entender lo que
yo padezco?>>.
·
Resignación: << ¡Me tocó a mí, es la
fatalidad!>>.
·
Reencuentro purificado con Dios: <<Siempre estuvo a mi
lado>>.
·
Serenidad interior: <<¡ Después de tanto penar,
estoy recobrando la paz!>>.
· Aceptación y asunción: <<¡ Hay que volver a vivir! Mi ser querido me quiere feliz>>.
El trabajo del duelo es una tarea en
fondo y forma, donde se han de tratar saludablemente los aspectos relacionados
con las tres heridas vitales: la de la vida (cómo sigue esta para el doliente,
después de la muerte del ser querido), la de la muerte (lo que representa el
fallecimiento para el difunto y para el mismo sufriente) y la del amor (cómo queda el vínculo amoroso
del apenado con sus allegados y con la persona que murió). Sí, es
imprescindible encarar las grandes cuestiones existenciales de toda persona.
El proceso del duelo ha de hacerse en
todas y cada una de las dimensiones de la persona.
Física – Emocional – Intelectual – Social – Valórica – Espiritual.
TIPOS
DE DUELO
Suele hablarse de diversos
tipos de duelo, según sea la preparación previa para la elaboración de las
adversidades por parte del afectado, su psicoeducación, la utilización de
recursos personales y comunitarios; también según sean sus actitudes, acciones,
procesos, tiempos, situaciones, cosmovisión de vida y fe y resultados. He aquí
algunos tipos de duelo:
· Psicoeducado. La
persona se ha informado, formado y preparado con tiempo en los procesos de elaboración del sufrimiento, proceso en el
que es muy útil contar con los buenos patrones de gestión vistos en otros
dolientes, obteniendo así un <<botiquín de duelo>>. Ello no exime
de la dureza del golpe, pero el doliente no está desarmado.
·
Normal. En
los primeros días después de la muerte, la mezcolanza de fuertes emociones, la
confusión de ideas y las reacciones
instintivas trastornan a la persona produciendo: conducta de búsqueda, rabia,
rabia, tristeza profunda, soledad, alucinaciones… Son reacciones NNN: normales,
naturales y necesarias. Tras un proceso de elaboración de la aflicción, se
llega a la paz y serenidad.
·
Anticipado.
Asumiendo la pérdida antes de tiempo, con pleno conocimiento de la situación y
con aceptación, es posible prepararse, reactivando todos los recursos
multidimensionales.
·
Retardado. Si no
se afronta la situación y se demora el proceso de aceptación, perdura la
dolencia y la falta de elaboración positiva.
·
Crónico. Como el abordaje no es decisivo, el
pesar echa raíces, pasando factura al tiempo.
·
Extraordinario. Hace referencia a las causas
críticas de la muerte: por aborto, suicidio, homicidio, tortura, accidentes
fatales, guerras, catástrofes…
·
Ambiguo. Se
aplica a situaciones específicas, por ejemplo, cuando falta información sobre
el paradero de la persona querida, no sabiendo si se encuentra viva o muerta.
·
Patológico. La
muerte superó de tal manera al doliente que alteró grávemente su persona.
· Inmanente
o trascendental. Una visión materialista, donde todo termina
con la muerte, ocasiona un trabajo del duelo inmanente. Una visión de fe
conlleva un proceso de duelo trascendente.
No olvidemos que el mayor sufrimiento y el más doloroso proceso de duelo, pese a que los vínculos, las causas y circunstancias sean muy importantes, son aquellos que no se trabajan adecuadamente hasta cicatrizar la herida.
PALPITAR CON TRES
CORAZONES
Ya sabemos que en el trabajo del duelo se tiene en cuenta el
vínculo afectivo, las causas y circunstancias de la muerte, el factor tiempo y,
por supuesto, la persona del doliente-<<dueliente>>: los recursos
internos de todas y cada una de sus dimensiones, la actitud del abordaje, las
aptitudes o capacidades y las acciones de quien es sanador-Herido; todo ello
para confrontarse con su pena, es decir, consigo mismo.
En una gran aflicción, las etapas del tiempo (pasado,
presente y futuro) se trastocan y mezclan. El viandante de este ejercicio de
duelo tendrá que palpitar en todo su esfuerzo recorrido con tres corazones en
uno. Insistimos en que transitará una senda con muchos recovecos, con subidas y
bajadas, con avances y retrocesos, conjugando simultáneamente el presente con
el pasado y el futuro.
