domingo, 9 de enero de 2022

ACOMPAÑAR EN EL SUFRIMIENTO.VIII En la edad avanzada

 

VIII En la edad avanzada

1. Texto bíblico

Cántico del justo: Sal 92,2-6,13-16

Es bueno dar gracias al Señor

y tocar para tu nombre, oh Altísimo;

proclamar por la mañana tu misericordia

y de noche tu fidelidad,

con arpas de diez cuerdas y laúdes,

sobre arpegios de cítaras.

Tus acciones, Señor, son mi alegría,

y mi júbilo, las obras de tus manos.

¡Qué magníficas son tus obras, Señor,

qué profundos tus designios!

El justo crecerá como una palmera,

se alzará como un cedro del Líbano:

plantado en la casa del Señor,

crecerá en los atrios de nuestro Dios;

en la vejez seguirá dando fruto

y estará lozano y frondoso,

para proclamar que el Señor es justo,

mi Roca, en quien no existe la maldad.

 

2. Reflexión pastoral

La ancianidad

Nuestra vida mortal es un camino que recorremos en este mundo desde nuestra concepción y nacimiento, hasta concluir con el paso a la Casa del Padre. Camino que, si no se trunca antes, puede llegar a ser muy largo. En el andar de nuestra vida, pasamos por diversas épocas y momentos, cada cual con sus afanes y dificultades, con sus gozos y sufrimientos. Marcado muchas veces por la enfermedad y por el progresivo debilitamiento de nuestras facultades, de nuestra salud.

En este caminar, se llega a la edad provecta, cuando al cabo de los muchos años, el cuerpo, por el natural envejecimiento orgánico, va entrando en la última etapa de la vida. La persona va tomando conciencia de que el mundo que lo rodea, y él mismo, están cambiando ostensiblemente. Van apareciendo las limitaciones físicas, psíquicas y sociales. Y llegará un momento en que la persona se volverá dependiente de los demás. De uno mismo depende adaptarse a estas circunstancias cambiantes y aceptar el momento en que nos toca vivir.

Esta aceptación y adaptación se han de construir a lo largo de los muchos años que preceden a la senescencia, desde la juventud, durante la madurez. Este tiempo es el fruto de nuestra preparación anterior, tanto física como mental y espiritual. De nosotros depende, en parte, cómo vivimos este tiempo.

El decaimiento de nuestro cuerpo, la aparición de las enfermedades degenerativas son lastres que nos limitan físicamente. Las pérdidas en todos los órdenes nos anuncian que la muerte se aproxima inexorablemente. Pero hemos de superar esa percepción negativa. La Medicina viene en nuestra ayuda de tal modo que vivimos en un mundo en el que hemos pasado de «dar años a la vida, a dar vida a los años» (OMS). La sociedad está dotando de numerosos recursos sanitarios, sociales y económicos, para aumentar el bienestar de los mayores, colaborando en su envejecimiento saludable.

La etapa final suele estar marcada por la dependencia. La persona mayor necesita ya la ayuda de los demás para las actividades básicas de la vida, en sus diversos grados. Aparece el confinamiento en su domicilio o en el centro socio-sanitario. Las demencias, como la enfermedad de Alzheimer, cada vez son más frecuentes en los ancianos dependientes.

El confinamiento domiciliario puede deberse a numerosos factores: por la demencia o el Alzheimer, las barreras físicas que impiden la comunicación social (pensemos en los numerosos ancianos que viven en pisos sin ascensor…), por vivir solos, el retraimiento ante una sociedad que les es extraña, porque sus familiares no les dejan salir de casa por precaución… Se abre con todo ello una gran fuente de sufrimiento, tanto para el que lo padece, como para quienes lo cuidan.

A medida que el cuerpo se debilita, el espíritu necesita fortalecerse. Cuando la vida exterior queda cada vez más limitada, la vida interior pide ser desarrollada. No nos podemos quedar en las capacidades que van desapareciendo, sino en las que poseemos, y aunque el cuerpo se derrumbe, el espíritu siempre está vivo.

Es el gran momento de la vida espiritual, de la búsqueda del sentido de la vida personal y comunitaria, de la búsqueda de Dios. Ante las últimas etapas de la vida y la cercanía de la muerte, se abre un período vital que invita a adentrarse en las cuestiones más importantes de la vida: en las últimas preguntas. La apertura a la trascendencia sana la conclusión de la inmanencia; lo que esperamos en el otro mundo, da sentido a lo que vivimos en este mundo. La fe da sentido a nuestra vida.

La ancianidad no ha de ser necesariamente causa de sufrimiento, sino un período gozoso de nuestra existencia, vivido en la compañía de nuestros seres queridos. Pero, a veces, no es así y surge la angustia y la infelicidad.

El sufrimiento, en la última etapa vital, viene no sólo por las enfermedades y dolencias orgánicas, sino también por el miedo a nuestro decaimiento y degradación, a la demencia y al Alzheimer. En último término, a la muerte: «también participó Jesús de nuestra carne y sangre, para aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al diablo, y liberar a cuantos, por miedo a la muerte, pasaban la vida entera como esclavos» (Hb 2,14-15).

El acompañamiento a nuestros hermanos que sufren por ser ancianos, especialmente los dependientes, ha de trabajar, así pues, tres momentos: la aceptación de la debilidad, la apertura a la trascendencia y el desarrollo de la vida espiritual y su relación con Dios.

 

Aceptación de la debilidad

El mayor necesita reconciliarse con su situación vital; aceptar, de buen grado, el declinar de la vida y las características propias de la ancianidad, mirando no sólo aquello que está perdiendo o que ya no tiene, sino desarrollando las capacidades de las que aún está dotado. La memoria irá fallando, pero la experiencia se va acrecentando. El vigor físico irá disminuyendo, la paciencia aumentando.

Esta aceptación es el fruto de la madurez que haya adquirido con anterioridad para asumir esta etapa vital. Nuestra felicidad depende, en buen grado, de nuestra preparación anterior.

