domingo, 17 de marzo de 2024

PASTORAL DEL DUELO: 3.FORMACIÓN DE LOS COORDINADORES. (GRUPO RESURRECCIÓN)

 

LA IRA

Cuando toma cuerpo la realidad de la muerte y se aminora la fase de la negación, surge la ira con diversas tonalidades.

La ira o agresividad es un intento de adaptar la realidad a uno mismo, lo que refleja nuestra impotencia o de falta de previsión.

Hay ira contra uno mismo por lo sentimientos de culpa. Contra los profesionales negligentes, contra los amigos que no aparecieron. Ira contra la familia que no apoyó, contra el responsable de la muerte. Ira contra la vida, incluso contra Dios.

 

La ira que no se libera nos pudre por dentro. Incluso es la sombra negra del resentimiento.

Hay que sanarla y sanearla, expresándola oportunamente para que, canalizada y reflexionada adecuadamente, se recupere su energía en la tarea de elaborar positivamente toda desgracia, asumiendo iniciativas constructivas, provechosas para la comunidad.

De la ira, a la paz. De la ira, a la creatividad.

Cristo ha enseñado al mismo tiempo al hombre a hacer el bien con el sufrimiento y a hacer el bien al que sufre (Juan Pablo II, Salvifici Doloris 30).

 

LA BAJA AUTOESTIMA

El padecimiento desgarrador acorrala la vida. Siembra la firme convicción de que no hay fuerzas para remontarlo, que nada, ni nadie, puede hacer que se supere ese desgarro del corazón. La autoestima toca fondo.

Cuando un padre/madre u otro doliente comentan:<<¿Por qué no me habré muerto yo en su lugar?>>, o <<querría morirme para estar con él>>, manifiestan un deseo que inicialmente arrastra con fuerza.

Hasta el miedo se mete en el cuerpo:<<¿Seremos capaces de cuidar a los otros hijos?>>.

Surge así la desmotivación más radical. Hay una sensación de agresión por tamaña injusticia. Se ve uno distinto, y hasta inferior, a los demás. Se deja creer en uno mismo. Surge la culpa. Desaparecen los proyectos. La vida se descarrila.

En honor al ser querido fallecido, se decreta la propia muerte en vida. Solo se cumplen las funciones básicas, necesarias e imprescindibles para sobrevivir, para que los allegados puedan salir adelante.

Se habla con el convencimiento de que no se puede volver a ser feliz; es más, no se quiere ser dichoso.

Pero llega la reacción, que ha de ser positiva, y con ella la liberación. Es entonces cuando vuelve a florecer la autoestima y se comprende que el principal motivo por el cual se debe vivir plenamente  es por uno mismo, en sintonía con los demás, concediéndose caricias gratificantes ante la vida.

El sufrimiento, sanamente elaborado, da como resultado una sólida motivación para encontrar un nuevo significado a la existencia, generoso, más participativo y trascendente. En esta nueva etapa se enmarca la posibilidad de volver a ser felices. Eso sí, con una felicidad más madura, nacida desde el conocimiento experiencial de su lado oscuro.

Llegando al final del proceso del duelo, se puede decir que se ha superado el mayor escollo que puede entorpecer la existencia terrena. La autoestima no solo crecerá, sino que nos llevará a sentirnos a nosotros mismos satisfechos de lo que se ha logrado. Teniendo la alternativa de vivir como víctima, cómodamente de la lástima de los demás, el doliente decide enfrentarse con su propia pena, aprendiendo que se puede aprovechar de él para crecer como persona y responder ante otros hechos dolorosos con entereza y serenidad.

Como fruto del fortalecimiento de la autoestima, prevalece el deseo de ayudar al que está herido y de colaborar a dejar este mundo un poco mejor.

 

LAS CARICIAS POSITIVAS

<<¡Si sigo adelante, es por mis otros hijos!>>, se suele escuchar. ¿Ha de ser así?

Permitámonos en el proceso de duelo caricias gratificantes. No es egoísmo, es caridad saludable para con nosotros mismos y para con los demás.

Recordemos:

·         Amo sanamente a quien se murió, si me amo a mí mismo.

·         Amo verdaderamente a quien se murió, si amo a los que quedan vivos.

·         Amo limpiamente a quien se murió, si me dejo amar por quienes están vivos.

