martes, 30 de junio de 2015

LA FAMILIA Y LOS ENFERMOS


PAPA FRANCISCO AUDIENCIA GENERAL Miércoles 10 de junio de 2015 ________________________________________
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
 
Continuamos con las catequesis sobre la familia, y en esta catequesis quisiera tratar un aspecto muy común en la vida de nuestras familias: la enfermedad. Es una experiencia de nuestra fragilidad, que vivimos generalmente en familia, desde niños, y luego sobre todo como ancianos, cuando llegan los achaques. En el ámbito de los vínculos familiares, la enfermedad de las personas que queremos se vive con un «plus» de sufrimiento y de angustia. Es el amor el que nos hace sentir ese «plus». Para un padre y una madre, muchas veces es más difícil soportar el mal de un hijo, de una hija, que el propio. La familia, podemos decir, ha sido siempre el «hospital» más cercano. Aún hoy, en muchas partes del mundo, el hospital es un privilegio para pocos, y a menudo está distante. Son la mamá, el papá, los hermanos, las hermanas, las abuelas quienes garantizan las atenciones y ayudan a sanar.
 
En los Evangelios, muchas páginas relatan los encuentros de Jesús con los enfermos y su compromiso por curarlos. Él se presenta públicamente como alguien que lucha contra la enfermedad y que vino para sanar al hombre de todo mal: el mal del espíritu y el mal del cuerpo. Es verdaderamente conmovedora la escena evangélica a la que acaba de hacer referencia el Evangelio de san Marcos. Dice así: «Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados» (1, 32). Si pienso en las grandes ciudades contemporáneas, me pregunto dónde están las puertas ante las cuales llevar a los enfermos para que sean curados. Jesús nunca se negó a curarlos. Nunca pasó de largo, nunca giró la cara hacia otro lado. Y cuando un padre o una madre, o incluso sencillamente personas amigas le llevaban un enfermo para que lo tocase y lo curase, no se entretenía con otras cosas; la curación estaba antes que la ley, incluso una tan sagrada como el descanso del sábado (cf. Mc 3, 1-6). Los doctores de la ley regañaban a Jesús porque curaba el día sábado, hacía el bien en sábado. Pero el amor de Jesús era dar la salud, hacer el bien: y esto va siempre en primer lugar.
 
Jesús manda a los discípulos a realizar su misma obra y les da el poder de curar, o sea de acercarse a los enfermos y hacerse cargo de ellos completamente (cf. Mt 10, 1). Debemos tener bien presente en la mente lo que dijo a los discípulos en el episodio del ciego de nacimiento (Jn 9, 1-5). Los discípulos —con el ciego allí delante de ellos— discutían acerca de quién había pecado, porque había nacido ciego, si él o sus padres, para provocar su ceguera. El Señor dijo claramente: ni él ni sus padres; sucedió así para que se manifestase en él las obras de Dios. Y lo curó. He aquí la gloria de Dios. He aquí la tarea de la Iglesia. Ayudar a los enfermos, no quedarse en habladurías, ayudar siempre, consolar, aliviar, estar cerca de los enfermos; esta es la tarea.
 
La Iglesia invita a la oración continua por los propios seres queridos afectados por el mal. La oración por los enfermos no debe faltar nunca. Es más, debemos rezar aún más, tanto personalmente como en comunidad. Pensemos en el episodio evangélico de la mujer cananea (cf. Mt 15, 21-28). Es una mujer pagana, no es del pueblo de Israel, sino una pagana que suplica a Jesús que cure a su hija. Jesús, para poner a prueba su fe, primero responde duramente: «No puedo, primero debo pensar en las ovejas de Israel». La mujer no retrocede —una mamá, cuando pide ayuda para su criatura, no se rinde jamás; todos sabemos que las mamás luchan por los hijos— y responde: «También a los perritos, cuando los amos están saciados, se les da algo», como si dijese: «Al menos trátame como a una perrita». Entonces Jesús le dijo: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas» (v. 28).
 
