lunes, 15 de enero de 2024

4. SUFRIMIENTO PSICOLÓGICO: "LA SANACIÓN COMIENZA CON LA ESCUCHA"

 

1. Textos bíblicos

“Esto dice el Señor: Gritad de alegría por Jacob, regocijaos por la flor de los pueblos; proclamad, alabad y decid: ¡El Señor ha salvado a su pueblo, ha salvado al resto de Israel! Los traeré del país del norte, los reuniré de los confines de la tierra. Entre ellos habrá ciegos y cojos, lo mismo preñadas que paridas: volverá una enorme multitud. Vendrán todos llorando y yo los guiaré entre consuelos; los llevaré a torrentes de agua, por camino llano, sin tropiezos. Seré un padre para Israel, Efraín será mi primogénito. Escuchad, pueblos, la palabra del Señor, anunciadla en las islas remotas: El que dispersó a Israel lo reunirá, lo guardará como un pastor a su rebaño. Entonces se alegrará la doncella en la danza, gozarán los jóvenes y los viejos; convertiré su tristeza en gozo, los alegraré y aliviaré sus penas” (Jer 31, 7-10, 13).

«Tres amigos de Job, al enterarse de las desgracias que le habían sobrevenido, acudieron desde sus respectivos países. Eran Elifaz de Temán, Bildad de Súaj y Sofar de Naamat, que se pusieron de acuerdo para ir a compartir su pena y consolarlo. Al verlo de lejos y no reconocerlo, rompieron a llorar, se rasgaron el manto y echaron polvo sobre sus cabezas y hacia el cielo. Después se sentaron con él en el suelo y estuvieron siete días con sus noches, pero ninguno le decía nada, viendo lo atroz de su sufrimiento» (Jb 2,11-13).

2. Reflexión

“Comprendo a las personas que tienden a la tristeza por las graves dificultades que tienen que sufrir, pero poco a poco hay que permitir que la alegría de la fe comience a despertarse, como una secreta, pero firme confianza, aun en medio de las peores angustias" (Francisco, Exhortación Apostólica “Evangelii gaudium”, 6). La “superación” de esos estados de ánimo, de tanta tristeza y desesperanza, pasa por permitir que la fe nos abra el camino a la esperanza. Y, el conocimiento de la fe está ligado a la escucha del “Dios fiel, que establece una relación de amor con el hombre y le dirige la Palabra (…). San Pablo utiliza una fórmula que se ha hecho clásica: fides ex auditu, la fe nace del mensaje que se escucha (Rm 10, 17) (Francisco, “Lumen fidei”, 29).

La sanación de tanta tristeza y sufrimiento psicológico requiere abrir el oído del corazón a Dios que escucha mi voz suplicante (Sal 114), y reconocerle en la Palabra de Dios, escucharle, y Él convertirá nuestra tristeza en gozo, y nos alegrará y aliviará nuestras penas, Él nos guiará entre consuelos. La sanación, entonces, pasa por anunciar la presencia del que es la causa de nuestra alegría, por abrir el oído a esta Palabra: “estad alegres, el Señor está cerca” (Flp 4,4). San Pablo nos exhorta a “estar alegres” y nos da el motivo: “el Señor está cerca”. Benedicto XVI, en una meditación improvisada tras el rezo de la Hora Tercia al comenzar la primera Congregación general del Sínodo de los Obispos el 4-X-2005, nos hacía una reflexión en este sentido, que vale la pena repetir en parte, aunque la cita sea un poco larga: “En una vida tan atormentada como era la suya -se refiere a San Pablo-, una vida llena de persecuciones, de hambre, de sufrimientos de todo tipo, sin embargo, una palabra clave queda siempre presente: “estad alegres” (…). Nace aquí la pregunta: ¿es posible ordenar la alegría? La alegría, quisiéramos decir, llega o no llega, pero no puede ser impuesta como un deber. Y aquí nos ayuda pensar en el escrito más conocido sobre la alegría de las Cartas paulinas, estad alegres porque “el Señor está cerca” (…) Si el amado, el amor, el más grande don de mi vida, me es cercano, si puedo estar convencido que quien me ama está cerca de mí, aunque esté afligido, queda en el fondo del corazón la alegría que es más grande que todos los sufrimientos. (…) Y así este imperativo, en realidad, es una invitación a darse cuenta de la presencia del Señor en nosotros. Es la conciencia de la presencia del Señor. El apóstol busca hacernos conscientes de esta presencia de Cristo - escondida pero bastante real - en cada uno de nosotros. Para todos nosotros son verdaderas las palabras del Apocalipsis: llamo a tu puerta, escúchame, ábreme. Es, por esto, una invitación a ser sensibles por esta presencia del Señor que toca a mi puerta. No debemos ser sordos a Él, porque los oídos de nuestros corazones están tan llenos de tantos ruidos del mundo que no podemos escuchar esta silenciosa presencia que toca a nuestras puertas. (…) Él toca a la puerta, está cerca de nosotros y así está cerca la verdadera alegría que es más potente que todas las tristezas del mundo, de nuestra misma vida”.