El primer corazón es
para <<des-ahogar>> en el presente la pena, para <<com-partir>> imágenes y recuerdos punzantes, para ir
aceptando y asumiendo la dura realidad.
Así se expresa san Bernardo de Claraval (1090-1153):
Estaba quebrantado y no hablaba. La pena reprimida echó
raíces más profundas en mi interior; y creo que se intensificó más, por no
haberle permitido su desahogo. Lo confieso: me ha vencido. Debe salir fuera lo
que sufro dentro. Sí, brote mi llanto (Sermones sobre el Cantar de los
cantares, XXVI).
Una obra muy interesante es la Consolación a doña Juana de
Mendoza, de Gómez Manrique(1412-1490), escrita para su esposa tras la muerte de
dos de sus tres hijos. Sobre la necesidad de su desahogo, aun por escrito, se
manifiesta así el compungido padre:
Y así, señora, pensé hacer este tratado para consolación de
tu merced y para mi descanso, porque descansando en este papel, como si contigo
hablara, aflojase el hervor de mi congoja, como hace el de la olla cuando se
sale que, por poca agua que salga, ayuda mucho y ella no revienta (vv.28-29).
El segundo corazón es
para <<re-cordar>> (traer a la mente y al corazón) lo bueno y agradable vivido, que la
pena no borre la memoria del pasado placentero, lo proyectado en común, las
ilusiones y sueños compartidos.
El tercer corazón necesita vuelos de águila, para mirar adelante y arriba, consolidado el
presente y abriendo brecha en el futuro, latiendo en esperanza y felicidad.
Tres corazones latiendo al unísono, padeciendo, recordando, con esperanza dentro de una persona herida-sufriente-sanadora, siempre activa, en camino, hasta que llegue la sanación integral.
CUANDO
LA TRISTEZA Y EL MIEDO CALAN EL ALMA
En nuestro mundo emocional
encontramos emociones, sentimientos y constructos psicoafectivos como el amor,
el odio, la culpa, los apegos, los celos…
Tenemos cuatro sentimientos
básicos: alegría, tristeza, miedo e ira. En ellos la intensidad es variable.
De todos ellos, cuando son
provocados por la muerte de un ser querido, el de la tristeza es el más
frecuente, visible y mejor reconocido. Cumple una función de alerta. Es un
intento de focalizar el campo de atención para hacer más manejable la punzada
hiriente y centrar los esfuerzos en su elaboración con un buen ejercicio de
duelo.
La tristeza se viste de
llanto, nostalgia, amargura, soledad. Puede incubarse en el corazón hasta
convertirse en un estado de ánimo, una compañera de viaje de la vida; lo que
puede llegar a desmotivar y hacer desembocar al doliente en el mar del desánimo
profundo e incluso en la depresión.
A loa sombra de la tristeza
anidan la impotencia, el miedo y la baja autoestima. Se siembra la convicción
de que nunca se podrá volver a ser feliz.
La tristeza crece en fechas
claves, como Navidad, Fin de Año, aniversarios, cumpleaños. Se agazapa entre
los recuerdos que tendrían que ser gozosos.
La tristeza perenne llega a
causar lástima en los demás y hace naufragar la vida. Cuando cala el alma, la
esperanza se oxida.
¿Y qué decir del miedo? El
temor o amenaza es un signo de que algo ha mudado en nosotros o para nosotros y
nos resistimos al cambio. En toda intensa tribulación, los temores se meten en
el cuerpo. El tratamiento de duelo es para dar nombre, afrontar y
dominar esos miedos.
De sufrimiento
se ensombreció mi corazón.
Y lo que veía
era la imagen de la muerte.
Hasta mi ciudad natal
se me convirtió en tormento
y la casa paterna
en innegable pena.
Por todas partes,
lo buscaban mis ojos,
pero no lo encontraban
y todo se tornó aborrecible,
porque las cosas no eran ya.
Y mismo me volví
un enigma ante mis ojos.
SAN AGUSTÍ, Confesiones IV,4,9
Hay
que limpiar con lágrimas el sufrimiento. Hay que hablar de él. Hay que
elaborarlo sanamente. Hay que sembrar esperanza en él.
Es
una reacción más que normal sentir grave tribulación cuando muere un ser
querido. Y aceptar la pena de otra persona es signo de sensibilidad y
sabiduría.
