lunes, 27 de enero de 2025

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO CON OCASIÓN DE LA XXXIII JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO. 11 de febrero de 2025


“La esperanza no defrauda”. Este es el lema elegido en el marco de la XXXIII Jornada Mundial del Enfermo, que se celebrará, como cada año, el próximo 11 de febrero, en la memoria litúrgica de la Virgen María de Lourdes, el Papa ha dirigido un mensaje a quienes sufren la enfermedad y a sus acompañantes.

“La esperanza no defrauda; es más, nos hace fuertes en la tribulación”, escribe el Papa. Sin embargo, es consciente de que estas palabras pueden generar interrogantes, sobre todo en quienes enfrentan enfermedades graves o tratamientos inaccesibles. Por ello, el Pontífice invita a meditar sobre tres aspectos fundamentales que manifiestan la presencia de Dios junto a los que sufren: el encuentro, el don y el compartir.

En lo relativo al encuentro, Francisco recuerda que Jesús envió a sus discípulos a anunciar a los enfermos que “el Reino de Dios está cerca de ustedes”. Así, Francisco subraya que incluso la enfermedad, a pesar del dolor, puede convertirse en una oportunidad para encontrar al Señor.

“El tiempo de la enfermedad nos confronta con nuestra fragilidad –física, psicológica y espiritual–, pero también nos hace experimentar la cercanía y la compasión de Dios”, asegura el Santo Padre. En Jesús, que compartió nuestros sufrimientos, encontramos una compañía constante. “Él no nos abandona, y muchas veces nos sorprende con el don de una fortaleza que no creíamos tener”.

“Una experiencia que nos vuelve fuertes”

La enfermedad, explica Francisco, es una experiencia que nos transforma al hacernos más conscientes de que no estamos solos. “Es el hallazgo de una roca inquebrantable a la que podemos aferrarnos para afrontar las tempestades de la vida. Una experiencia que, incluso en el sacrificio, nos vuelve más fuertes”.

Por otro lado, en cuanto al don, Francisco enfatiza que la esperanza es un regalo que proviene de Dios: “Nunca como en el sufrimiento nos damos cuenta de que toda esperanza viene de Dios. Por eso, debemos acogerla y cultivarla, permaneciendo fieles a la fidelidad de Dios”.

El Pontífice señala que la resurrección de Cristo es la clave para entender este don. “Solo en su Pascua encontramos la certeza de que nada podrá separarnos jamás del amor de Dios”. Además, esta esperanza es también una invitación a la fidelidad: “La esperanza nos enseña a confiar, no en nuestras propias fuerzas, sino en la fidelidad de Dios, que nunca nos abandona”.

El tercer aspecto del mensaje papal es el compartir. Para Francisco, los lugares de sufrimiento son, paradójicamente, lugares donde se revela el amor. “Los hospitales, las residencias de ancianos, los hogares donde se cuida a los enfermos se convierten en lugares de intercambio y enriquecimiento mutuo”.

Ángeles de esperanza

El Papa señala cómo, acompañando al enfermo, se pueden aprender lecciones fundamentales. “¡Cuántas veces, junto al que sufre, aprendemos a esperar! ¡Cuántas veces, inclinándonos ante un necesitado, descubrimos el amor!”. En este contexto, cada persona involucrada –familiares, médicos, enfermeros, voluntarios, religiosos– se convierte en un “ángel de esperanza, un mensajero de Dios”.

Finalmente, en el contexto del Jubileo, Francisco subraya el papel especial de los enfermos y quienes los acompañan. “Su caminar juntos es un signo para todos. Es una armonía a veces difícil de realizar, pero precisamente por eso, muy dulce y fuerte, capaz de llevar luz y calor donde más se necesita”.

El Papa anima a toda la comunidad cristiana a abrazar esta misión de esperanza. “En este Jubileo, los enfermos y sus cuidadores tienen una tarea única: recordarnos que la verdadera fortaleza no se encuentra en el éxito o la salud perfecta, sino en la capacidad de compartir el amor de Dios incluso en medio del sufrimiento”.


MENSAJE

 «La esperanza no defrauda» (Rm 5,5)

y nos hace fuertes en la tribulación

Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos la XXXIII Jornada Mundial del Enfermo en el Año Jubilar 2025, en el que la Iglesia nos invita a hacernos “peregrinos de esperanza”. En esto nos acompaña la Palabra de Dios que, por medio de san Pablo, nos da un gran mensaje de aliento: «La esperanza no defrauda» (Rm 5,5), es más, nos hace fuertes en la tribulación.

Son expresiones consoladoras, pero que pueden suscitar algunos interrogantes, especialmente en los que sufren. Por ejemplo: ¿cómo permanecer fuertes, cuando sufrimos en carne propia enfermedades graves, invalidantes, que quizás requieren tratamientos cuyos costos van más allá de nuestras posibilidades? ¿Cómo hacerlo cuando, además de nuestro sufrimiento, vemos sufrir a quienes nos quieren y que, aun estando a nuestro lado, se sienten impotentes por no poder ayudarnos? En todas estas situaciones sentimos la necesidad de un apoyo superior a nosotros: necesitamos la ayuda de Dios, de su gracia, de su Providencia, de esa fuerza que es don de su Espíritu (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1808).

Detengámonos pues un momento a reflexionar sobre la presencia de Dios que permanece cerca de quien sufre, en particular bajo tres aspectos que la caracterizan: el encuentro, el don y el compartir.

