jueves, 7 de marzo de 2024

PASTORAL DEL DUELO: 2.FORMACIÓN DE LOS COORDINADORES. (GRUPO RESURRECCIÓN)

 

RECORRIDO, MANIFESTACIONES, DIMENSIONES

El trabajo del duelo no se improvisa, no se hace de la noche a la mañana, tiene: recorrido, manifestaciones, procesos, trabajo de elaboración multidimensional, revisión y un final. Sí, afrontar la aflicción con una positiva intervención del duelo ha de tener un inicio, lo más pronto y decidido posible, un desarrollo constante y una sana conclusión. ¡No se puede estar <<duelandp>> toda la vida!

Estas pueden ser las posibles manifestaciones en el recorrido de su elaboración, vividas unas sí y otras no, con mayor o menor intensidad, transversalmente, superpuestas o presentes al mismo tiempo, con idas y venidas. El trabajo del duelo avanza más en espiral que en línea recta:

·         Aturdimiento inicial: la aflicción puede dejar al doliente anestesiado, perturbado, mudo, incluso privado de autonomía de pensamiento y acción.

·         Lamentaciones: surgen las primeras expresiones inarticuladas, abundan los gestos, viene la queja:<<No me lo puedo creer!>>.

·         Negación: <<¡ No es cierto!>>.

·         Rechazo:<<¡ No lo acepto!>>.

·         Tristeza profunda: <<¿ Qué sentido tiene ya?

·         Miedo y ansiedad: <<¡ Y si me sucediera…!

·         Culpa insistente:<<¡ Si yo no hubiese…!

·         Cuestionamiento persistente:<< ¿Por qué a mí?>>, <<¿ por qué lo hiciste, Dios?>>.

·         Brunca y resentimiento: <<¡ Esto no te lo voy a perdonar jamás!>>.

·         Alejamiento de los demás y de Dios. << ¿Quién puede entender lo que yo padezco?>>.

·         Resignación: << ¡Me tocó a mí, es la fatalidad!>>.

·         Reencuentro purificado con Dios: <<Siempre estuvo a mi lado>>.

·         Serenidad interior: <<¡ Después de tanto penar, estoy recobrando la paz!>>.

·         Aceptación y asunción: <<¡  Hay que volver a vivir! Mi ser querido me quiere feliz>>.

El trabajo del duelo es una tarea en fondo y forma, donde se han de tratar saludablemente los aspectos relacionados con las tres heridas vitales: la de la vida (cómo sigue esta para el doliente, después de la muerte del ser querido), la de la muerte (lo que representa el fallecimiento para el difunto y para el mismo sufriente)  y la del amor (cómo queda el vínculo amoroso del apenado con sus allegados y con la persona que murió). Sí, es imprescindible encarar las grandes cuestiones existenciales de toda persona.

El proceso del duelo ha de hacerse en todas y cada una de las dimensiones de la persona.

Física – Emocional – Intelectual – Social – Valórica – Espiritual.

TIPOS DE DUELO

Suele hablarse de diversos tipos de duelo, según sea la preparación previa para la elaboración de las adversidades por parte del afectado, su psicoeducación, la utilización de recursos personales y comunitarios; también según sean sus actitudes, acciones, procesos, tiempos, situaciones, cosmovisión de vida y fe y resultados. He aquí algunos tipos de duelo:

·    Psicoeducado. La persona se ha informado, formado y preparado con tiempo en los procesos  de elaboración del sufrimiento, proceso en el que es muy útil contar con los buenos patrones de gestión vistos en otros dolientes, obteniendo así un <<botiquín de duelo>>. Ello no exime de la dureza del golpe, pero el doliente no está desarmado.

·         Normal. En los primeros días después de la muerte, la mezcolanza de fuertes emociones, la confusión de ideas  y las reacciones instintivas trastornan a la persona produciendo: conducta de búsqueda, rabia, rabia, tristeza profunda, soledad, alucinaciones… Son reacciones NNN: normales, naturales y necesarias. Tras un proceso de elaboración de la aflicción, se llega a la paz y serenidad.