La sanación también pasa por la palabra humana, por saber decir cómo estamos, no tanto lo que nos pasa, por ser capaces de identificar los temores y tristezas, y manifestarlos. Ciertamente no siempre es sencillo abrir el corazón y mostrar el sufrimiento que llevamos, porque, como dice Alberto Cano Arenas (SJ) en su artículo: “El libro de Job y el ministerio pastoral”, publicado en La Civiltà Cattolica (2023): “muchas veces nunca sabremos la verdadera razón de nuestro sufrimiento”, además “nunca sabemos completamente lo que el ser humano que tenemos delante está sufriendo en su interior”. Por ello es preciso abrir a “quienes sufren – en su cuerpo, en su mente o en su espíritu - un espacio genuino para escuchar el grito de sus sufrimientos”, para acoger “sin limitaciones, censuras ni falsas prudencias una diversidad de voces que no siempre son fáciles de escuchar. Porque el dolor humano en ocasiones se vuelve enormemente difícil de sostener. Y, no obstante, la escucha del dolor propio constituye, para quien sufre, una importante necesidad y puede abrirle el camino para una ulterior sanación: ¡ojalá que hubiera quien me escuchara!”. Por esto es preciso mantenernos “abiertos a las diferentes voces que aparecen en los encuentros con las personas sufrientes” algo que “nos dispone a aceptar la complejidad que experimenta el ser humano en los momentos de dolor”. No olvidar que es preciso “entender el enorme coste personal que supone mantener en silencio el sufrimiento para no mostrar la propia vulnerabilidad”.

Decir y oír es el inicio de la sanación, “porque una palabra es, ante todo, una relación, mucho más que un concepto” (Fabio Rosini, “El arte de una vida sana”). La palabra oída o pronunciada establece y supone una relación y una comunión personal. Dios cuando nos habla no sólo se revela ¡Se nos da Él mismo! “Es necesario haber tenido la experiencia de que el Señor tiene el poder de dar la vida allí donde nosotros la hemos perdido. Y cuando tenemos esta experiencia podemos ver que muchos que parecen muertos, acabados, agotados, rotos, irremediablemente destrozados, son personas que en realidad pueden despertar” (ibíd.).

3. Para la reflexión en grupo

  1. Para ayudar a aliviar las penas y el sufrimiento psicológico ¿por qué es importante el reconocimiento de nuestra propia fragilidad?
  2. ¿Qué diferencia hay entre oír y escuchar al que sufre? ¿Por qué es importante escucharle?
  3. ¿Cómo ayudar a quien sufre a abrir el corazón al Padre de todo consuelo?
  4. ¿Cómo facilitar al que sufre abrirse a comunicar sus sufrimientos?

 

 

3. SUFRIMIENTO PSICOLÓGICO: PERSPECTIVA ANTROPOLÓGICA Y BÍBLICA

 


I Sufrimiento psicológico: perspectiva antropológica y bíblica.

1. Textos bíblicos

“No te abandones a la tristeza, ni te atormentes con tus pensamientos. La alegría de corazón es vida para el hombre y la felicidad le alarga los días. Distrae tu alma y consuela tu corazón, aparta de ti la tristeza; pues la tristeza ha perdido a muchos, y no se saca ningún provecho de ella”. (Eclo 30,21-23).