1. El encuentro. Jesús, cuando envió en misión a los setenta y dos discípulos (cf. Lc 10,1-9), los exhortó a decir a los enfermos: «El Reino de Dios está cerca de ustedes» (v. 9). Les pidió concretamente ayudarles a comprender que también la enfermedad, aun cuando sea dolorosa y difícil de entender, es una oportunidad de encuentro con el Señor. En el tiempo de la enfermedad, en efecto, si por una parte experimentamos toda nuestra fragilidad como criaturas —física, psicológica y espiritual—, por otra parte, sentimos la cercanía y la compasión de Dios, que en Jesús ha compartido nuestros sufrimientos. Él no nos abandona y muchas veces nos sorprende con el don de una determinación que nunca hubiéramos pensado tener, y que jamás hubiéramos hallado por nosotros mismos.

La enfermedad entonces se convierte en ocasión de un encuentro que nos transforma; en el hallazgo de una roca inquebrantable a la que podemos aferrarnos para afrontar las tempestades de la vida; una experiencia que, incluso en el sacrificio, nos vuelve más fuertes, porque nos hace más conscientes de que no estamos solos. Por eso se dice que el dolor lleva siempre consigo un misterio de salvación, porque hace experimentar el consuelo que viene de Dios de forma cercana y real, hasta «conocer la plenitud del Evangelio con todas sus promesas y su vida» (S. Juan Pablo II, Discurso a los jóvenes, Nueva Orleans, 12 septiembre 1987).

 2. Y esto nos conduce al segundo punto de reflexión: el don. Ciertamente, nunca como en el sufrimiento nos damos cuenta de que toda esperanza viene del Señor, y que por eso es, ante todo, un don que hemos de acoger y cultivar, permaneciendo “fieles a la fidelidad de Dios”, según la hermosa expresión de Madeleine Delbrêl (cf. La speranza è una luce nella notte, Ciudad del Vaticano 2024, Prefacio).

Por lo demás, sólo en la resurrección de Cristo nuestros destinos encuentran su lugar en el horizonte infinito de la eternidad. Sólo de su Pascua nos viene la certeza de que nada, «ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios» (Rm 8,38-39). Y de esta “gran esperanza” deriva cualquier otro rayo de luz que nos permite superar las pruebas y los obstáculos de la vida (cf. Benedicto XVICarta enc. Spe salvi, 27.31). No sólo eso, sino que el Resucitado también camina con nosotros, haciéndose nuestro compañero de viaje, como con los discípulos de Emaús (cf. Lc 24,13-53). Como ellos, también nosotros podemos compartir con Él nuestro desconcierto, nuestras preocupaciones y nuestras desilusiones, podemos escuchar su Palabra que nos ilumina y hace arder nuestro corazón, y nos permite reconocerlo presente en la fracción del Pan, vislumbrando en ese estar con nosotros, aun en los límites del presente, ese “más allá” que al acercarse nos devuelve valentía y confianza.   

3. Y llegamos así al tercer aspecto, el del compartir. Los lugares donde se sufre son a menudo lugares de intercambio, de enriquecimiento mutuo. ¡Cuántas veces, junto al lecho de un enfermo, se aprende a esperar! ¡Cuántas veces, estando cerca de quien sufre, se aprende a creer! ¡Cuántas veces, inclinándose ante el necesitado, se descubre el amor! Es decir, nos damos cuenta de que somos “ángeles” de esperanza, mensajeros de Dios, los unos para los otros, todos juntos: enfermos, médicos, enfermeros, familiares, amigos, sacerdotes, religiosos y religiosas; y allí donde estemos: en la familia, en los dispensarios, en las residencias de ancianos, en los hospitales y en las clínicas.

Y es importante saber descubrir la belleza y la magnitud de estos encuentros de gracia y aprender a escribirlos en el alma para no olvidarlos; conservar en el corazón la sonrisa amable de un agente sanitario, la mirada agradecida y confiada de un paciente, el rostro comprensivo y atento de un médico o de un voluntario, el semblante expectante e inquieto de un cónyuge, de un hijo, de un nieto o de un amigo entrañable. Son todas luces que atesorar pues, aun en la oscuridad de la prueba, no sólo dan fuerza, sino que enseñan el sabor verdadero de la vida, en el amor y la proximidad (cf. Lc 10,25-37).

Queridos enfermos, queridos hermanos y hermanas que asisten a los que sufren, en este Jubileo ustedes tienen más que nunca un rol especial. Su caminar juntos, en efecto, es un signo para todos, «un himno a la dignidad humana, un canto de esperanza» (Bula Spes non confundit, 11), cuya voz va mucho más allá de las habitaciones y las camas de los sanatorios donde se encuentren, estimulando y animando en la caridad “el concierto de toda la sociedad” (cf. ibíd.), en una armonía a veces difícil de realizar, pero precisamente por eso, muy dulce y fuerte, capaz de llevar luz y calor allí donde más se necesita.

Toda la Iglesia les está agradecida. También yo lo estoy y rezo por ustedes encomendándolos a María, Salud de los enfermos, por medio de las palabras con las que tantos hermanos y hermanas se han dirigido a ella en las dificultades:

Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios;
no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades,
antes bien, líbranos de todo peligro,
¡oh siempre Virgen, gloriosa y bendita!

Los bendigo, junto con sus familias y demás seres queridos, y les pido, por favor, que no se olviden de rezar por mí.

Roma, San Juan de Letrán, 14 de enero de 2025

 

                                               FRANCISCO

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