La Escritura es testigo de esta madurez, de esta sabiduría que da la experiencia de la vida: «¡Qué bien sienta el juicio a los cabellos blancos, y a los ancianos el consejo! ¡Qué bien sienta la sabiduría en los ancianos, y en los nobles la reflexión y el consejo! La rica experiencia es la corona del anciano, y su gloria el temor del Señor» (Sab 25,4-6). «De los ancianos, el saber; de la longevidad, la inteligencia» (Job 12,12). «La gloria de los jóvenes es su vigor; el ornato de los ancianos, los cabellos blancos» (Prov 20,29). «Hijo, desde tu juventud ponte a aprender, y hasta encanecer hallarás sabiduría» (Sab 6,18).

La falta de aceptación, la deficiente disposición para este momento, es una constante fuente de sufrimiento. Si antes no ha habido preparación, aún es el tiempo de la reconciliación y de la aceptación. Ayudémosles con nuestra cercanía y afecto, insistiendo en todas las buenas cualidades que poseen para que las desarrollen en bien suyo y de los que los cuidan.

Apertura a la trascendencia

En el otoño de la vida, cuando este primer mundo entra en el ocaso, quiere abrirse paso el horizonte de la eternidad. Muy frecuentemente, la vida ha estado dominada por los afanes de este mundo, por los mil problemas y contrariedades del tiempo presente, por los trabajos y fatigas con que los hemos afrontado. Ahora se abre con un ímpetu nuevo la dimensión trascendente.

Es el momento de reconciliarse con su historia personal, de autoperdonarse sus muchos errores y equivocaciones, de dar el justo sentido a este mundo. De sentir el perdón infinito y misericordioso de nuestro Dios, que «es rico en piedad y leal» (Sal 86,15). De sentirse profundamente amado por nuestro Dios que es Amor. De tomar conciencia de la inmediatez de esa vida eterna a la que Dios nos está llamando.

El objeto de este momento no es la muerte, sino la vida; no la muerte material, sino la vida eterna. El foco de la cuestión ha de pasar de lo objetivo e inmanente a lo esperado y trascendente. La fe y la esperanza son los fundamentos de la eternidad: «La fe es fundamento de lo que se espera, y garantía de lo que no se ve» (Hb 11,1). Esa fe que nos atestigua «que tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él» (Jn 3,16-17).

Desarrollo de la vida espiritual y su relación con Dios

La trascendencia se tiene que trabajar mediante el desarrollo de la vida espiritual. En el declinar de la vida, los valores humanos cambian poderosamente. Desaparecen vanas ilusiones y proyectos. Se va tomando conciencia de la precariedad y finitud de lo que nos rodea. La dependencia es un poderoso recordatorio de que se está en la antesala del fin. Es un momento propicio para intensificar nuestra vida interior. El tiempo, ese bien que antes era tan escaso o mal empleado, es ahora muy abundante.

Nuestro propio ser nos invita a dedicarlo a estar con Dios, a contemplarlo, a orar. Aunque la tentación de malgastarlo en vaciedades o en no hacer nada, sigue siendo muy potente. Dios viene a nuestro encuentro para llenar nuestro corazón de su amor. Está llamando a la puerta, está deseando que le abramos. Es el gran momento de la persona orante, de vivir intensamente nuestra relación con ese Dios que está siempre con nosotros.

Acompañamiento pastoral

El acompañamiento en estos momentos, debe tener como objetivo intensificar la vida espiritual, dando relevancia a la oración personal y a la participación en los sacramentos, así como en la Eucaristía.

La vida de oración, en sus múltiples y diversas formas, nos religa con ese Dios bueno, tierno y compasivo, que siempre nos está acompañando y cuidando con su amor que sobrepasa toda medida y que quiere que creamos y confiemos en él. Es importante insistir en el desarrollo de esta vida orante como antídoto contra la soledad y el sufrimiento de la ancianidad, como excelente medio para aumentar nuestra débil fe y acrecentar nuestra esperanza en la vida eterna a la que nos está llamando.

El sacramento de la reconciliación permite limpiarnos de tantas manchas y errores que acumulamos, así como de sentir el infinito perdón misericordioso de nuestro Dios. También ayuda a reconciliarnos con nosotros mismos, derramando sobre nuestros corazones lastimados el dulce bálsamo de su misericordiosa compasión.

La Santa Unción, tiene también un gran valor en la ancianidad pues, «el hombre necesita de una especial gracia de Dios, para que, dominado por la angustia, no desfallezca su ánimo, y sometido a la prueba, no se debilite su fe. Por eso Cristo fortalece a sus fieles enfermos con el sacramento de la Unción fortaleciéndolos con una firmísima protección. Puede darse la Santa Unción a los ancianos, cuyas fuerzas se debilitan seriamente, aun cuando no padezcan una enfermedad grave» (Ritual de la Unción y Pastoral de los Enfermos 4.11).

Los fieles ancianos suelen tener una especial predilección por la participación en la santa Misa, tanto presencialmente como participando de la misma por los medios de comunicación. Debe insistirse en esta dimensión que vincula al anciano con la comunidad eclesial y con Dios, del mismo modo que en la recepción del Sacramento Eucarístico, alimento que nos fortalece contra el desánimo y el sufrimiento. El acompañamiento pastoral hará bien con tener siempre muy presente esa doble dimensión de la Eucaristía.

Para los ancianos que tienen dificultades para salir de sus domicilios, es importante garantizar su acompañamiento pastoral, en el que se debe abundar en las visitas domiciliarias, a ser posible semanales, sin olvidar el contacto telefónico o los nuevos medios de comunicación personal, que se están implantando pastoralmente en diversos lugares, con excelente resultado. Estas visitas regulares y personales permitirán realizar un acompañamiento que se puede extender durante muchos años, con excelente fruto tanto para el mayor que es visitado, como para sus cuidadores y familiares, así como para el propio agente pastoral que realiza esta hermosa misión.

 

 

3. Cuestiones para reflexionar

  1. ¿Qué dificultades encontramos para que el acompañamiento pastoral llegue a las personas mayores que viven recluidas en su domicilio?
  2. En nuestro acompañamiento pastoral ¿qué recursos ofrecemos para intensificar la vida espiritual de nuestros ancianos y dependientes?
  3. ¿Qué podemos hacer nosotros para mejorar el acompañamiento a las personas que sufren por ser muy mayores o dependientes?

 

4. Para orar

¡Señor, nuestro Dios, cuida de nuestros mayores!