“En verdad, en verdad os digo: vosotros lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría. La mujer, cuando va a dar a luz, siente tristeza, porque ha llegado su hora; pero, en cuanto da a luz al niño, ni se acuerda del apuro, por la alegría de que al mundo le ha nacido un hombre. También vosotros ahora sentís tristeza; pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría” (Jn 16, 20-22).

Salmo 116

Amo al Señor, porque escucha

mi voz suplicante,

porque inclina su oído hacia mí

el día que lo invoco.

Me envolvían redes de muerte,

me alcanzaron los lazos del abismo,

caí en tristeza y angustia.

Invoqué el nombre del Señor:

«Señor, salva mi vida».

El Señor es benigno y justo,

nuestro Dios es compasivo;

el Señor guarda a los sencillos:

estando yo sin fuerzas, me salvó.

Alma mía, recobra tu calma,

que el Señor fue bueno contigo:

arrancó mi alma de la muerte,

mis ojos de las lágrimas,

mis pies de la caída.

Caminaré en presencia del Señor

en el país de la vida.

2. Reflexión

Diversas causas han provocado un aumento de ansiedad, de sentimientos de tristeza, desesperanza y desánimo, dificultades del sueño, de la comunicación o del reconocimiento y gestión de las emociones… Todo ello nos hace redescubrir nuestra vulnerabilidad y volver nuestra mirada al “Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo” (2 Cor 1, 3).

En noviembre de 2020, el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral publicó un documento: “Acompañar a personas con sufrimiento psicológico en el contexto de la pandemia covid-19”, que puede ayudarnos a centrar la reflexión y el diálogo sobre el sufrimiento psicológico desde una perspectiva más bíblica y antropológica. Hemos seleccionado algunos párrafos. El documento completo lo podemos encontrar en la dirección de internet: https://www.humandevelopment.va/es/news/2021/accompagnare-le-persone-in-sofferenza-psicologica-nel-contesto-d.html

·         La sensación de desasosiego y de desamparo, la depresión, ataques de pánico y ansiedad, insomnio, la dificultad para manejar los propios estados emocionales…, han provocado un aumento de conductas negativas.

·         Una ansiedad cotidiana se ha apoderado de nuestras vidas, crea alteraciones de comportamiento.

·         Estar presente junto a los que sufren en su cuerpo y su mente es parte integral de la misión evangélica de la Iglesia; si quisiera evadir esta obligación, traicionaría su identidad profunda. Este compromiso de presencia que ama y sana con esperanza se refiere a toda la Iglesia y no puede ser delegada exclusivamente a especialistas del sector: capellanes de hospitales, profesionales sociosanitarios, congregaciones religiosas o asociaciones específicas.

·         El sufrimiento, incluso psíquico y espiritual, pertenece a la experiencia humana. La dimensión espiritual y la dimensión psicológica tienen muchos puntos de conexión; podemos y debemos fomentar el encuentro entre todos los actores para promover el bien de quienes sufren en soledad.

·         La Iglesia, desde el principio, puede y debe madurar la conciencia de que cada miembro se convierte en un experto en el arte de las relaciones que se inspira en el amor fraterno y se nutre del de Dios.

·         La soledad física se ha convertido también en soledad espiritual, haciéndonos olvidar el misterio de nuestra creación como comunión y comunidad de personas y el misterio de la fraternidad que nos une como hermanos y hermanas de un solo Padre, en Cristo.

·         Este sufrimiento interior se ve amplificado por el hecho de que uno debe “arreglárselas solo”, sin los demás.

·         El aislamiento y el individualismo a menudo pueden acrecentar el sufrimiento mental, mientras que la naturaleza dinámica y fructífera de la vida comunitaria puede traer consuelo y alegría, incluso en medio del duelo y del dolor.

·         Uno no puede salvarse solo: la fraternidad es la única forma de construir el futuro. Es el momento oportuno para avivar una nueva imaginación de lo posible, para impulsar dinámicas que puedan testimoniar la nueva vida que el Señor quiere generar en este momento concreto de la historia, para construir una civilización del amor.

·         Se trata de la capacidad de actuar todos juntos en comunión, de una presencia que sepa ver, que interceda y sepa tejer con paciencia relaciones que lleven a cada uno a dar su respuesta sanadora.