Ante la enfermedad, incluso en la familia surgen dificultades, a causa de la debilidad humana. Pero, en general, el tiempo de la enfermedad hace crecer la fuerza de los vínculos familiares. Y pienso cuán importante es educar a los hijos desde pequeños en la solidaridad en el momento de la enfermedad. Una educación que deja de lado la sensibilidad por la enfermedad humana, aridece el corazón. Y hace que los jóvenes estén «anestesiados» respecto al sufrimiento de los demás, incapaces de confrontarse con el sufrimiento y vivir la experiencia del límite. Cuántas veces vemos llegar al trabajo a un hombre, una mujer, con cara de cansancio, con una actitud cansada y al preguntarle: «¿Qué sucede?», responde: «He dormido sólo dos horas porque en casa hacemos turnos para estar cerca del niño, de la niña, del enfermo, del abuelo, de la abuela». Y la jornada continúa con el trabajo. Estas cosas son heroicas, son la heroicidad de las familias. Esas heroicidades ocultas que se hacen con ternura y con valentía cuando en casa hay alguien enfermo.
 
La debilidad y el sufrimiento de nuestros afectos más queridos y más sagrados, pueden ser, para nuestros hijos y nuestros nietos, una escuela de vida —es importante educar a los hijos, los nietos en la comprensión de esta cercanía en la enfermedad en la familia— y llegan a serlo cuando los momentos de la enfermedad van acompañados por la oración y la cercanía afectuosa y atenta de los familiares.
 
La comunidad cristiana sabe bien que a la familia, en la prueba de la enfermedad, no se la puede dejar sola. Y debemos decir gracias al Señor por las hermosas experiencias de fraternidad eclesial que ayudan a las familias a atravesar el difícil momento del dolor y del sufrimiento. Esta cercanía cristiana, de familia a familia, es un verdadero tesoro para una parroquia; un tesoro de sabiduría, que ayuda a las familias en los momentos difíciles y hace comprender el reino de Dios mejor que muchos discursos. Son caricias de Dios.

jueves, 18 de junio de 2015

EL LUTO EN LA FAMILIA



PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL
(Miércoles 17 de junio de 2015)



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En el itinerario de catequesis sobre la familia, hoy nos inspiramos directamente en el episodio narrado por el evangelista san Lucas, que acabamos de escuchar (cf. Lc 7, 11-15). Es una escena muy conmovedora, que nos muestra la compasión de Jesús hacia quien sufre —en este caso una viuda que perdió a su hijo único—; y nos muestra también el poder de Jesús sobre la muerte.

La muerte es una experiencia que toca a todas las familias, sin excepción. Forma parte de la vida; sin embargo, cuando toca los afectos familiares, la muerte nunca nos parece natural. Para los padres, vivir más tiempo que sus hijos es algo especialmente desgarrador, que contradice la naturaleza elemental de las relaciones que dan sentido a la familia misma. La pérdida de un hijo o de una hija es como si se detuviese el tiempo: se abre un abismo que traga el pasado y también el futuro. La muerte, que se lleva al hijo pequeño o joven, es una bofetada a las promesas, a los dones y sacrificios de amor gozosamente entregados a la vida que hemos traído al mundo. Muchas veces vienen a misa a Santa Marta padres con la foto de un hijo, de una hija, niño, joven, y me dicen: «Se marchó, se marchó». Y en la mirada se ve el dolor. La muerte afecta y cuando es un hijo afecta profundamente. Toda la familia queda como paralizada, enmudecida. Y algo similar sufre también el niño que queda solo, por la pérdida de uno de los padres, o de los dos. Esa pregunta: «¿Dónde está papá? ¿Dónde está mamá?». —«Está en el cielo». —«¿Por qué no la veo?». Esa pregunta expresa una angustia en el corazón del niño que queda solo. El vacío del abandono que se abre dentro de él es mucho más angustioso por el hecho de que no tiene ni siquiera la experiencia suficiente para «dar un nombre» a lo sucedido. «¿Cuándo regresa papá? ¿Cuándo regresa mamá?». ¿Qué se puede responder cuando el niño sufre? Así es la muerte en la familia.