¡Señor, nuestro Dios!,

hay tantos mayores

que sufren la soledad,

el abandono de sus seres queridos,

el dolor de la enfermedad,

la angustia ante la muerte…

¡Señor, nuestro Dios!,

hay tantos dependientes

que viven encerrados en sus casas,

confinados en sus domicilios,

sin nadie que les visite,

sin una mano amiga que los acaricie…

¡Señor, nuestro Dios!,

hay tantos ancianos

de los que no se acuerda nadie,

que no son visitados ni acompañados,

cuyos lamentos llegan hasta ti,

cuyo dolor y amargura sólo tú conoces…

¡Señor, nuestro Dios!,

hay tantos hijos tuyos

que necesitan ser acompañados,

ser escuchados y comprendidos,

oír palabras de aliento y consuelo,

sentirse amados y queridos…

¡Señor, nuestro Dios!,

envíanos a nuestros mayores

para que les llevemos con cariño

tu mensaje eterno de amor,

la firme confianza en ti,

la esperanza que no defrauda.

¡Señor, nuestro Dios,

cuida de nuestros mayores!

Amén.

 

 

 


 

ACOMPAÑAR EN EL SUFRIMIENTO. VII En la soledad

 

VII En la soledad

1. Texto bíblico



Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?: Sal 22, 2-6.10-12.20.23-26

Dios mío, Dios mío,

¿por qué me has abandonado?

A pesar de mis gritos,

mi oración no te alcanza.

Dios mío, de día te grito, y no respondes;

de noche, y no me haces caso.

Porque tú eres el Santo

y habitas entre las alabanzas de Israel.

En ti confiaban nuestros padres;

confiaban, y los ponías a salvo;

a ti gritaban, y quedaban libres;

en ti confiaban, y no los defraudaste.

Tú eres quien me sacó del vientre,

me tenías confiado en los pechos de mi madre;

desde el seno pasé a tus manos,

desde el vientre materno tú eres mi Dios.

No te quedes lejos,

que el peligro está cerca

y nadie me socorre.

Pero tú, Señor, no te quedes lejos;

fuerza mía, ven corriendo a ayudarme.

Contaré tu fama a mis hermanos,

en medio de la asamblea te alabaré.

“Los que teméis al Señor, alabadlo;

linaje de Jacob, glorificadlo;

temedlo, linaje de Israel;

porque no ha sentido desprecio ni repugnancia

hacia el pobre desgraciado;

no le ha escondido su rostro:

cuando pidió auxilio, lo escuchó”.

Él es mi alabanza en la gran asamblea.

 

2. Reflexión pastoral

Soledad

Solemos relacionar la soledad con la idea de estar solo, con la falta de compañía, con el hecho de no tener a nadie al lado. Entendida así, la soledad puede ser positiva o negativa. En sentido positivo, todas las personas pasamos cierto tiempo a solas todos los días, e incluso la buscamos para pensar o descansar, para orar, para estar con Dios, de tal forma que la soledad es una experiencia que nos resulta atrayente y deseable en muchos casos. Jesús mismo se retiraba Él solo frecuentemente a orar a Dios: «en aquellos días, Jesús salió al monte a orar y pasó la noche orando a Dios» (Lc 6,12).

Pero también hay circunstancias y momentos en los que la falta de compañía nos causa tristeza y malestar. Lo importante no es que estemos o no en compañía de alguien, sino que nos sintamos solos. A nadie nos gusta sentirnos solos. El sentimiento de soledad se produce cuando la persona no se siente acompañada vitalmente. Es siempre una experiencia desagradable, incómoda y dolorosa que puede darse incluso estando en compañía.

Sentimiento de soledad

Efectivamente, estar junto a otras personas no impide el sentimiento de soledad, ya que ésta depende, especialmente, de cómo sea la relación que tengamos con los demás. Por ello, no nos sirve de mucho tener compañía si sentimos que se nos rechaza, no se nos escucha o no se nos valora. De hecho, un anciano se puede sentir más solo en una residencia rodeado de multitud de gente, que cuando vivía sin compañía en su casa. Además, el sufrimiento que produce la soledad es mucho más fuerte cuando creemos que durará mucho en el tiempo o que será para siempre.

Este sufrimiento es algo muy personal y, ante circunstancias externas aparentemente similares, las personas pueden reaccionar de manera muy diferente, pues las hay que se sienten bien, mientras que otras padecen una dolorosa soledad. Bien sabemos que se puede sentir soledad a cualquier edad, pero es mucho más frecuente en las personas mayores, pues se es más proclive a sufrirla conforme se avanza en edad.

La Escritura nos previene contra la soledad y del valor de la compañía: «Más vale ser dos que uno, pues sacan más provecho de su esfuerzo. Si uno cae, el otro lo levanta; pero ¡pobre del que cae estando solo, sin que otro pueda levantarlo! Lo mismo si dos duermen juntos: se calientan; pero si uno está solo, ¿cómo podrá calentarse? Si a uno solo pueden vencerle, dos juntos resistirán. “Una cuerda de tres cabos no es fácil de romper”» (Ecl 4,9-12).

Hay numerosas circunstancias que favorecen la aparición de la soledad humana con el tiempo. Una de las más importantes es el fallecimiento de los seres queridos con los que se convivía (cónyuge, padres, hermanos, hijos), que produce la pérdida del apoyo afectivo y emocional, que antes se tenía, y que ahora obliga a vivir sin compañía. También se favorece la soledad cuando se vive lejos de la familia o no se tiene buena relación con ella. La familia íntima es el gran apoyo que todos deberíamos tener para sentirnos queridos y protegidos. No hay nada tan importante como vivir con nuestra propia familia que nos cuida y protege.

El sufrimiento de la soledad es agravado cuando no se reconoce, o no se pide o admite la ayuda de otras personas. Con frecuencia, la persona que se siente sola no lo manifiesta, por diferentes motivos, lo cual hace que no se reciba la ayuda de la que podría disponer. Creer que la soledad es algo que viene dado por la edad, puede justificar una actitud pasiva y la falta de esfuerzo para solucionarlo, lo que cronifica la soledad.

La pandemia que estamos padeciendo, ha originado y agravado la soledad en numerosas personas. Sus consecuencias se alargarán en el tiempo.