·         El sufrimiento psicológico nunca se reduce a un dolor que pueda tratarse con medios farmacológicos; es una soledad que solo la Palabra – recibida y compartida – puede curar y sanar.

·         La Palabra de Dios, en el relato bíblico y en la predicación de Jesús, expresa la paciencia del Padre, que llama a cada uno a la vida y la confianza, mientras atraviesa la preocupación y la muerte.

·         Las dolorosas condiciones en las que muchos se encuentran a lo largo de su existencia, a veces los llevan al límite de su fuerza física y psíquica. Sólo la amistad fiel y la cercanía fraterna pueden ofrecerles el “agua fresca” de la esperanza, que eleva y consuela.

·         Cualquiera que sea la forma de escuchar y acompañar a las personas que sufren, no se puede separar de la oración.

·         El acompañamiento pastoral a las personas con sufrimiento psíquico debe estar vinculado a la catequesis sobre el poder terapéutico y salvífico de los sacramentos de la Iglesia que facilitan el encuentro con Cristo venido para curar a los contritos de corazón, como médico corporal y espiritual.

3. Para la reflexión en grupo

1.      ¿Cómo podemos reconocer los sufrimientos psicológicos de las personas que tenemos más próximas?

2.      En la relación con las personas que padecen desánimo, tristeza, desesperanza… ¿sabemos escuchar con paciencia, haciéndonos cargo de sus sentimientos?

3.      ¿Cómo podemos ser instrumentos de consuelo y portadores de esperanza frente al desánimo y la tristeza?

4.      ¿Reconocemos la importancia de ponerles delante del Dios, Padre de todo consuelo, en nuestra oración?

5.      ¿Nos preparamos para tejer con paciencia relaciones que lleven a cada uno a dar su respuesta sanadora?

6.      ¿Maduramos en la conciencia de que hemos de crecer en el arte de las relaciones que se inspira en el amor fraterno y se nutre del de Dios?


 

2. COMPASIÓN Y ESPERANZA

 

1. Texto bíblico

Somos consolados para consolar: 2 Cor 1,3-7

«¡Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo, que nos consuela en cualquier tribulación nuestra hasta el punto de poder consolar nosotros a los demás en cualquier lucha, mediante el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios! Porque lo mismo que abundan en nosotros los sufrimientos de Cristo, abunda también nuestro consuelo gracias a Cristo. De hecho, si pasamos tribulaciones, es para vuestro consuelo y salvación; si somos consolados, es para vuestro consuelo, que os da la capacidad de aguantar los mismos sufrimientos que padecemos nosotros. Nuestra esperanza respecto de vosotros es firme, pues sabemos que si compartís los sufrimientos, también compartiréis el consuelo».

2. Reflexión pastoral

Consolad, consolad a mi pueblo

En la Sagrada Escritura resuena, con toda su fuerza, la llamada de Dios a consolar a los que sufren. El Libro de la Consolación, del profeta Isaías, se abre con ese deseo –y mandato divino– de que nosotros participemos en el ministerio de la consolación: «Consolad, consolad a mi pueblo –dice vuestro Dios–; hablad al corazón de Jerusalén, gritadle» (Is 40,1-2).

La palabra “consolar” en hebreo significa, en sentido causal, “hacer respirar”, hacer recuperar el aliento en una situación de dolor, de miedo; consolar es ayudar a una persona deprimida, maltratada, rota hasta el punto de no ser capaz de recuperar el aliento, a respirar nuevamente. La etimología hebrea resalta ese aspecto físico-psicológico de la consolación: volver a respirar, sentir alivio. Se aplica a la vivencia subjetiva, mental, del sufrimiento, pero incorporando claramente sus connotaciones corporales; es bien sabido que, en la mentalidad hebrea, el cuerpo y la mente-espíritu son inseparables, forman una unidad.

Su traducción al griego (parakaleo, paraklesis), insiste en la acepción de alentar, exhortar, sostener, confortar a los que sufren. La animación y la exhortación nos hacen sentir, efectivamente, la solidaridad, nos ayudan a vencer la soledad, nos confortan, nos consuelan.