¿Cómo
desahogar el corazón? Es mejor expresar la aflicción que reprimirá. No todo el
mundo manifiesta sus sentimientos de la misma manera, adecuadamente y a tiempo.
Desahogarse alivia la tribulación y es camino hacia la sanación. Hay
que procurar:
·
Dar libertad al llanto. No avergonzarse
de llorar lo necesario:
<<El rey David se estremeció por la muerte de su hijo. Subió a su
habitación y rompió a llorar. Decía entre sollozos: “¡Hijo mío, Absalón; hijo mío,
hijo mío , Absalón! ¡Quién me diera haber muerto en tu lugar, hijo mío Absalón,
hijo mío”>> (2Sam 19,1).
·
No somatizar el sufrimiento
inadecuadamente:
<<Como el agua me derramo, todos mis huesos se dislocan, mi corazón se
vuelve como cera, se me derrite entre mis entrañas>> (Sal 22,15).
·
No reprimirse angustiosamente, ni
aislarse:
<<Insomne estoy y gimo cual solitario pájaro entejado>> (Sal
102,8).
·
Identificar y dar nombre específico al
sentimiento –miedo, tristeza, ira-
<<Como alimento viene mi suspiro, como el agua se derraman mis lamentos.
No hay para mí tranquilidad ni calma, no hay reposo; turbación es lo que
llega>> ( Job 3,24-26)
·
Hablar, expresando las aflicciones <<Derramaré mis quejas sobre mé,
hablaré de la amargura de mi madre>> (Job 10,1).
·
Sacar la rabia (contra uno, los otros,
con Dios):<<Diré
a Dios. ¡No me contenes, hazme saber por qué me enjuicias! ¿Acaso te está bien
menospreciarte la obra de tus manos?>> (Job 10,2-3).
·
Abrir el corazón al <<Dios de todo
consuelo>>:
Confiadle todas vuestras preocupaciones, pues Él cuida de vosotros>>81 Pe
4,7)
·
Hablar con quien pasó por una
experiencia similar y con quien puede entender y ayudar: <<Déjala, porque su alma está en
amargura>> (2Reyes 4,27)
·
No obstinarse el relacionarse los
porqués del sufrimiento.
·
Desahogarse,
pero practicar también actitud e escucha.
·
Sin
olvidar que siempre el sufrimiento del doliente es mayor que el más grande de
todos los males.
EL
sufrimiento tapado es como un horno que está cerrado: arde y reduce a cenizas
el corazón que lo encarcela.(W. Sahakespeare)
QUE
LA CULPA NO SEA UN TORMENTO
La culpa es una reacción común
ante la muerte de un ser querido. Su aparición manifiesta un comportamiento
(real o no) contrario a los principios básicos del individuo.
Un remolino de acusación y su
círculo vicioso se gestan en la conciencia. Surge la convicción, con fundamento
o sin él, de que hubo error o negligencia
en lo que se hizo, o en lo que se podía haber hecho, y de que el tiempo
estranguló la oportunidad de remediarlo.
La culpa es un pensar interior
por las cosas que no se hicieron y se debieron hacer, por lo que no se dijo y
se debiera haber dicho, por las caricias que nunca salieron de las manos.
Hay que purificar la culpa,
tanto si hubo como si no hubo, superando la autoagresividad, asumiendo que se
vale más que lo que se hizo, reconciliándose con nuestro propio pasado, con los
demás, con Dios, optando por hacerlo mejor en el futuro.
No hay que enviar a otras
personas flechas envenenadas de culpa, como un mecanismo de defensa y
desplazamiento, para justificar lo que pasó, ya que se vuelven contra uno hasta
enfermar el propio corazón.
Debemos pasar de la culpa al
perdón, poniendo amor.
Perdonar será encontrar el
mayor alivio y sanación.
Dejarse perdonar será reconstruir
la paz interior.
MIL
Y UNA PREGUNTAS
En el tratamiento de las
heridas, la gestión del duelo encuentra problemas y los grandes
<<misterios>> de la persona. Es cierto que, hay que ser pacientes
con todo lo que queda sin resolver en nuestro corazón. Nuca debemos huir de las
preguntas, ni de las que hace el sufrimiento, ni de las que se hacen al
sufrimiento ni de las que se dirigen al mismo sufriente.