Ya el libro del Génesis afirma en su comienzo: «El Señor Dios se dijo: “No está bien que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada”» (Gn 2,18). La soledad no es buena para nadie. Es una situación que a todos nos hace sufrir pues va contra nuestra propia naturaleza: el hombre es un ser social. El hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios y, por ello, necesita vivir unido a los otros, más aún, sentirse acompañado y amado, de sus seres queridos, de Dios.

Acompañando la soledad

El acompañamiento en el sufrimiento de la soledad no querida tiene dos grandes vertientes: junto al humano y social, nosotros estamos llamados a proporcionar el acompañamiento pastoral. Son muchas las organizaciones sociales, públicas y privadas, que ofrecen diversas formas de acompañamiento a las personas mayores o en situación de soledad, mediante el voluntariado o los diversos recursos asistenciales. La labor de Caritas puede ser muy grande en este sentido.

Proporcionar personas y servicios que acompañen, asistan y cuiden a las personas, puede aliviar la soledad, pero no son suficientes para eliminar su sufrimiento. Su labor es muy importante y necesaria, han de ser promocionadas y valoradas, pero no suelen alcanzar el núcleo del problema.

El sufrimiento de la soledad radica en la falta de sentirse amado, querido, comprendido. Dios nos ha creado por amor y para amar. El hombre sólo puede ser feliz si se siente amado, por los que están con él, pero también por Dios. Todos necesitamos la compañía de alguien que nos quiera, y, más aún, los que están sufriendo la soledad de la vejez o de la incomprensión de los que les rodean.

Soledad humana, compañía de Dios

En la dura soledad –y el olvido a veces de los suyos– sienten la necesidad de la compañía amiga y querida, incluso –lo cual es mayor amargura– aunque tengan presente la verdad de que Dios está a su lado, les quiere y los acompaña, no los deja abandonados en la soledad, pero no sienten su consuelo y compañía.

Cristo mismo quiso sumergirse en el sufrimiento de la soledad –por puro amor a todos nosotros– para así poder com-padecer a todos sus hermanos que pasan por la soledad y el abandono. Cristo, clavado y suspendido del leño, agonizando y abandonado de los hombres –incluso de sus amigos, de los apóstoles– se sumergió en la más profunda y angustiosa soledad, pero nunca se oscureció el amor del Padre que está en Él: «A la hora nona, Jesús gritó con voz potente: Elí, Elí, lemá sabaqtaní (es decir: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”)» (Mt 27,46).

En el supremo momento, Jesús citó expresamente el Salmo 22, en el que, tras el absoluto grito de sufrimiento, viene un canto de incondicional confianza en Dios: «Tú eres quien me sacó del vientre, me tenías confiado en los pechos de mi madre; desde el seno pasé a tus manos, desde el vientre materno tú eres mi Dios. No te quedes lejos, que el peligro está cerca y nadie me socorre. Pero tú, Señor, no te quedes lejos; fuerza mía, ven corriendo a ayudarme. Contaré tu fama a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré. Los que teméis al Señor, alabadlo; linaje de Jacob, glorificadlo; temedlo, linaje de Israel; porque no ha sentido desprecio ni repugnancia hacia el pobre desgraciado; no le ha escondido su rostro: cuando pidió auxilio, lo escuchó. Él es mi alabanza en la gran asamblea» (Sal 22,10-12.20.23-26).

El Hijo de Dios quiso participar de nuestra soledad humana, entregarse al dolor y al abandono de los suyos para, en ese amor que no tiene medida, liberarnos de lo que nos amenaza: el dolor, la enfermedad, la soledad, el sufrimiento, la muerte. Mirando a Cristo, vemos también en Él el amor de Dios, el amor del Padre que nos acompaña y que nunca nos deja solos ni nos abandona.

Compañía consoladora de Dios

También nosotros, en la soledad y abandono de los hombres, estamos llamados a sentir la presencia vital, consoladora y vivificante de Dios. Podemos estar solos, pero nunca nos abandona Dios, nunca estaremos solos de Dios. De ahí que sea tan importante, en nuestra labor de acompañamiento pastoral, reforzar en el que sufre la vivencia de la reconfortante y consoladora compañía de Dios.

Tenemos muchos hermanos nuestros que experimentan, a la vez, esa soledad humana y esa compañía divina. El Cardenal Antonio Cañizares cuenta una historia muy aleccionadora:

«Me quedó esto muy claro en la siguiente anécdota: Era Arzobispo de Granada y visitaba en visita pastoral el pueblo más alto de España, en las Alpujarras granadinas de su Sierra Nevada Trevélez, como tengo por costumbre en mis visitas pastorales de visitar a los enfermos y a los que sufren una mayor soledad, fui a visitar a una ancianica en la parte más alta de Trevélez. Era viuda, de más de ochenta años, no tenía hijos, ni sobrinos ni nadie con ella; vivía en una vivienda con un sola habitación donde cabía la mesa, la cama, tres sillas, un hornillo de gas, el baño de dos por dos estaba fuera en la calle, con una luz tenue de 25 vatios, sobre la mesa un rosario y unas estampas de la Virgen de las Angustias y un Cristo; cuando entré le dije: “¡qué solica que está usted!”, y dándome una gran lección, me repuso, con la sonrisa en los labios y ojos de alegría: “Solica sí, pero no de Dios”, señalándome las dos estampas y el rosario. ¡Qué bien había comprendido esta ancianica la verdad de que Dios no nos deja solos, que está con nosotros y nos acompaña en la soledad; aquella bonísima mujer que tenía a Dios con ella y vivía de Dios y le invocaba con la oración no se sentía sola, sino acompañada por Dios y le hablaba y le rezaba. Esta es la verdad de Dios y del hombre: lo ama y no lo deja solo, en la soledad sentimos su compañía y su consuelo al invocarle» (Antonio Cañizares, Carta a los Enfermos 2020).

Al acompañar a nuestros hermanos que están solos, ancianos y enfermos, estamos llamados a hacerles presente no sólo nuestra compañía tierna y cordial –invirtiendo mucho tiempo y esfuerzo para aliviarlos y que se sientan comprendidos y queridos–, sino también a que vean a través de nosotros, de nuestra compañía y afecto, que Dios los quiere, que no están solos –ni de nosotros ni de Dios– y así se sientan reconfortados con la alegría de Dios, que no quiere el sufrimiento ni la soledad.