Nuestra palabra “consolar” viene del latín consolari formado por el prefijo con- “unión, cooperación” y el verbo solari, “aliviar, calmar, apaciguar”. Significa, por ello, “estar unidos en el alivio”: aliviar, confortar, reconfortar, desahogar, animar, alentar, calmar, tranquilizar, serenar.

Consolar es, precisamente, una de las acciones que mejor puede definir el acompañamiento pastoral de quien sufre un trastorno mental, así como de sus familiares y cuidadores, de sus seres queridos, que con tanta abnegación lo están cuidando.

Consuelo de Dios

El cristiano, unido a Cristo, es consolado justamente en el momento más duro de su sufrimiento, como tan bien lo expresa san Pablo: «¡Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo, que nos consuela en cualquier tribulación nuestra hasta el punto de poder consolar nosotros a los demás en cualquier lucha, mediante el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios! Porque lo mismo que abundan en nosotros los sufrimientos de Cristo, abunda también nuestro consuelo gracias a Cristo» (2 Cor 1,3-5).

Esta consolación no se recibe pasivamente; es simultáneamente alivio, animación, exhortación. La única fuente de la consolación es Dios (2 Cor 1,3.4). Él es el único que verdaderamente puede aliviar, animar y serenar nuestro débil ser, nuestro cuerpo dolorido, nuestra mente hundida en el sufrimiento; el único que puede reanimar, dar esperanza y construir un nuevo modo de vivir a quien pasa por la noche oscura de las alteraciones mentales.

Sentir el consuelo

Este consuelo lo recibimos por medio de Cristo (2 Cor 1,5), que sufre con cada hermano nuestro que sufre, y que quiere que participemos con Él en esta hermosa misión. Nosotros mismos también necesitamos ser consolados y fortalecidos en medio de nuestro estrés laboral, de nuestra tensión diaria, de nuestra ansiedad habitual, de nuestras depresiones reactivas, de nuestros agobios y angustias: de nuestros sufrimientos.

Nadie puede decir, verdaderamente, que disfruta del “mayor estado de bienestar mental” –como bien quiere expresar la definición de la Organización Mundial de la Salud– pues nuestra salud mental siempre anda muy amenazada por los mil problemas de la vida, y por los condicionamientos de nuestro propio cuerpo y mente.

Por eso mismo, nosotros, que también participamos del sufrimiento mental –en algún grado, nadie está exento del mismo– experimentamos cómo nuestro buen Dios infunde en nuestras almas, en nuestro espíritu, el suave bálsamo del Espíritu Consolador, confortándonos en las ansiedades de nuestra vida, en aquellas en las que a cada uno le toca vivir.

Compartir el consuelo

Sentir, en lo más profundo de nuestro ser, ese consuelo que sólo de Dios procede, de ese «Dios que consuela a los afligidos» (2 Cor 7,6) –el único que verdaderamente puede curar nuestro espíritu dolorido–, es el primer paso para que también nosotros podamos llevar ese mismo consuelo a cuantos pasan por el valle del sufrimiento, de la angustia que comporta el trastorno mental: «¡Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo, que nos consuela en cualquier tribulación nuestra hasta el punto de poder consolar nosotros a los demás en cualquier lucha, mediante el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios» (2 Cor 1,3-4).

Consuelo y paciencia

La paciencia –que tan necesaria es siempre en toda acción pastoral– nos sostiene y nos da perseverancia en nuestro acompañamiento a quien está necesitando de una mano consoladora que lo reanime y sostenga. De nosotros, que, aunque nos veamos pobres y débiles –y, a veces con algunos de esos sufrimientos– somos, en virtud de la fe, fuertes en Cristo. De ahí que san Pablo nos exhorte y nos estimule vivamente:

«Nosotros, los fuertes, debemos sobrellevar las flaquezas de los endebles y no buscar la satisfacción propia. Que cada uno de nosotros busque agradar al prójimo en lo bueno y para edificación suya… a fin de que a través de nuestra paciencia y del consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza. Que el Dios de la paciencia y del consuelo os conceda tener entre vosotros los mismos sentimientos, según Cristo Jesús; de este modo, unánimes, a una voz, glorificaréis al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. Por eso, acogeos mutuamente, como Cristo os acogió para gloria de Dios» (Rom 15,1-2.4-7).