¿Y si se sabe de antemano que
no hay respuestas convincentes? No importa, porque las preguntas y las quejas
no deben quedar dentro, en un pecho cerrado, añadiendo más pena a la ya
existente.
Hay que recibir y convivir con
todo tipo de preguntas, plantearlas a larga distancia, porque tal vez sin
notarlo, se están elaborando gradualmente las respuestas, que, llegarán en su
momento oportuno.
Hay preguntas hacia fuera y
preguntas hacia dentro. Estas últimas son imprescindibles. Las preguntas
internas llevan a dialogar con el padecimiento, es decir, al afectado consigo
mismo. Es una manera de abrir ventanas a la aflicción.
Acepta la catarata de
preguntas de tu mente, de tu corazón y de tu espíritu. Respóndelas desde tu
misma vida, desde todas y cada una de sus dimensiones. Si te exigen cambios
personales, afróntalos.
Agota el <<porqué>> de tu aguijón,
revisa el <<cómo>> y construye sobre << para qué>>.
Entiende tu sufrimiento y
entiéndete en tu sufrimiento.
No te detengas para siempre en
lo que dejas atrás. No te des permiso para seguir perdiendo y abatiéndote.
¿Qué provecho te aporta esta
pena elaborada?
viernes, 1 de marzo de 2024
PASTORAL DEL DUELO: 1.FORMACIÓN DE LOS COORDINADORES. (GRUPO RESURRECCIÓN)
RESURRECCIÓN
El sufrimiento y la muerte son
huéspedes inevitables de la humanidad. Somos vulnerables y limitados. La vida y
la muerte son las dos caras de la existencia humana.
En nuestros días somos
conscientes de la necesidad de recuperar la importancia que merece la
elaboración positiva de toda aflicción, precisamente por las graves
repercusiones que produce tanto en la biología como en la biografía y biofilia
(gusto y misión por la vida) de cada persona.
Todo padecimiento ha de ser
aceptado, integrado, templado, <<resilenciado>>, trabajado,
procesado, sanado y aprovechado por el doliente, sanador herido.
Nuestra sociedad, tabuizando
la muerte, dejándola sin sentido ni misión y enviando al ostracismo los ritos
funerarios, religiosos y civiles, ha diluido los procesos de duelo para
cicatrizar toda herida interna.
Afortunadamente, va surgiendo
una nueva mentalidad ante esta necesidad tan sentida. Uno de los signos
positivos es el ministerio de escucha en el duelo y la creación de los grupos
de mutua ayuda. En la Iglesia, dentro de la Pastoral del Duelo, contamos con
Resurrección.
En efecto, Resurrección es un
grupo de mutua ayuda para familiares en duelo, de identidad católica, con
profundo humanismo, abierto a todas las personas, incluso de otros cultos o no
creyentes. Trabajan el proceso de sanación en todas y cada una de las
dimensiones de la persona: corporal, emocional, mental, social, valórica y
espiritual.
Está conducido por
coordinadores competentes y vocacionados que han pasado por la experiencia del
sufrimiento y lo han elaborado sanamente, cuyo cometido es utilizar todos los
recursos sanadores humanos y de la fe, sin adherirse a ninguna escuela
psicológica, ni filosófica, salvaguardando su identidad cristiana, con respecto
al ecumenismo y el proceso de crecimiento en la fe de los participantes.
La fe no suprime la dura pena
de la separación, la reorienta, sembrando en ella esperanza. Somos conscientes
de que el secreto de la muerte hay que buscarlo en la vida y, además en la Vida
que es Jesucristo resucitado de entre
los muertos.
Resurrección expresa con su
denominación estos objetivos: volver a vivir la vida después de la muerte de un
ser querido más plena, humana, solidaria y cristianamente y alimentar la
esperanza cierta de que el Dios de los vivos ha dado un nuevo y feliz hogar a
nuestro Ser querido, con el que un día nos veremos en un encuentro gozoso y
para siempre.
Resurrección, como grupo de
mutua ayuda, en el momento oportuno confronta empáticamente a cada persona para
reavivar su poder terapéutico
intrínseco, saneando las heridas internas, utilizando la relación sanante de la
unión familiar, de la comunidad, del amor de Dios y de la búsqueda del sentido de
la vida. Es decir, pone en marcha los
recursos internos, los comunitarios y los de la gracia.
Resurrección acompaña durante
un año al doliente, recordando que el proceso de duelo es largo y arduo. En él
hay que ser pacientes, pero no pasivos; muy constantes y muy humildes para
pedir ayuda y dejarse ayudar.