·         Anticipado. Asumiendo la pérdida antes de tiempo, con pleno conocimiento de la situación y con aceptación, es posible prepararse, reactivando todos los recursos multidimensionales.

·         Retardado. Si no se afronta la situación y se demora el proceso de aceptación, perdura la dolencia y la falta de elaboración positiva.

·         Crónico. Como el abordaje no es decisivo, el pesar echa raíces, pasando factura al tiempo.

·         Extraordinario. Hace referencia a las causas críticas de la muerte: por aborto, suicidio, homicidio, tortura, accidentes fatales, guerras, catástrofes…

·         Ambiguo. Se aplica a situaciones específicas, por ejemplo, cuando falta información sobre el paradero de la persona querida, no sabiendo si se encuentra viva o muerta.

·         Patológico. La muerte superó de tal manera al doliente que alteró grávemente su persona.

·    Inmanente o trascendental. Una visión materialista, donde todo termina con la muerte, ocasiona un trabajo del duelo inmanente. Una visión de fe conlleva un proceso de duelo trascendente.

No olvidemos que el mayor sufrimiento y el más doloroso proceso de duelo, pese a que los vínculos, las causas y circunstancias sean muy importantes, son aquellos que no se trabajan adecuadamente hasta cicatrizar la herida.

PALPITAR CON TRES CORAZONES

Ya sabemos que en el trabajo del duelo se tiene en cuenta el vínculo afectivo, las causas y circunstancias de la muerte, el factor tiempo y, por supuesto, la persona del doliente-<<dueliente>>: los recursos internos de todas y cada una de sus dimensiones, la actitud del abordaje, las aptitudes o capacidades y las acciones de quien es sanador-Herido; todo ello para confrontarse con su pena, es decir, consigo mismo.

En una gran aflicción, las etapas del tiempo (pasado, presente y futuro) se trastocan y mezclan. El viandante de este ejercicio de duelo tendrá que palpitar en todo su esfuerzo recorrido con tres corazones en uno. Insistimos en que transitará una senda con muchos recovecos, con subidas y bajadas, con avances y retrocesos, conjugando simultáneamente el presente con el pasado y el futuro.

El primer corazón es para <<des-ahogar>> en el presente la pena, para <<com-partir>> imágenes y recuerdos punzantes, para ir aceptando y asumiendo la dura realidad.

Así se expresa san Bernardo de Claraval (1090-1153):

Estaba quebrantado y no hablaba. La pena reprimida echó raíces más profundas en mi interior; y creo que se intensificó más, por no haberle permitido su desahogo. Lo confieso: me ha vencido. Debe salir fuera lo que sufro dentro. Sí, brote mi llanto (Sermones sobre el Cantar de los cantares, XXVI).

Una obra muy interesante es la Consolación a doña Juana de Mendoza, de Gómez Manrique(1412-1490), escrita para su esposa tras la muerte de dos de sus tres hijos. Sobre la necesidad de su desahogo, aun por escrito, se manifiesta así el compungido padre:

Y así, señora, pensé hacer este tratado para consolación de tu merced y para mi descanso, porque descansando en este papel, como si contigo hablara, aflojase el hervor de mi congoja, como hace el de la olla cuando se sale que, por poca agua que salga, ayuda mucho y ella no revienta (vv.28-29).

El segundo corazón es para <<re-cordar>> (traer a la mente y al corazón) lo bueno y agradable vivido, que la pena no borre la memoria del pasado placentero, lo proyectado en común, las ilusiones y sueños compartidos.

El tercer corazón necesita vuelos de águila, para mirar adelante y arriba, consolidado el presente y abriendo brecha en el futuro, latiendo en esperanza y felicidad.

Tres corazones latiendo al unísono, padeciendo, recordando, con esperanza dentro de una persona herida-sufriente-sanadora, siempre activa, en camino, hasta que llegue la sanación integral.