En estos casos la muerte es como un agujero negro que se abre en la vida de las familias y al cual no sabemos dar explicación alguna. Y a veces se llega incluso a culpar a Dios. Cuánta gente —los comprendo— se enfada con Dios, blasfemia: «¿Por qué me quitó el hijo, la hija? ¡Dios no está, Dios no existe! ¿Por qué hizo esto?». Muchas veces hemos escuchado esto. Pero esa rabia es un poco lo que viene de un corazón con un dolor grande; la pérdida de un hijo o de una hija, del papá o de la mamá, es un gran dolor. Esto sucede continuamente en las familias. En estos casos, he dicho, la muerte es casi como un agujero. Pero la muerte física tiene «cómplices» que son incluso peores que ella, y que se llaman odio, envidia, soberbia, avaricia; en definitiva, el pecado del mundo que trabaja para la muerte y la hace aún más dolorosa e injusta. Los afectos familiares se presentan como las víctimas predestinadas e inermes de estos poderes auxiliares de la muerte, que acompañan la historia del hombre. Pensemos en la absurda «normalidad» con la cual, en ciertos momentos y en ciertos lugares, los hechos que añaden horror a la muerte son provocados por el odio y la indiferencia de otros seres humanos. Que el Señor nos libre de acostumbrarnos a esto.

En el pueblo de Dios, con la gracia de su compasión donada en Jesús, muchas familias demuestran con los hechos que la muerte no tiene la última palabra: esto es un auténtico acto de fe. Todas las veces que la familia en el luto —incluso terrible— encuentra la fuerza de custodiar la fe y el amor que nos unen a quienes amamos, la fe impide a la muerte, ya ahora, llevarse todo. La oscuridad de la muerte se debe afrontar con un trabajo de amor más intenso. «Dios mío, ilumina mi oscuridad», es la invocación de la liturgia de la tarde. En la luz de la Resurrección del Señor, que no abandona a ninguno de los que el Padre le ha confiado, nosotros podemos quitar a la muerte su «aguijón», como decía el apóstol Pablo (1 Cor 15, 55); podemos impedir que envenene nuestra vida, que haga vanos nuestros afectos, que nos haga caer en el vacío más oscuro.

En esta fe, podemos consolarnos unos a otros, sabiendo que el Señor venció la muerte una vez para siempre. Nuestros seres queridos no han desaparecido en la oscuridad de la nada: la esperanza nos asegura que ellos están en las manos buenas y fuertes de Dios. El amor es más fuerte que la muerte. Por eso el camino es hacer crecer el amor, hacerlo más sólido, y el amor nos custodiará hasta el día en que cada lágrima será enjugada, cuando «ya no habrá muerte, ni duelo, ni llanto, ni dolor» (Ap 21, 4). Si nos dejamos sostener por esta fe, la experiencia del luto puede generar una solidaridad de los vínculos familiares más fuerte, una nueva apertura al dolor de las demás familias, una nueva fraternidad con las familias que nacen y renacen en la esperanza. Nacer y renacer en la esperanza, esto nos da la fe. Pero quisiera destacar la última frase del Evangelio que hemos escuchado hoy (cf. Lc 7, 11-15). Después que Jesús vuelve a dar la vida a ese joven, hijo de la mamá viuda, dice el Evangelio: «Jesús se lo entregó a su madre». ¡Esta es nuestra esperanza! Todos nuestros seres queridos que ya se marcharon, el Señor nos los devolverá y nos encontraremos con ellos. Esta esperanza no defrauda. Recordemos bien este gesto de Jesús: «Jesús se lo entregó a su madre», así hará el Señor con todos nuestros seres queridos en la familia.

Esta fe nos protege de la visión nihilista de la muerte, como también de las falsas consolaciones del mundo, de tal modo que la verdad cristiana «no corra el peligro de mezclarse con mitologías de varios tipos», cediendo a los ritos de la superstición, antigua o moderna (cf. Benedicto xvi, Ángelus del 2 de noviembre de 2008). Hoy es necesario que los pastores y todos los cristianos expresen de modo más concreto el sentido de la fe respecto a la experiencia familiar del luto. No se debe negar el derecho al llanto —tenemos que llorar en el luto—, también Jesús «se echó a llorar» y se «conmovió en su espíritu» por el grave luto de una familia que amaba (Jn 11, 33-37). Podemos más bien recurrir al testimonio sencillo y fuerte de tantas familias que supieron percibir, en el durísimo paso de la muerte, también el seguro paso del Señor, crucificado y resucitado, con su irrevocable promesa de resurrección de los muertos. El trabajo del amor de Dios es más fuerte que el trabajo de la muerte. Es de ese amor, es precisamente de ese amor, de cual debemos hacernos «cómplices» activos, con nuestra fe. Y recordemos el gesto de Jesús: «Jesús se lo entregó a su madre», así hará con todos nuestros seres queridos y con nosotros cuando nos encontremos, cuando la muerte será definitivamente derrotada en nosotros. La cruz de Jesús derrota la muerte. Jesús nos devolverá a todos la familia.