 

 

3. Cuestiones para reflexionar

  1. Muchas personas cercanas a nosotros están sufriendo la soledad ¿cómo nos podemos acercar a ellas para acompañarlas? ¿Qué dificultades tenemos para realizar este acompañamiento?
  2. ¿Somos conscientes de que el acompañamiento pastoral es igualmente necesario para la persona que sufre la soledad, que el acompañamiento humano y social?
  3. ¿Qué podemos hacer para que nuestros hermanos que sufren la soledad se puedan encontrar con Cristo que siempre les está acompañando y que nunca les abandona?

 

4. Para orar

En la soledad de Cristo

 ¡Oh, Cristo!,

que clavado en la Cruz

sufriste el abandono

de tus amigos, de tus discípulos,

de los que tanto tiempo

acompañaste tú por los caminos.

¡Oh, Cristo!,

que en tu soledad

incluso te sentiste abandonado

por lo que más quieres,

por quien lo es todo para ti,

por tu Padre, por tu Dios.

¡Oh, Cristo!,

que en tu sufrimiento

te sentiste acompañado

por quienes más amabas

en este mundo lleno de dolor:

por tu madre, por tu discípulo amado.

 ¡Oh, Cristo!,

que clavado en la Cruz

siempre confiaste en tu Padre,

ayúdanos a llevar tu confianza

a nuestros hermanos que sufren

en la soledad de sus cruces.

 ¡Oh, Cristo!,

que bien conoces nuestras cruces:

déjanos que te acompañemos,

con María y tus seres queridos,

a quien, como tú,

se siente solo y abandonado.

Amén.

 

 

 


 

ACOMPAÑAR EN EL SUFRIMIENTO. VI De la palabra a la Palabra

 

VI De la palabra a la Palabra

1. Texto bíblico


Lo que digáis sea bueno, constructivo y oportuno: Ef 4,29-32.

Malas palabras no salgan de vuestra boca; lo que digáis sea bueno, constructivo y oportuno, así hará bien a los que lo oyen. No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios con que él os ha sellado para el día de la liberación final. Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda maldad. Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo.

 

Bendito sea Dios, Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo: 2 Cor 1,3-7.

¡Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo, que nos consuela en cualquier tribulación nuestra hasta el punto de poder consolar nosotros a los demás en cualquier tribulación, mediante el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios! Porque lo mismo que abundan en nosotros los sufrimientos de Cristo, abunda también nuestro consuelo gracias a Cristo.

De hecho, si pasamos tribulaciones, es para vuestro consuelo y salvación; si somos consolados, es para vuestro consuelo, que os da la capacidad de aguantar los mismos sufrimientos que padecemos nosotros. Nuestra esperanza respecto de vosotros es firme, pues sabemos que, si compartís los sufrimientos, también compartiréis el consuelo.

 

2. Reflexión pastoral

Palabra y acompañamiento

El acompañamiento en el sufrimiento requiere de la escucha activa y empática, que ha de llevarnos a comprender el sufrimiento del prójimo, y a hacernos copartícipes del mismo mediante la com-pasión que nace del amor de Dios. El silencio, con su elocuencia, también es muy importante para acercarnos al hombre que sufre. Todos necesitamos ser profundamente escuchados, comprendidos y amados.

Pero el acompañamiento necesita algo más, requiere de una palabra oportuna que, partiendo de la realidad que vive y siente el que pasa por momentos de angustia y dolor, le llene de lo que tanto necesita: el sentido de su sufrimiento, de cómo afrontarlo, de la esperanza.

Pronunciamos muchas palabras a lo largo de cada día. La mayoría son neutras, indiferentes, pero también hay palabras buenas y malas. Hay palabras que iluminan, otras llevan a la oscuridad; unas dan esperanza, otras la arrebatan; unas dan vida, otras dan muerte.

Palabra buena, constructiva y oportuna

El apóstol Pablo nos exhorta: «Malas palabras no salgan de vuestra boca; lo que digáis sea bueno, constructivo y oportuno, así hará bien a los que lo oyen. No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios con que él os ha sellado para el día de la liberación final» (Ef 4, 29-30).

La palabra «buena, constructiva y oportuna», no suele ser fácil de manifestar porque cada persona requiere una palabra distinta, adecuada a sus circunstancias vitales, una palabra que le ayude a vivir en el sufrimiento y que le consuele interiormente, una palabra que le permita luchar contra el desánimo y la desesperanza, una palabra que contribuya a construir su vida aun en esas difíciles condiciones.

Son palabras que surgen de la escucha compasiva del que sufre y del silencio atento, de comprender qué es lo que le ocurre y sus causas, del aprecio y cercanía del que tenemos a nuestro lado.

Las buenas palabras nacen del corazón; de la propia experiencia que tiene el acompañante cuando, a su vez, ha sido acompañado; de la sabiduría que da la experiencia de la vida iluminada por Cristo. Sabiduría que procede del Espíritu Santo y que mueve nuestro corazón para ayudar a nuestros hermanos.

Sólo un corazón de carne, que se conmueve con los sufrimientos del prójimo, es capaz de pronunciar esas palabras. Sólo un corazón compasivo y misericordioso puede llegar a lo más profundo del corazón herido del prójimo. Un corazón que no juzga, sino que siempre perdona. Un corazón como el de Jesús, que arde en llamas de amor vivo por todos nosotros.

Son los sentimientos que el apóstol Pablo siempre nos recomienda: «Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda maldad. Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo» (Ef 4, 31-32).

Ya el libro de los Proverbios insistía en la grandeza de las buenas palabras, del consejo oportuno: «Respuestas adecuadas alegran al hombre, resulta agradable la palabra oportuna» (Prov 15,23); «Manzana de oro con adornos de plata, la palabra dicha a su tiempo. Anillo de oro y collar de oro fino, un sabio consejo a quien sabe escuchar» (Prov 25,11-12).