La paciencia nos ayuda a esperar, a confiar, y a poder ser sembradores de paz y de alegría, de serenidad en los momentos difíciles, de transmitir esa fortaleza de ánimo, que recibimos de Dios, a quienes nos rodean, a quienes más la necesitan. «Como elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia. Sobrellevaos mutuamente» (Col 3,12-13).

Siempre debemos pedir al Señor que nos revista de ese don, pues toda paciencia es poca cuando acompañamos a un enfermo depresivo, ansioso, obsesivo o con trastorno de la personalidad, a quien padece un trastorno mental. Y también debemos pedirla para sus seres queridos, que, a veces, sufren más que el propio paciente y que se les agota en sus fuerzas humanas.

Tratamiento médico y psicológico

En nuestra misión de acompañamiento pastoral, no hemos de perder de vista la necesidad, que tiene para el enfermo, de seguir el pertinente tratamiento. En efecto, a diferencia de las enfermedades orgánicas en que, generalmente, los enfermos son conscientes de la importancia de seguir el tratamiento facultativo, en algunos de estos trastornos mentales, el enfermo no es consciente de su padecimiento o es reacio a ser tratado.

Por ello, hemos de tener bien presente la importancia de insistir –ante el enfermo y sus familiares– en que, siguiendo el tratamiento prescrito por los médicos y con la adecuada terapéutica psicológica, la mayoría de estos trastornos pueden mejorar o incluso desaparecer. Aunque algunas enfermedades mentales son crónicas, y de tratamiento largo e incierto, y de difícil adherencia, todas pueden mejorar clínicamente si se sigue fielmente lo prescrito por los profesionales sanitarios. Recordemos la enseñanza del libro del Eclesiastés:

«Honra al médico por los servicios que presta, que también a él lo creó el Señor. Del Altísimo viene la curación. El Señor hace que la tierra produzca remedios, y el hombre prudente no los desprecia. Con sus medios el médico cura y elimina el sufrimiento, con ellos el farmacéutico prepara sus mezclas. Y así nunca se acaban las obras del Señor, de él procede el bienestar sobre toda la tierra. Hijo, en tu enfermedad, no te desanimes, sino ruega al Señor, que él te curará. Aparta tus faltas, corrige tus acciones y purifica tu corazón de todo pecado. Luego recurre al médico, pues también a él lo creó el Señor; que no se aparte de tu lado, pues lo necesitas: hay ocasiones en que la curación está en sus manos. También ellos rezan al Señor, para que les conceda poder aliviar el dolor, curar la enfermedad y salvar tu vida» (Ecle 38,1-2.4.7-10.12-14).

Consuelo y esperanza

El sufrimiento de nuestros hermanos se convierte en una urgente llamada a convertirnos en testigos del amor de Dios para que derramemos, sobre sus heridas, el aceite de la consolación y el vino de la esperanza, siguiendo el ejemplo de Jesús, misericordioso y compasivo, y así acompañarlos en su sufrimiento.

Pero detrás del dolor, siempre se abre la puerta de la esperanza. Esperanza que sobrepasa este mundo y nos lleva a las mismas puertas de la eternidad. Efectivamente, algunos de estos trastornos harán sufrir al enfermo durante toda su vida mortal, con sus crisis y períodos variables de clínica, pero sin expectativa real de curación. No nos podemos detener ante la ausencia de posibilidad de curación o su dificultad, sino que siempre hemos de contribuir en su cuidado, especialmente, en el espiritual y pastoral, en su descanso en Dios que siempre está con ellos.

Cuando las posibilidades de curación devienen sombrías, cuando las dificultades y sufrimientos presentes nos agobian, brilla con toda su fuerza la virtud de la esperanza: la certeza de la vida eterna a la que Dios nos está llamando. Como muy bien nos recuerda san Pablo: «Pues considero que los sufrimientos de ahora no se pueden comparar con la gloria que un día se nos manifestará» (Rom 8,18).

En nuestro acompañamiento pastoral, estamos llamados a dar sentido a este sufrimiento, llevando al pobre enfermo a contemplar sus padecimientos desde otra perspectiva, no desde este mundo inmanente en el que nos toca vivir, sino desde la visión trascendente que nos permite vislumbrar el amor eterno de Dios, que ama a todos los hombres, pero, especialmente, a los enfermos, a los necesitados, a los que más sufren.