 

viernes, 5 de junio de 2015

ENCUENTRO DE FINAL DE CURSO DE PASTORAL DE LA SALUD

SECRETARIADO DIOCESANO DE PASTORAL DE LA SALUD
INVITACIÓN PARA FINAL DE CURSO
15 de Junio, lunes, de 2015

(Capilla de las oficinas diocesanas, Logroño)
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Foto de Rafael Gil Vicuña.

  18:00 -TESTIMONIO Y ORACIÓN:

•LA SABIDURÍA DE CORAZÓN COMO CAMINO DE SANACIÓN EN SANTA TERESA DE JESÚS .
(por Rafael Gil Vicuña, director del Secretariado Diocesano de Pastoral de la Salud)


 18:45 - Merienda compartida de los miembros de pastoral de la salud de la diócesis.


XXIII PEREGRINACIÓN DIOCESANA A LOURDES

XXIII PEREGRINACIÓN DIOCESANA A LOURDES CON ENFERMOS
25, 26, 27 y 28 DE JUNIO DEL 2015
 .
AÑO 2015
"LA ALEGRÍA DE LA MISIÓN"
LA HOSPITALIDAD TE AYUDA EN LOURDES- NO TE LO PIENSES, VEN A LOURDES, ANIMAD A VUESTROS AMIGOS Y COMPAÑEROS A VENIR A LOURDES

sábado, 23 de mayo de 2015

CAMINO DE SANACIÓN EN TERESA DE JESÚS


LA SABIDURÍA DE CORAZÓN COMO CAMINO DE SANACIÓN EN TERESA DE JESÚS.

Francisco Javier Sancho Fermín, ocd.

               Universidad de la Mística (Ávila)

 
 
 
Acercarnos a la figura de Teresa de Jesús desde la perspectiva de la pastoral de la salud es,  sin duda, un reto más que interesante y desafiante. Los avances en medicina y la comprensión más integradora de lo que significa la salud, hacen que los místicos adquieran un valor central en el dinamismo de comprensión de la persona humana. Son ellos quienes de una manera más profunda nos adentran en los entresijos de la interioridad humana y de la repercusión que tienen en el desarrollo de la persona una correcta vida espiritual.

En los últimos decenios se ha multiplicado los estudios que hablan de la repercusión positiva que tiene en la salud la práctica de la meditación, y como ésta repercute de manera saludable en el mismo organismo biológico.

Teresa de Jesús ha sido objeto de diversos estudios desde la perspectiva médica desde hace ya más de un siglo. Muchos de esos estudios –especialmente los más alejados en el tiempo-, se han realizado en base a principios que se pueden benignamente designar como “poco científicos”, y cuya la pretensión era la de “tirar por tierra” la experiencia mística teresiana, haciendo depender todos los fenómenos de algún tipo de enfermedad o desorden mental.

El paso del tiempo, y la intervención o visión objetiva de otros profesionales de la salud, generalmente ha desmontado la aparente base científica de esas sentencias médicas, fundadas normalmente en lecturas sesgadas y hasta malintencionadas de la obra teresiana, y de la experiencia mística cristiana.

Nadie pone en duda, y eso porque la misma Santa lo testifica y relata, su poca salud. Sin embargo, y esto resulta mucho más curioso todavía, Teresa es una mujer que aboga por la salud y la vida saludable. De hecho y como dato  constatable anotamos que en su vocabulario aparece 4 veces más la palabra salud (394) que la palabra enfermedad (103).

Mirando a la historia personal de Teresa creo que podemos contemplar dos momentos muy diferentes en su manera de vivir la salud, y en el modo de afrontar la enfermedad o los achaques que de un modo u otro parece que siempre la acompañan.


Momentos que será necesario distinguir para comprender el cambio que una auténtica experiencia de Dios va a producir en ella, convirtiéndose en el fundamento de una vivencia saludable, incluso de la enfermedad y de las limitaciones físicas y psíquicas a las que toda persona, en mayor o menor medida, está sometida.