·         Amo gozosamente a quien se murió, si lo amo desde el amor de Dios y en Él.

·         Amo Plenamente a quien murió, si me dejo amar desde el amor de la resurrección por quien se murió.

La inteligencia de la fe nos enseña que el amor es más fuerte que la muerte, atraviesa la distancia de las dos orillas. Por eso el amor es de ida (hacia el que se murió) y de vuelta (desde el que se murió).

¡Despertad todos los lenguajes interiores del amor y de la fe!.

 

FRASES HECHAS QUE DESHACEN

·         Al menos te quedan otros hijos.

·         Sé perfectamente cómo te sientes.

·         Es mejor así. Dejó de padecer.

·         Si tenía que suceder, mejor que fura pronto.

·         Dios quería un angelito.

·         Es la voluntad de Dios.

·         Jesús también sufrió. ¿Por qué no tú?

·         Dios se lo ha llevado. Lo necesitaba junto a Él.

·         Si me pasara a mí, me moriría.

·         ¡Ánimo, otros pasaron esto!

·         El destino lo ha querido así.

·         Es ley de vida.

·         Es así, hoy estamos, mañana no.

·         Hemos nacido para penar.

·         Sé fuerte. No llores.

·         Si lloras, no lo dejes descansar.

·         No pienses tanto en él, así no te afliges.

·         El tiempo cura todas las heridas

·         Era demasiado buena para este mundo.

Hay que purificar el lenguaje insano sobre el sufrimiento y evitar os eufemismos <<<<<( Irse, perder, partir, abandonar, desaparecer…), que no ayudan en nada. ¡Lenguaje sano, duelo sano!

COMPARTIENDO EL DUELO CON LOS NIÑOS

Cuando muere alguien en la familia, suele suceder que ni los padres, ni los otros familiares ni los amigos saben muy bien cómo responder, qué decir o hacer para que los niños comprendan y asimilen lo que ha ocurrido. Sin embargo, estos necesitan la ayuda de los adultos para asumir y procesar la nueva situación.

¿Cómo se les puede explicar qué es la muerte?

Hay que adherirse lo más posible a la verdad. Es fundamental que la explicación se dé en términos sencillos y que sea verídica. No dudar en usar las palabras muerto y muerte. Por ejemplo, habría que sentarse con el niño, abrazarlo y decirles:<<Ha ocurrido algo muy triste. Tu hermano ha tenido un accidente de coche, fue muy grave… y ha muerto. Le vamos a extrañar y a echar mucho de menos, porque lo queremos mucho>>.

No obstante, es conveniente explicarle al niño que ni él, ni ningún otro miembro de la familia va a morirse tan solo porque de vez en cuando se enferme, se haga daño o sufra un accidente. Los niños necesitan seguridad.

Hay que aceptar las preguntas de los niños:<<¿Qué quiere decir se murió?>>. Se puede responder: <<Que murió significa que el cuerpo ha dejado de funcionar y ya no puede correr, jugar, hablar como antes>>. Desde la fe se le puede explicar que está junto a Dios, muy feliz. Pero hay que evitar presentar a un dios que rapta a la gente. Ni que hay que asustarse, si el niño afirma:<< Yo también quiero morirme para estar con mi hermanito>>.

¿Qué es lo que conviene decir?

No es acertado decir que el difunto está realizando un largo viaje, ya que espera el retorno. Tampoco es saludable decirle a los niños muy pequeños que el fallecido está durmiendo, pues espera su despertar. Los pequeños tienden a interpretar las cosas literalmente. Si equiparan el sueño con la muerte, podrían desarrollar miedo a dormirse.

No hay que subestimar el sentimiento de culpa de los pequeños

Con frecuencia se sienten responsables de la muerte de un ser querido por las palabras, pensamientos o acciones que le hicieron enojar. Tal vez haya que decir algo como:<<Tus pensamientos y tus palabras no hacen que nadie enferme, ni tampoco que muera>>. Si es de corta edad, quizás haya que repetírselo muchas veces.

Conviene recordar como entienden los niños la muerte

Antes de los tres años, desde el punto de vista cognostitivo y afectivo, el niño no comprende el significado de la muerte. De los tres a los cinco años, considera la muerte como un evento temporal, reversible, una especie de sueño prolongado. De los cinco a los nueve, la percibe como un acontecimiento definitivo que le sucede a los demás, no a él. De los diez a adelante es un hecho inevitable para todos y está asociado al cese de todas las actividades humanas. Sin embargo, los niños que han pasado por una experiencia fuerte de aflicción pueden tener una conciencia más temprana y realista de la muerte.