Si, en un momento dado, no somos capaces de dar esa palabra de aliento, llena de sentido y oportunidad, o no fuera conveniente, recurramos a la gran virtud del silencio. No es imprescindible dar siempre una palabra al que sufre, muchas veces nuestra sola compañía, cariño y afecto es más efectiva y constructiva que una palabra mediocre o intempestiva. Como muy bien dice el libro del Eclesiastés: «Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo: tiempo de callar, tiempo de hablar» (Ecle 3,1.7).

Palabra consoladora

Nuestros hermanos necesitan una palabra de consolación, pero de verdadero consuelo, no palabras vacías y vanas que ningún bien hacen y a las que estamos tan dados a utilizar. Ni tampoco medias verdades o falsas “mentiras piadosas”. Quien sufre necesita un mensaje de verdad y de vida, de amor y esperanza.

El mismo Pablo, en una impresionante bendición a Dios, proclama, lleno de alegría: «¡Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo, que nos consuela en cualquier tribulación nuestra hasta el punto de poder consolar nosotros a los demás en cualquier tribulación, mediante el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios!» (2 Cor 1,3-4).

Las palabras consoladoras que Dios nos encomienda llevar al que sufre, que salen de nuestro propio corazón herido y consolado, no son sino las que Él mismo pronuncia sobre nosotros. También nosotros hemos sufrido y sufrimos por muchas causas. Tal vez no sean por enfermedades y dolencias –o sí, porque al cabo de los años todos experimentamos la debilidad de nuestro ser humano–. Tal vez no nos produzcan un sufrimiento tan grande como aquél al que queremos poner remedio –o sí, tal vez estamos padeciendo de manera semejante, quién sabe– pero, ciertamente todos nosotros tenemos la experiencia de ser consolados por nuestro Dios.

Nadie puede dar lo que no tiene. No podemos consolar si no somos consolados, si no nos sentimos profundamente confortados en nuestros problemas y tribulaciones. No es necesario, para experimentar la fuerza del consuelo divino, que éste sea idéntico a aquél al que queremos aliviar. Sufrimientos hay muchos, y de muy diverso tipo, consuelo sólo hay verdaderamente uno, el de Dios.

Al acompañar y compartir los sufrimientos del prójimo, al llevar la palabra buena y oportuna, también compartimos el consuelo que Dios derrama sobre sus hijos. Y así, con san Pablo: «Nuestra esperanza respecto de vosotros es firme, pues sabemos que, si compartís los sufrimientos, también compartiréis el consuelo» (2 Cor 1,7), el mismo consuelo que nosotros recibimos de nuestro «Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo» (2 Cor 1,3).

El mensaje consolador del acompañante debe favorecerse y cultivarse mediante la cercanía de su corazón, así como la calidez de su tono de voz, la mansedumbre del estilo de sus frases y sus gestos afectuosos. Así se ha de favorecer una comunicación entre corazones que tienda a suscitar la fe, como dijo san Pablo: «la fe nace del mensaje que se escucha, y la escucha viene a través de la Palabra de Cristo» (Rm 10,17).

Palabra de Dios

Tengamos siempre presente que la mejor palabra consoladora –que podemos ofrecer al que sufre– es la Palabra de Dios, que siempre es viva y eficaz. Palabra alentadora que el Señor quiere hacer llegar al que sufre, no sólo por medio de la lectura de la Sagrada Escritura, sino también a través del acompañante pastoral, del agente humano al que hace portador de su mensaje salvífico, pues Él despliega su poder a través de la palabra humana.

La palabra de la consolación resuena con fuerza en la Biblia como mandato divino para todos nosotros: «Consolad, consolad a mi pueblo –dice vuestro Dios–, hablad al corazón de Jerusalén» (Is 40,1), como precepto que debe guiar nuestro caminar con nuestros hermanos que sufren. Recordemos que la mejor fuente de estas balsámicas palabras se encuentra en el texto sagrado, pues «las Sagradas Escrituras pueden darte la sabiduría que conduce a la salvación por medio de la fe en Cristo Jesús. Toda Escritura es inspirada por Dios y además útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté preparado para toda obra buena» (2 Tim 3,15-17). Y una de las más excelentes obras buenas es, precisamente, consolar al que sufre.

Palabra y oración

Nuestra labor de acompañamiento puede llevarnos a un momento de oración que recoja tanto el sufrimiento de nuestro hermano como el consuelo divino, como nos recuerda el Papa Francisco en la Evangelii gaudium: «Si parece prudente y se dan las condiciones, es bueno que este encuentro fraterno y misionero termine con una breve oración que se conecte con las inquietudes que la persona ha manifestado. Así, percibirá mejor que ha sido escuchada e interpretada, que su situación queda en la presencia de Dios, y reconocerá que la Palabra de Dios realmente le habla a su propia existencia» (EG 128).

 

 

Palabra y Eucaristía

Esta misma Palabra de Dios alcanza su máxima expresión en la Eucaristía, «fuente y culmen de toda la vida cristiana» (LG 11), que contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, todo consuelo. La Iglesia tiene bien presente que «toda la evangelización está fundada sobre la Palabra de Dios, escuchada, meditada, vivida, celebrada y testimoniada. Las Sagradas Escrituras son fuente de la evangelización. Es indispensable que la Palabra de Dios sea cada vez más el corazón de toda actividad eclesial. La Palabra de Dios escuchada y celebrada, sobre todo en la Eucaristía, alimenta y refuerza interiormente a los cristianos y los vuelve capaces de un auténtico testimonio evangélico en la vida cotidiana. La Palabra proclamada, viva y eficaz, prepara la recepción del Sacramento, y en el Sacramento esa Palabra alcanza su máxima eficacia» (EG, 174).

 

3. Cuestiones para reflexionar

  1. «Lo que digáis sea bueno, constructivo y oportuno», ¿qué dificultades encontramos para que la palabra con la que acompañamos a los que sufren sea verdaderamente buena, constructiva y oportuna?
  2. ¿Somos conscientes de que con nuestras palabras transmitimos el consuelo con el que consolamos al que sufre, que es el mismo consuelo con el que Dios nos consuela a nosotros?
  3. ¿Nos preocupamos de que la Palabra de Dios sea la guía de nuestras palabras consoladoras, o las reducimos a simples palabras humanas?