 

1.      Antes de su conversión.

 
 

 

Cronológicamente hablando se trata de los primeros 40 años de su vida, desde 1515 hasta 1554 aproximadamente. Teresa nos habla de esta etapa de su vida en los primeros 8 capítulos de su “Libro de la Vida”.

Aunque muchos datos no nos ofrece la Santa al respecto, sí que contextualiza con claridad el contexto en el que surgen esas enfermedades. La primera de ellas se da durante su estancia en el convento de Santa María de Gracia, lugar donde su padre –y contra su voluntad- la ingresa para evitar que Teresa siga con una vida frívola de adolescente que amenazaba con poner en grave peligro la “honra” de la familia.

A los pocos meses de su internado Teresa enferma y ha de ser llevada a su casa para recuperarse, además de una estancia más saludable en casa de su hermana, en el pueblecito de Castellanos de la Cañada.

Independientemente del tipo de enfermedad que sufre, sí que podríamos pensar que el factor psicosomático ejerció un inflijo determinante, si bien Teresa llega a afirmar que llego a sentirse a gusto en ese lugar.

Más grave y duradera en el tiempo y por las secuelas que dejará en Teresa, será la enfermedad que años más tarde le obligará a salir del convento de la Encarnación. Teresa, en esa ocasión, ingresa en el monasterio por propia voluntad, aunque contra el deseo de su padre.

Entonces tenía Teresa 20 años. Y aunque aparentemente es una opción libre la que ella toma, ella misma reconoce que en el fondo la motivación última radicaba en un miedo terrible a condenarse o a tener que pasar por el purgatorio. Ella misma lo describe con estas palabras:


“Y aunque no acababa mi voluntad de inclinarse a ser monja, vi era el mejor y más seguro estado. Y así poco a poco me determiné a forzarme para tomarle. En esta batalla estuve tres meses, forzándome a mí misma con esta razón. Que los trabajos y penas de ser monja no podía ser mayor que la del purgatorio, y que yo había bien merecido el infierno; que no era mucho estar lo que viviese como un purgatorio, y que después me iría derecha al cielo, que éste era mi deseo.

Y en este movimiento de tomar estado, más que parece me movía un temor servil que amor .” (Libro de la Vida 4, 5-69)

Tras estas palabras de Teresa descubrimos una situación de presión psicológica y espiritual que no extraña que termine desembocando –no mucho tiempo después de su ingreso- en una nueva enfermedad. Aquí será evidente el factor psicosomático que, unido a otras posibles causas, desemboca en una nueva salida del monasterio. El proceso de esta “enfermedad” será largo y de no fácil identificación por parte de la medicina de su tiempo.  Hasta la llegan a poner en manos de una famosa curandera, cuyos remedios terminarán por ser aún más dañinos para su salud. La apoteosis de la enfermedad llegará  aun especie de paroxismo que la dejará como muerta durante casi 4 días, y prácticamente paralizada en la cama durante más de un año.

Independientemente de los diagnósticos médicos o causas de esta enfermedad, parece evidente que la situación psicológica y de presión interna espiritual que vive Teresa previa a su enfermedad es una situación complicada, que remite a un terrible sentido de culpa y a una frustración profunda del sentido de la vida y de una posible realización personal.

Esta enfermedad, sin embargo, dejará sus secuelas físicas en Teresa, que nunca gozará –desde el punto de vista biológico- de una buena salud. De hecho parece que su sistema inmunológico quedará en cierto sentido debilitado, ya que no dejará de sufrir en muchas ocasiones episodios febriles y frecuentes dolores de cabeza.

Si bien la enfermedad o enfermedades que sufre Teresa  parecen reducir su capacidad operativa, lo cierto es que será también la ocasión para que se le abran nuevas perspectivas y la necesidad de darle un sentido nuevo a su vida. De hecho será en el transcurso de su segunda enfermedad cuando – por diversas mediaciones- comience a practicar la oración de recogimiento, que será la vía que facilitará el que Teresa comience a sobreponerse a su enfermedad.