CUANDO LA TRISTEZA Y EL MIEDO CALAN EL ALMA

En nuestro mundo emocional encontramos emociones, sentimientos y constructos psicoafectivos como el amor, el odio, la culpa, los apegos, los celos…

Tenemos cuatro sentimientos básicos: alegría, tristeza, miedo e ira. En ellos la intensidad es variable.

De todos ellos, cuando son provocados por la muerte de un ser querido, el de la tristeza es el más frecuente, visible y mejor reconocido. Cumple una función de alerta. Es un intento de focalizar el campo de atención para hacer más manejable la punzada hiriente y centrar los esfuerzos en su elaboración con un buen ejercicio de duelo.

La tristeza se viste de llanto, nostalgia, amargura, soledad. Puede incubarse en el corazón hasta convertirse en un estado de ánimo, una compañera de viaje de la vida; lo que puede llegar a desmotivar y hacer desembocar al doliente en el mar del desánimo profundo e incluso en la depresión.

A loa sombra de la tristeza anidan la impotencia, el miedo y la baja autoestima. Se siembra la convicción de que nunca se podrá volver a ser feliz.

La tristeza crece en fechas claves, como Navidad, Fin de Año, aniversarios, cumpleaños. Se agazapa entre los recuerdos que tendrían que ser gozosos.

La tristeza perenne llega a causar lástima en los demás y hace naufragar la vida. Cuando cala el alma, la esperanza se oxida.

¿Y qué decir del miedo? El temor o amenaza es un signo de que algo ha mudado en nosotros o para nosotros y nos resistimos al cambio. En toda intensa tribulación, los temores se meten en el cuerpo. El tratamiento de duelo es para dar nombre, afrontar y dominar esos miedos.

De sufrimiento

se ensombreció mi corazón.

Y lo que veía

era la imagen de la muerte.

Hasta mi ciudad natal

se me convirtió en tormento

y la casa paterna

en innegable pena.

Por todas partes,

lo buscaban mis ojos,

pero no lo encontraban

y todo se tornó aborrecible,

porque las cosas no eran ya.

Y mismo me volví

un enigma ante mis ojos.

SAN AGUSTÍ, Confesiones IV,4,9

 DESAHOGAD EL CORAZÓN

Hay que limpiar con lágrimas el sufrimiento. Hay que hablar de él. Hay que elaborarlo sanamente. Hay que sembrar esperanza en él.

Es una reacción más que normal sentir grave tribulación cuando muere un ser querido. Y aceptar la pena de otra persona es signo de sensibilidad y sabiduría.

¿Cómo desahogar el corazón? Es mejor expresar la aflicción que reprimirá. No todo el mundo manifiesta sus sentimientos de la misma manera, adecuadamente y a tiempo. Desahogarse alivia la tribulación y es camino hacia la  sanación. Hay  que procurar:

·         Dar libertad al llanto. No avergonzarse de llorar lo necesario: <<El rey David se estremeció por la muerte de su hijo. Subió a su habitación y rompió a llorar. Decía entre sollozos: “¡Hijo mío, Absalón; hijo mío, hijo mío , Absalón! ¡Quién me diera haber muerto en tu lugar, hijo mío Absalón, hijo mío”>> (2Sam 19,1).

·         No somatizar el sufrimiento inadecuadamente: <<Como el agua me derramo, todos mis huesos se dislocan, mi corazón se vuelve como cera, se me derrite entre mis entrañas>> (Sal 22,15).

·         No reprimirse angustiosamente, ni aislarse: <<Insomne estoy y gimo cual solitario pájaro entejado>> (Sal 102,8).

·         Identificar y dar nombre específico al sentimiento –miedo, tristeza, ira- <<Como alimento viene mi suspiro, como el agua se derraman mis lamentos. No hay para mí tranquilidad ni calma, no hay reposo; turbación es lo que llega>> ( Job 3,24-26)

·         Hablar, expresando las aflicciones <<Derramaré mis quejas sobre mé, hablaré de la amargura de mi madre>> (Job 10,1).