¿Deben asistir al velatorio y al entierro?

Se deben tener en cuenta los sentimientos y la decisión de los niños. Si no quieren ir, no hay que obligarles, ni hacer que se sientan culpables por ello. Y si desean ir, es prudente dar una descripción detallada de lo que sucederá, por ejemplo, que se encontrará al difunto en un ataúd, y si estará abierto o cerrado. Hay que contarle también que a lo mejor verán a mucha gente llorando, porque están tristes. Una vez más, hay que permitir que los niños pregunten con libertad. También, debemos informarles de que podrán marcharse, si lo desean.

¿Se debe ocultar la tristeza y el llanto a los niños?

En una situación dolorosa para todos, llorara delante de los niños es normal, además de saludable, si no es un llanto con manifestaciones altamente desgarradoras y cargado de desesperación. Por otra parte, resulta casi imposible ocultar por completo los sentimientos a los niños ya que suelen ser muy perspicaces, y si algo va mal, normalmente lo perciben. Si se exterioriza el dolor, es conveniente explicar que se debe a que se extraña al ser querido, pero ha de añadirse que poco a poco volverá la serenidad.

Que los niños expresen su pena

Ellos, como los adultos necesitan desahogarse y comunicar su angustioso malestar a lo largo del proceso de su duelo. Hay que aceptar con naturalidad su manera propia de expresarse y hasta sus manifestaciones salidas un poco de tono. Conviene favorecer su comunicación verbal y no verbal. Los dibujos, los juegos y demás dinámicas son de gran ayuda. Y, por supuesto, que nunca se sientan solos o aislados. Hay que estimular su vida comunitaria y social.

¿Y DIOS?

Dios, que en su hijo Jesús,  pasó haciendo el bien,  que tocó y sano a los leprosos, que estuvo junto a los más débiles,  que en la cruz de su suplicio perdonó a sus verdugos, que ayudó a sus compañeros tormento, y consoló a los suyos, ¿te va a quitar a tu ser querido?  ¿Te va a querer mal? ¿Te va a abandonar? ¿Te va a probar con el sufrimiento?¿Te va a castigar?

 

Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante (Jn10,10)  

DIOS, BUEN TERAPEUTA

La sabiduría de Dios conoce bien el corazón dolorido del hombre. Él pasó por el duelo de su Hijo Jesús.

Dios sabe que los sufrimientos del hombre –hasta los más irresponsables- no siempre suben al cielo con susurro de plegaria confiada, sino también con voces de enojo, desconcierto y rabia; voces insultantes y provocadoras, que incluso dudan de su existencia.

Y dios es acusado de inepto, de no haber sabido hacer bien el mundo, incluso de no tener corazón humano. ¿Qué padre del mundo iba a consentir para sus hijos lo que él permite? Y casi como venganza, se deja de orar, de creer y de pisar el terreno de Dios, la Iglesia; de tratar con sus representantes…

¡Qué llamativo! Todo esto se lo decimos al Padre de Jesús, al Padre que pasa por el duelo de su Hijo negando, traicionado, abandonado, juzgado, encarcelado, torturado y crucificado por los hombres; a Aquel que da un hogar feliz a nuestro ser querido fallecido; a Aquel que más nos ama y es el mejor amigo de quien se nos murió.

Dios deja que se desahogue el corazón torturado por la herida interna y con su actitud paciente y terapéutica va sanando nuestra dolencia.


DESDE MI SUFRIMIENTO PERDÓN

Perdón por pensar que eras un Dios sin entrañas y sin corazón.

Perdón por creer, Señor, que evadías mi mirada y mi razón.

Perdón por decir:<<Si yo fuera Dios, sería más humano y lo haría mejor>>.

Perdón, Señor, por rebajar tu amor, argumentando:<<Esto es castigo de Dios>>

Perdón por acudir al todopoderoso Dios, ignorando al que en una cruz murió.

Perdón por <<chantajear>> mi curación con limosna, novena o peregrinación.

Perdón, porque pensé en mi dolor; Dios es engaño, quimera, invención.

Perdón, no por ser humano yo, sino por negar tu humanidad, Señor.

 


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