2. Después de su conversión.





De hecho su capacidad de sobreponerse y de superar la invalidez va a intensificarse en la medida  en que a través del camino de la oración vaya descubriendo el sentido de su dignidad personal y el nuevo rostro de un  Dios misericordioso, amigo, frente al Dios Juez y castigador. Se podría afirmar que estos dos elementos (conocimiento de sí y conocimiento de Dios), van a ser la verdadera medicina para Teresa.

El encuentro personal con Cristo, el crecimiento en la amistad con Dios, va ir forjando en Teresa un modelo diferente de situarse en la vida.

 Si bien es cierto que su “frustración interna” tuvo efectos negativos en su salud física, también es cierto que el encontrar un sentido a su vida y vocación será la fuente de un gozo interior y de su capacidad de posicionarse frente a su debilitada salud de un modo totalmente nuevo. Esto favorecerá una convivencia “saludable” con todos sus problemas físicos. Y esto será una dinámica constante en Teresa hasta su muerte.

 

3.      La salud en la vida cotidiana de Teresa después de la conversión.

 

   Desde el simple acercamiento a su epistolario podemos darnos cuenta de su manera de vivir, ya en la plenitud de su vida espiritual, el tema de la salud y la enfermedad, de su importancia y cómo no sucumbió cuando ésta falta, llevando adelante un modo saludable de afrontar la vida, aún en las limitaciones de la falta de salud.

   El tema  de la salud aparece como una de las preocupaciones más frecuentes en el epistolario teresiano, lo que nos hace ver la importancia que adquiere esta cuestión para Teresa. En casi todas sus cartas hay una preocupación latente por la salud de sus interlocutores, ya sea alegrándose de que está bien, ya sea lamentando su estado de falta de salud, o simplemente preguntando y deseando buena salud.


 
    Hay muchos consejos que ella da desde su experiencia: aguas medicinales, sangrías, buena alimentación, descanso, evitar calores o tejidos más saludables para cada circunstancia, etc… recomienda se coma carne y/ u otros productos si la salud lo requiere, recomienda que se eviten ayunos, penitencias, dormir poco, trabajos excesivos, etc… Y se ha de procurar que todo ayude a la salud del cuerpo, sin demoras:

 

“… A ser para la salud del alma, todo ha de posponerse; más para la del cuerpo es de hartos inconvenientes el hacer este principio, y tantos, que respondí poco a los muchos que se me representan…”(Cartas 91 – fragmento)

 

  Pero nunca cae en la tentación de absolutizar la salud, sino siempre orientada al mayor servicio, y cuando ésta falta, hacer que esa situación se convierta en algo positivo, es decir, que sirva de lección y orientación de cuáles son los valores verdaderos que han de motivar la vida. En este sentido la falta de salud para Teresa puede tener un valor pedagógico-teológico:

 

  “Harto grande será que se vaya entendiendo lo poco que se ha de hacer caso de vida que tan continuo da a entender que es perecedera, y se ame y procure la que nunca se ha de acabar”. (37,2; cf.24, 4;71,2)

 

Y en esta perspectiva trata de ver y enseñarlo todo, como medio que nos ha de llevar a     valorar lo que verdaderamente es fundamental:

 

“Una vez leí en un libro que el premio de los trabajos es el amor de Dios. Por tan precioso

precio , ¿quién no los amará? Así suplico yo a vuestra señoría lo haga, y mire que se acaba

todo presto, y váyase desasiendo de todas las cosas que no han de durar para siempre”.

(38,2) (cf. 136,1; 136,9.10, 137,1; 139,3-4; 143,1; 148, 3-4; 182, 7; 202,6, 213; 311,2; 337,1).

 

  Respecto a su salud personal es un tema que también aparece con frecuencia: sus dolores de cabeza, sus fiebres, las sangrías que le han hecho, dolores de todo tipo, etc… (cf. 14, 1: 17,2; 24,3). Pero sorprende que casi nunca habla de ello en tono de lamento.

 

Hay una aceptación evidente de sus limitaciones (cf.74, 1) y reconoce lo que le ayuda o no,

tanto en lo referente al clima como en alimentación 8cf. 24,3; 70,3;180,4, 185,2). Se nota

que busca cuidarse en la medida de lo posible, pero sin obsesiones en el tema.