 

4. Para orar

De la palabra a la Palabra

 ¡Oh, buen Jesús!,

pon en mis labios,

palabras llenas de vida,

voces colmadas de ternura,

susurros henchidos de afecto.

¡Oh, buen Jesús!,

pon en mis labios,

buenas palabras que consuelen,

que construyan y reparen

los corazones desgarrados.

 ¡Oh, buen Jesús!,

pon en mis labios,

esas palabras oportunas,

pronunciadas en el momento justo,

que tanto bien hacen a quien las oye.

¡Oh, buen Jesús!,

pon en mis labios,

tu Palabra consoladora,

llena de sabiduría y ternura,

con la fuerza de tu amor misericordioso.

¡Oh, buen Jesús!,

Palabra eterna del Padre,

luz verdadera que iluminas

nuestros sufrimientos y dolores,

nuestras angustias y amarguras.

¡Oh, buen Jesús!,

Palabra que te hiciste carne,

ayúdanos a recibirte en la fe

para hacernos hijos de Dios

y contemplemos un día tu gloria.

¡Oh, buen Jesús!,

Palabra que nos amas,

llénanos de tu sabiduría,

envíanos a nuestros hermanos que sufren,

haznos mensajeros de tu amor.

Amén.

 

sábado, 8 de enero de 2022

ACOMPAÑAR EN EL SUFRIMIENTO. V Escuchar, comprender

 

V Escuchar, comprender

1. Texto bíblico

Amo al Señor, porque escucha mi voz suplicante: Sal 116, 1-15

Amo al Señor, porque escucha

mi voz suplicante,

porque inclina su oído hacia mí

el día que lo invoco.

Me envolvían redes de muerte,

me alcanzaron los lazos del abismo,

caí en tristeza y angustia.

Invoqué el nombre del Señor:

«Señor, salva mi vida».

El Señor es ben1igno y justo,

nuestro Dios es compasivo;

el Señor guarda a los sencillos:

estando yo sin fuerzas, me salvó.

Alma mía, recobra tu calma,

que el Señor fue bueno contigo:

arrancó mi alma de la muerte,

mis ojos de las lágrimas,

mis pies de la caída.

Caminaré en presencia del Señor

en el país de los vivos.

Tenía fe, aun cuando dije:

«¡Qué desgraciado soy!».

Yo decía en mi apuro:

«Los hombres son unos mentirosos».

¿Cómo pagaré al Señor

todo el bien que me ha hecho?

Alzaré la copa de la salvación,

invocando el nombre del Señor.

Cumpliré al Señor mis votos

en presencia de todo el pueblo.

Mucho le cuesta al Señor

la muerte de sus fieles.

 

2. Reflexión pastoral

Escuchar en silencio

Al acercarnos a la persona que sufre, con ese amor encarnado que es la ternura, necesitamos que nos transmita, que nos haga partícipes de lo que encierra su corazón, de esos problemas, enfermedades o situaciones vitales que le hacen pasar por el oscuro valle del sufrimiento. Para ello, hemos de abrir nuestros oídos, nuestros ojos y nuestro corazón para poder captar su lamento, compartir su sufrimiento.

El libro de Job es elocuente testimonio de estos primeros momentos del acompañamiento: «Tres amigos de Job, al enterarse de las desgracias que le habían sobrevenido, acudieron desde sus respectivos países. Eran Elifaz de Temán, Bildad de Súaj y Sofar de Naamat, que se pusieron de acuerdo para ir a compartir su pena y consolarlo. Al verlo de lejos y no reconocerlo, rompieron a llorar, se rasgaron el manto y echaron polvo sobre sus cabezas y hacia el cielo. Después se sentaron con él en el suelo y estuvieron siete días con sus noches, pero ninguno le decía nada, viendo lo atroz de su sufrimiento» (Jb 2,11-13).

Los amigos de Job acuden sin ser llamados, para compartir su dolor y sufrimiento. No hay ninguna palabra, sólo silencio. Silencio del que sufre, silencio del que lo acompaña.

El poderoso grito del silencio llega a lo más hondo de nuestro corazón. Los sentimientos más profundos muchas veces no requieren palabras que los expresen, sino un gesto afectuoso que los compartan. Nuestra simple compañía, física y emocional, ya hace un gran bien a quien necesita tenernos a su lado.

Cuando nuestro hermano sufre en silencio, cuando no puede expresar en palabras su lamento, el mejor acompañamiento que le podemos dar, en un primer momento, es, precisamente, respetar su silencio, compartir su silencio.

El silencio es una gran virtud, nunca lo olvidemos, aunque no estemos acostumbrados al mismo. Demasiadas veces lo rehuimos, como si no pudiéramos convivir con él, y preferimos caer en el ruido, impulsados a pronunciar demasiadas palabras que no llevan a ningún sitio.

Cada momento del sufrimiento de nuestro prójimo tiene una respuesta en nuestro acompañamiento. Hemos de respetar los procesos y los tiempos. Como ya dijo el libro del Eclesiastés: «Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo: Tiempo de nacer, tiempo de morir; tiempo de plantar, tiempo de arrancar; tiempo de matar, tiempo de sanar; tiempo de destruir, tiempo de construir; tiempo de llorar, tiempo de reír; tiempo de hacer duelo, tiempo de bailar; tiempo de arrojar piedras, tiempo de recogerlas; tiempo de abrazar, tiempo de desprenderse; tiempo de buscar, tiempo de perder; tiempo de guardar, tiempo de arrojar; tiempo de rasgar, tiempo de coser; tiempo de callar, tiempo de hablar» (Ecle 3,1-7).

 

Escuchar a quien sufre

Tras el silencio, la palabra. La palabra de quien sufre. Él necesita transmitirnos en qué consiste su sufrimiento, qué es lo que le aqueja y llena su corazón de dolor y amargura. Necesita comunicarnos sus angustias, necesita que le oigamos y escuchemos, no sólo con nuestros oídos, sino con nuestro corazón.