Otra misión de Resurrección es
también alertar de que, para elaborar oportuna y sanamente todo tipo de duelo,
hay que informarse y formarse, adquiriendo en la vida un <<botiquín de
duelo>>
El objetivo de este
material es, pues, ser una ayuda-guía
para los que participan del grupo Resurrección, como un servicio a los miembros
de la comunidad en el trabajo del duelo.
¿QUÉ ES EL DUELO?
El término duelo se deriva del vocablo latino dolus (dolor). Está ligado a los
vocablos dolor y sufrimiento, que
describen la reacción espontánea por la pérdida de algo, la privación, la
carencia u omisión, el alejamiento de alguien, los conflictos relacionales, las
crisis existenciales y la muerte de seres queridos y la propia muerte. Estas
situaciones afectan a la persona en todas y cada una de sus dimensiones:
corporal, emocional, mental, social, valórica y espiritual-religiosa. La
aflicción nos hace entrar en el trabajo del duelo, que demanda la actitud y la
aptitud de cada individuo para su afrontamiento y sana elaboración.
A veces, el padecimiento produce hasta crisis existenciales
que, si no se elaboran favorablemente, enturbian la vida o anulan el sentido de
la misma.
La intensidad de esta vivencia se produce por lo definitivo
de la pérdida o muerte, por la causa del fallecimiento y sus circunstancias,
por la hondura de la relación existente, por la fuerza del apego, por el vacío
o desconcierto de la ausencia, por la actitud asumida y, por supuesto, por la
utilización de los recursos humanos y religiosos de que disponga cada persona.
En el pensar, la herida, que puede echar raíces y prolongarse
en el tiempo, tiende a acorralar el poder terapéutico de la persona.
No debemos conformarnos con estar en duelo, sino que hacer el
duelo, es decir, hay que tomar las riendas del sufrimiento en un proceso en el
que se potencia el poder sanador de cada uno, volviendo a ña serenidad,
propiciando el crecimiento personal, clarificando ideas, asumiendo una
cosmovisión significativa de vida, integrando la muerte, puliendo las
relaciones humanas, creciendo en valores, cultivando la espiritualidad,
viviendo amorosamente la resurrección del ser querido muerto junto a Dios y
<<resucitando>> el sufriente mismo a esta vida en plenitud,
concediendo al fallecido y a nosotros mismos el mejor regalo: volver a sentirnos
plenos y felices.
La pena tiene intensidad, ¡cómo golpea!; duración: es como
una flecha, ¡rápida para entrar, lenta para salir!; hondura: echa raíces, ¡y
qué profundas!; pasa factura en todas las dimensiones de la persona, ¡y a qué
precio! Pero también tiene una misión: ser alarma, ¡todo padecimiento hay que
trabajarlo, cicatrizarlo y sacarle provecho!
Si la aflicción es muy activa, el trabajo del duelo no debe
ser pasivo. Es un camino que hay que transitar decididamente, un proceso muy
dinámico, con una buena metodología de sanación holística, multidimensional. Es
una intervención que no se improvisa, no se hace de la noche a la mañana.
El tratamiento del duelo exige una gran actividad y una
disposición positiva para elaborar sanamente la pena. El doliente domina su
pesar o este domina al doliente. No basta con ser doliente (de
<<duelar>>), es decir, ser protagonista responsable de nuestra
propia sanación.
Si el sufrimiento es lo que una herida trabaja con el
doliente, el duelo es lo que el <<dueliente>>! Trabaja consigo
mismo.
¿Hay que <<duelar>>! Es todo un compromiso de
sanación. Sí, sanar cuidándose, cuidarse sanando.
En el trabajo del duelo hay que afrontar
· * La
invasión, conmoción y reacción que ocasiona la herida en todas las dimensiones
de la persona.
· * El
derrumbe de todas las seguridades previas.
· * Todas
las lágrimas necesarias que precise el desahogo.
· * La
solitaria soledad entre muchos.
· * La
tentación de sobrevivir sin vivir.
· * Ir
a la mesa y encontrar un hueco vacío.
· * Desear
que la realidad fuese distinta, luchando contra lo imposible.
· * Estar
en la cama sin sentir el calor de una caricia.
· * La
muerte del hermano que levantó pronto el vuelo.
· * Enterrar
los padres al hijo.