 

  También aflora su capacidad de sobreponerse a esos condicionantes, casi siempre porque el Señor da fuerza para ello, y sus ansias de servirlo le ayudan a relativizar los muchos achaques, si bien reconoce que necesita un mínimo de salud para llevar adelante los muchos trabajos (cf.38,2). O como dice ella:

 

“Cuando el Señor ve que es menester para nuestro bien, da salud; cuando no, enfermedad” (24,4),

“Cuando el Señor quiere que alga algo, luego me da más salud” (71,2)

 

 

 

 

Incluso ve como una “gracia” sus males (dimensión pedagógica):

 

 “Cuento a vuestra señoría estos males porque no me culpe si no he escrito  a vuestra señoría, y porque vea que son las mercedes que el Señor me hace en darme lo que siempre le pido.

 

  Cierto, a mí me parecía imposible, luego que aquí vine, poder mi poca salud y flaco natural tanto trabajo, porque los negocios son muy ordinarios de cosas que se ofrecen en estos monasterios y de otras hartas cosas que aun sin esta casa me traían cansada, para que vea que todo se puede en Dios, como dice San Pablo.

 

  Dame en tan en un ser poca salud 8y que con esto lo haga todo, yo me río algunas veces), y déjame sin confesor y tan a solas, que no hay con quién tratar cosa para algún alivio, sino todo con miramiento.

 

 

  Aunque para lo que toca el regalo del cuerpo no ha faltado harta piedad y quien tenga   

  cuidado, y en lugar me han hecho harta limosna, que de la casa sólo pan como, y aun eso  

  no quisiera.” (41,2)

 

   No sólo lo acepta, sino que es capaz de verlo incluso como un valor positivo, una ocasión para crecer. Y se da por bien pagada con ellos:

 

“Trabajos grandes hasta ahora no han faltado y ocupaciones y poquísima salud los inviernos, por ser contraria a mis males esta casa.

 

  Todo lo doy por bien empleado después que veo las mercedes que su Majestad que ha hecho. Deseaba harto que supiese vuestra merced estas nuevas, y si le pudiese ver, consolarme haría mucho. Haga el Señor, en todo lo que sea servido”. (48,39) (cf. 198, 1-2, 230,1;244,4;335,2).

 

4.      La Salud que se forja desde el interior.

 

 


Este acercamiento tan somero a la experiencia y vivencia de la enfermedad en Teresa, pone de manifiesto algo que frecuentemente se olvida en el tema de la salud. La atención a la dimensión espiritual de la persona, donde se forja y se potencia la salud, pero principalmente la actitud saludable ante la vida.

 

Lo importante para Teresa, aún en medio de la posible enfermedad o carencia de salud, es la actitud interior con que se acoge:

 

  “Harto contenta estaba, que me decían tiene vuestra señoría mucha más salud. ¡Oh, si      tuviese un señorío interior como lo tiene exterior, que en poco tendía ya vuestra señoría estos que acá llaman trabajos!; que el miedo que tengo es el daño que hacen en su salud”. (Carta a doña María de Mendoza, en Valladolid Finales marzo 1569).

La gran lección y aporte que Teresa puede dar al mundo de la salud ciertamente nos habla de su experiencia y vivencia de la enfermedad. Pero donde realmente ella puede ofrecer aportes significativos es en la visión global e integral de la persona.

Sólo desde una dinámica que tenga en cuenta todo ser uno, especialmente la dimensión que llena y colma de sentido el todo que constituye la persona humana, se podrá hablar de una atención integral y humanizadora.

   Y seguramente se despertarán en la persona unas actitudes que le harán capaz de vivir de una forma saludable, ya sea con una buena salud física y psíquica, o en medio a la enfermedad.

   En estas páginas sólo hemos hecho insinuaciones que, profundizadas y ampliadas, pueden ofrecer buenas pistas de cara a una pastoral de la salud fundada en la sabiduría del corazón.

PASCUA DEL ENFERMO 2015

sábado, 16 de mayo de 2015

SANTA TERESA DE JESÚS EN LA ENFERMEDAD

 
 El Padre Luis Frontela, carmelita descalzo y vicario provincial de los Carmelitas de Castilla, fue invitado a participar en la XXX Campaña del Enfermo que la Delegación de Pastoral de la Salud organiza durante toda la semana en Valladolid. El Padre Frontela dedico su ponencia a "Santa Teresa en la enfermedad