Como nos dice el Papa Francisco en Evangelii gaudium: «Más que nunca necesitamos de hombres y mujeres que, desde su experiencia de acompañamiento, conozcan los procesos donde campea la prudencia, la capacidad de comprensión, el arte de esperar, la docilidad al Espíritu, para cuidar entre todos a las ovejas que se nos confían. Necesitamos ejercitarnos en el arte de escuchar, que es más que oír. Lo primero, en la comunicación con el otro, es la capacidad del corazón que hace posible la proximidad, sin la cual no existe un verdadero encuentro espiritual. La escucha nos ayuda a encontrar el gesto y la palabra oportuna que nos desinstala de la tranquila condición de espectadores. Sólo a partir de esta escucha respetuosa y compasiva se pueden encontrar los caminos de un genuino crecimiento, despertar el deseo del ideal cristiano, las ansias de responder plenamente al amor de Dios y el anhelo de desarrollar lo mejor que Dios ha sembrado en la propia vida» (EG 171).

Escuchar y comprender

El arte de escuchar, que es más que oír, implica la escucha activa, requiere la actitud de ponernos en la situación existencial del otro, de captar sus ideas, pensamientos, emociones y sentimientos, que subyacen a lo que está diciendo; de vivir en su experiencia vital y comprender lo que siente. Saber escuchar es difícil, pues requiere un esfuerzo superior al que se hace al hablar y, claro está, del que oye sin intentar comprender lo que oye.

Comprender es hacer propio lo que se entiende, lo que se nos quiere transmitir, es tomar consciencia del sufrimiento ajeno, descubriéndolo en su sentido profundo y así actuar en consecuencia. Sólo podremos compartir si comprendemos por qué sufre. No es fácil comprender al prójimo porque nuestros propios valores y emociones perturban nuestra capacidad de empatía, esa capacidad por la que penetramos en el corazón del otro, poniéndonos nosotros como “entre paréntesis”, para poder acompañar al otro en su camino, en sus mismos pasos. Requiere un esfuerzo intenso para captar el mensaje profundo que nos quiere revelar, pero ese esfuerzo bien vale la pena.

«En este mundo los ministros ordenados y los demás agentes pastorales pueden hacer presente la fragancia de la presencia cercana de Jesús y su mirada personal. La Iglesia tendrá que iniciar a sus hermanos –sacerdotes, religiosos y laicos– en este «arte del acompañamiento», para que todos aprendan siempre a quitarse las sandalias ante la tierra sagrada del otro («Dijo Dios: “quítate las sandalias de los pies, pues el sitio que pisas es terreno sagrado” cf. Ex 3,5)» (EG 169).

La escucha afectuosa y comprensiva requiere respetar la libertad y los sentimientos del que sufre. Pero no se puede quedar ahí, sino que ha de ir encauzada a liberarlo de su sufrimiento. Por ello, es necesario que se sienta comprendido. No sólo que lo escuchemos activamente y lo entendamos empáticamente, sino que experimente que comprendemos y compartimos lo que siente. A veces, puede ser difícil que se sienta comprendido en su sufrimiento, porque en realidad lo que desea es verse liberado del mismo, pero es misión nuestra transmitirle e insistirle en que sí que lo comprendemos y estamos a su lado para acompañarlo. Lo cual puede requerir un nuevo esfuerzo.

Recordemos el consejo del apóstol Santiago, que tan gran bien nos hará a todos nosotros: «tened esto presente, mis queridos hermanos: que toda persona sea pronta para escuchar, lenta para hablar» (St 1,19).

Escuchar el sufrimiento

Para comprender a nuestro hermano que sufre, también hemos de escuchar el clamor que le dirige a Dios. La expresión de sus pensamientos y sentimientos más importantes no puede quedarse sólo en el plano humano, en sus dolencias y enfermedades, en sus dificultades y tribulaciones, sino que incluye también su dimensión trascendente, su relación con Dios. Escuchar requiere abrirnos a cómo vive su alma lo que le está aconteciendo.

Tengamos bien presente que la escucha pastoral es un paso necesario en esa finalidad última que es la de ayudar a nuestro hermano a darle el sentido último a su sufrimiento, a afianzar su confianza en ese Dios bueno que se preocupa de todos sus hijos, pero especialmente de los necesitados, de los enfermos, de los que sufren.

Tenemos que darle a nuestro caminar el ritmo sanador de projimidad, con una mirada respetuosa y llena de compasión pero que al mismo tiempo sane, libere y aliente a madurar en la vida cristiana» (EG 169).

Oigamos, pues, el clamor que se eleva a Dios en el sufrimiento, dejemos que el corazón herido llore sus desgracias y acompañémoslo con nuestra fe y esperanza. Si el mismo Job elevó su grito desconsolado ante Dios y lloró amargamente todas sus desdichas, si el salmista proclama: «Tenía fe, aun cuando dije: “¡Qué desgraciado soy!”» (Sal 116,10), escuchemos también el lamento de nuestro hermano que sufre y unámonos con él en la oración, pidiendo la ayuda del Espíritu Consolador para que venga en su ayuda y derrame en su corazón lastimado el consuelo que sólo de Dios procede.

 

3. Cuestiones para reflexionar

  1. El silencio es una gran virtud, ¿sabemos escuchar en silencio a nuestro hermano que sufre, o somos incapaces de permanecer en silencio y necesitamos imperiosamente hablar cuando acompañamos al que sufre?
  2. La escucha activa y empática tiene como finalidad comprender a nuestro hermano, ¿intentamos comprenderlo en lo más profundo de su sufrimiento o preferimos que no nos transfiera sus quejas y temores?
  3. Cuando escuchamos a nuestro hermano que sufre, ¿abrimos nuestro corazón a escuchar sus lamentos que eleva a Dios, sin juzgarlo ni infravalorarlos?

 

4. Para orar

Para que pueda escuchar

¡Oh Señor!,

haz silencio en mi alma,

para que pueda escuchar

los amargos lamentos,

el lloro contenido,

el gemido del enfermo,

el quejido de la soledad.

¡Oh Señor!,

abre mis duros oídos,

para que pueda escuchar

el suspiro del abatido,

el sollozo del moribundo,

el lamento del duelo,

el llanto de sus seres queridos.

¡Oh Señor!,

hazme comprender el corazón,

para que pueda escuchar

y dar la palabra de aliento,

el afectuoso consejo,

la voz en la que resuena el clamor,

el consuelo que viene de Dios.

¡Oh Señor,

abre mi corazón

para que te escuche en quien sufre!

Amén.