· * Ver
crecer a los hijos de los amigos y no al propio.
· * Un
sueño imposible:<<Si viviera ahora él…>>>.
· * La
ilusión frustrada de un embarazo que nunca verá la primavera de esta vida.
· * Ternuras
de abuelos regadas en penas.
· * Querer
amar y mediar la ausencia física.
· * Lucha
de la memoria del corazón contra la memoria de la mente.
· * Mucha
inquietud e inseguridad.
· * Culpa
insistente, ira ciega, tristeza fría.
· * Desánimo
y desmotivación, desilusión y falta de fuerzas.
· * El
<<no puedo, no puedo>>.
· * Un
miedo misterioso, el sinsentido, preguntas sin respuesta.
· * La
realidad y misión de la muerte en la propia vida.
· * Todas
las crisis de fe que surgen.
· * Mirar
al infinito buscando un sentido.
El trabajo del duelo es…
· * Paciente,
pero no pasivo, para abatirse por lo que merece la pena, cuanto merezca la pena
y el tiempo que perezca la pena.
· * Una
labor de dolientes-<<duelientes>>-sanadores.
· * Actitud
y aptitud de sanación en comunidad, comunicación y comunión.
· * Afrontar
y confrontarse con la propia herida.
· * Un
proceso multidimensional muy laborioso, con una adecuada metodología.
· * Intervenir
sobre uno mismo para cicatrizar la hemorragia del alma.
· * Reactivar
todos los recursos internos, comunitarios y de la gracia.
· * Reciclaje
de la persona en Aflicción.
· * Camino
sin marcha atrás.
· * Desahogo
y reflexión, análisis y evaluación: ¿por qué sufro?,¿cómo sufro?,¿para qué
sufro?
· * Sufrir
sanamente para dejar de sufrir.
· * Amar
sin apegos, con nuevos lenguajes de
amor.
· * Aferrarse
a los valores.
· * Potenciar
los vínculos.
· * Afrontar
y confrontarse con la muerte propia y ajena.
· * Cultivo
de la espiritualidad.
· * Mano
a mano con Dios, que pasó por el duelo de su Hijo muerto.
· * Entrega
del ser querido muerto a Dios.
· * Mirar
al ser querido con los ojos del alma.
· * Resurrección.
· * Esperanza
del reencuentro.
· * Recrear
un proyecto significativo de vida.
· * Padecimiento
convertido en crecimiento.
· * Escuela
de vida.
· * Camino
de santidad.
· * Facultad
de humanización.
· * Ventana
abierta a la solidaridad.
* No hay que olvidar
· * El
trabajo del duelo es procesar toda la aflicción para que ni eche raíces ni se
instale en el tiempo.
· * Hay
que evitar que la pena pase factura de continuo y mate la felicidad del alma.
· * Nadie
quiere que se mueran con él. No morirse con los muertos.
· * No
se puede elegir la muerte, pero sí que actitud tomar ante ella.
· * Lo
que no se asume, no se redime. Sanar la tribulación no tiene atajos.
· * Después
de perder mucho, no hay que darse permiso para seguir perdiendo.
· * Hay
que dejar de mirar lo perdido y optar
por lo que se puede ganar.
· * Después
de sufrir mucho, no hay que aumentar el sufrimiento propio, ni prolongarlo, ni
hacer sufrir a los demás.
· * Un
enemigo en el trabajo del duelo es no quererse, ni cuidarse.
· * La
asignatura del proceso de duelo se estudia o se deja para septiembre.
· * La
mayor tragedia: quedarse sin sentido ante la vida y la muerte.
· * La
persona es siempre es más grande que la mayor de sus dolencias.
· * Todo
pesar elaborado y sanado nos enseña a vivir en verdad y libertad, y sin apegos;
purifica el amor.
· * Dios
es tu mejor amigo. Él es el consuelo, la paz, la resurrección . No te hagas el
<<duro>> con Él.
· * El
sufrimiento purifica la fe. La fe purifica el sufrimiento.
* El mejor regalo al ser querido muerto: orar por él, mejorar en la vida y ser feliz.
LOS OBSTÁCULOS DEL DUELO SALUDABLE
Hay que estar atentos para no caer en la tentación de
incrustarse en la pena, de seguir padeciendo insanamente y sin sentido.
Hay que evitar:
· * Imaginar
que la recuperación es imposible.
· * Querer
solo aliviarse y no curarse.