·         Sacar la rabia (contra uno, los otros, con Dios):<<Diré a Dios. ¡No me contenes, hazme saber por qué me enjuicias! ¿Acaso te está bien menospreciarte la obra de tus manos?>> (Job 10,2-3).

·         Abrir el corazón al <<Dios de todo consuelo>>: Confiadle todas vuestras preocupaciones, pues Él cuida de vosotros>>81 Pe 4,7)

·         Hablar con quien pasó por una experiencia similar y con quien puede entender y ayudar: <<Déjala, porque su alma está en amargura>> (2Reyes 4,27)

·         No obstinarse el relacionarse los porqués del sufrimiento.

·         Desahogarse, pero practicar también actitud e escucha.

·         Sin olvidar que siempre el sufrimiento del doliente es mayor que el más grande de todos los males.

EL sufrimiento tapado es como un horno que está cerrado: arde y reduce a cenizas el corazón que lo encarcela.(W. Sahakespeare)

QUE LA CULPA NO SEA UN TORMENTO

La culpa es una reacción común ante la muerte de un ser querido. Su aparición manifiesta un comportamiento (real o no) contrario a los principios básicos del individuo.

Un remolino de acusación y su círculo vicioso se gestan en la conciencia. Surge la convicción, con fundamento o sin él, de que hubo error o negligencia  en lo que se hizo, o en lo que se podía haber hecho, y de que el tiempo estranguló la oportunidad de remediarlo.

La culpa es un pensar interior por las cosas que no se hicieron y se debieron hacer, por lo que no se dijo y se debiera haber dicho, por las caricias que nunca salieron de las manos.

Hay que purificar la culpa, tanto si hubo como si no hubo, superando la autoagresividad, asumiendo que se vale más que lo que se hizo, reconciliándose con nuestro propio pasado, con los demás, con Dios, optando por hacerlo mejor en el futuro.

No hay que enviar a otras personas flechas envenenadas de culpa, como un mecanismo de defensa y desplazamiento, para justificar lo que pasó, ya que se vuelven contra uno hasta enfermar el propio corazón.

Debemos pasar de la culpa al perdón, poniendo amor.

Perdonar será encontrar el mayor alivio y sanación.

Dejarse perdonar será reconstruir la paz interior.

 

MIL Y UNA PREGUNTAS

En el tratamiento de las heridas, la gestión del duelo encuentra problemas y los grandes <<misterios>> de la persona. Es cierto que, hay que ser pacientes con todo lo que queda sin resolver en nuestro corazón. Nuca debemos huir de las preguntas, ni de las que hace el sufrimiento, ni de las que se hacen al sufrimiento ni de las que se dirigen al mismo sufriente.

¿Y si se sabe de antemano que no hay respuestas convincentes? No importa, porque las preguntas y las quejas no deben quedar dentro, en un pecho cerrado, añadiendo más pena a la ya existente.

Hay que recibir y convivir con todo tipo de preguntas, plantearlas a larga distancia, porque tal vez sin notarlo, se están elaborando gradualmente las respuestas, que, llegarán en su momento oportuno.

Hay preguntas hacia fuera y preguntas hacia dentro. Estas últimas son imprescindibles. Las preguntas internas llevan a dialogar con el padecimiento, es decir, al afectado consigo mismo. Es una manera de abrir ventanas a la aflicción.

Acepta la catarata de preguntas de tu mente, de tu corazón y de tu espíritu. Respóndelas desde tu misma vida, desde todas y cada una de sus dimensiones. Si te exigen cambios personales, afróntalos.

Agota  el <<porqué>> de tu aguijón, revisa el <<cómo>> y construye sobre << para qué>>.

Entiende tu sufrimiento y entiéndete en tu sufrimiento.

No te detengas para siempre en lo que dejas atrás. No te des permiso para seguir perdiendo y abatiéndote.

¿Qué provecho te aporta esta pena elaborada?

 

 


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