· * Creer
que el tiempo por sí solo lo cura todo.
· * No
vivir la tribulación con gallardía. Hacerse la víctima.
· * Padecer
aislándose de la familia, con pactos de silencio.
· * Pensar
que nadie puede entender mi aflicción.
· * No
acudir a las redes de apoyo social y a la comunidad de fe.
· * Sufrir
insanamente para seguir
sufriendo.
· * Querer
sobrevivir y no vivir con un buen proyecto de vida.
· * Idealizar
al muerto, viviendo, en cambio, con una baja autoestima.
· * Dolerse
para pagar culpas.
· * Verse
en el deber de apenarse para demostrar amor.
· * Perder
la esperanza de volver a ser feliz.
· *Revivir
constantemente <<las imágenes temidas>> causantes del abatimiento.
· * Acusar
a Dios de la muerte del ser querido.
· * Pensar
que nada bueno va a aportar tanto infortunio saneado.
FINALIDAD DEL TRABAJO DEL DUELO
Muchos sostienen que ante el
padecimiento hay que dejar pasar el tiempo, <<que todo lo cura>>, y
que debemos considerarlo como algo propio, exclusivo y no compartible. No hay
que hablar, sino que debemos afligirnos en soledad y en silencio; tenemos que
procurar despejarnos, enfrascándonos en múltiples actividades y evadiendo los
recuerdos hirientes. Tampoco habría que meter el dedo en la llaga, para vivir
como si nada hubiera pasado, cayendo así en una especie de sumisión ante el
fatalismo, esperando que con ello el agujón se vaya. ¡Todo eso es un gran
error!
Otros, por el contrario,
reducen el duelo a un continuo lamento y desahogo exteriores, incrustándose en
la tristeza permanente, acostumbrándose a la dolencia, sintiéndose víctimas de
ella, recluyéndose en la trastienda de la vida. ¡No es saludable!
No es tampoco un tratamiento
del duelo olvidar. No se trata de relegar al ser querido en la memoria; al
contrario, debemos garantizar el no olvido. Muchos se sienten como obligados a
no recordar a la persona muerta, partiendo de la idea (propia o insinuada por
otros) de que así no se sufre, que hay que seguir adelante sin mirar atrás y
así dejar descansar a los fallecidos. ¡Es absurdo!
Y, por supuesto, la gestión
del duelo no sirve para dejar de amar a l ser querido muerto, transfiriendo el
amor a otro sujeto u objeto, sino para seguir amándolo con un afecto sano,
desapegado y puro.
La finalidad del trabajo del
duelo, insistiendo en que como todo camino progresivo de elaboración de
cualquier pesadumbre supone un arduo trabajo interior de discernimiento sobre
las causas que lo desencadenan, el modo de afrontarlo y sobre el doliente
mismo, consiste en:
· * Dar expresión y cauce adecuado a lo sentido
desde las seis dimensiones de la persona.
· * Resistir, aliviar y templar el golpe, en primer
lugar; asumiendo, <<resilienciarlo>> y procesarlo, después, y,
finalmente, serenarlo y sanarlo.
· * Hacerse el doliente, sanador-herido, un
<<dueliente>>, protagonista activo y principal de este cometido.
· * Aceptar la realidad de la pérdida, la
privación, la crisis o de la muerte.
· * Integrar la extrañeza.
· * Dominar la pena de la separación, con un
sosegado y amoroso desapego.
· * Vivir positivamente la energía afectiva, la
felicidad.
· * Contar con un proyecto de vida: pleno de
sentido y amor, dándolo y recibiéndolo.
· * Amar con un nuevo lenguaje al fallecido a
quien, como creyentes, ponemos en las manos misericordiosas de Dios con la
esperanza firme de la resurrección, en las que nos quiere con un cariño
purificado y pleno.
· * Madurar y crecer en todas y cada una de las
dimensiones de la persona, afrontando con madurez la vida, el amor y la muerte.
¡Solo se transforma el sufrimiento, cuando se transforma el sufriente!
· * Madurar y crecer en todas y cada una de las
dimensiones de la persona, afrontando con madurez la vida, el amor y la muerte.
¡Solo se transforma el sufrimiento, cuando se transforma el sufriente!
*,Contar con una caja interior de herramientas, un botiquín de duelo, para afrontar momentos críticos que puedan aparecer en el futuro, ya desde una herida cicatrizada.