Aceptación positiva

Puede llegar a ser muy difícil aceptar la enfermedad mental –y, más aún, cuando puede ser tan incapacitante e invalidante–, pero de ello depende, en gran parte, el bienestar del paciente: mejorar su salud mental. Aceptación que no resignación: siempre desde la construcción positiva desde las numerosas capacidades residuales que deja el padecimiento; nunca desde la derrota negativa del que se derrumba ante la adversidad y deja de luchar por vivir a pesar de su trastorno. Infundir la positividad y rehuir la negatividad, es también misión del agente pastoral.

Consuelo y compasión

Oigamos, pues, el clamor que se eleva a Dios en el sufrimiento mental, dejemos que el corazón herido llore sus desgracias, acojámoslo en la auténtica compasión compartiendo sus amargos sentimientos, y acompañémoslo con nuestra fe y esperanza.

Si el mismo Job elevó su grito desconsolado ante Dios y lloró amargamente todas sus desdichas: «¿Por qué se da luz a un desgraciado y vida a los que viven amargados, que ansían la muerte que no llega y la buscan más escondida que un tesoro? Por alimento tengo mis sollozos, los gemidos se me escapan como agua. Me sucede lo que más me temía, lo que más me aterraba me acontece. Carezco de paz y de sosiego, intranquilo por temor a un sobresalto» (Job 3,20-21.24-26); si el salmista proclama: «Tenía fe, aun cuando dije: “¡Qué desgraciado soy!”» (Sal 116,10): escuchemos también el lamento de nuestro hermano que sufre y unámonos con él en la oración, pidiendo la ayuda del Espíritu Consolador para que venga en su ayuda y derrame en su corazón lastimado el consuelo que sólo de Dios procede.

3. Cuestiones para reflexionar

1.  

1.    Dios nos consuela en nuestros sufrimientos mentales hasta el punto de poder consolar a cualquier enfermo en sus padecimientos mentales, ¿estamos dispuestos a llevar ese consuelo de Dios a quien lo necesita aún más que nosotros, porque vive sumido en la amargura y el desconsuelo de sus padecimientos mentales?

2.    La paciencia es una virtud fundamental en la acción pastoral, que se pone a prueba cuando acompañamos a un enfermo mental, ¿estamos dispuestos a sufrir nosotros mismos con paciencia y perseverancia, cuando llevamos el consuelo y la esperanza de Cristo a quien pasa por el valle oscuro del trastorno mental?

3.    La esperanza no defrauda porque está fundada en el amor de Dios, ¿infundimos esa esperanza eterna, que nos ha prometido nuestro Señor Jesucristo, en todo hermano nuestro que sufre en su cuerpo y en su mente, y le animamos a descansar de sus sufrimientos en Cristo, o nos quedamos en meras palabras humanas que no traen la salvación?

4.     En nuestro acompañamiento pastoral, a nuestro hermano que padece un trastorno mental, ¿le ayudamos a dar el salto de la fe, desde el sufrimiento que padece hoy, a la esperanza de esa felicidad eterna a la que Dios continuamente nos está llamando, aun en medio de nuestros sufrimientos y penalidades?

 5.     A nuestros hermanos que sufren y a quien también sufren por cuidarlos con amor y paciencia, ¿les abrimos a la visión trascendente de nuestra vida, o nos quedamos en la cortedad de nuestro mundo inmanente, que nunca podrá dar una verdadera respuesta al problema del sufrimiento humano?

1. EL SUFRIMIENTO EN LOS TRASTORNOS MENTALES

 



1. Texto bíblico

Consolad, consolad a mi pueblo: Is 40,1-4.6-11.27-31

«“Consolad, consolad a mi pueblo dice vuestro Dios; hablad al corazón de Jerusalén, gritadle”. Una voz grita: “En el desierto preparadle un camino al Señor; allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios; que los valles se levanten, que montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale”. Dice una voz: “Grita”. Respondo: “¿Qué debo gritar?”. “Toda carne es hierba y su belleza como flor campestre: se agosta la hierba, se marchita la flor, cuando el aliento del Señor sopla sobre ellos; sí, la hierba es el pueblo; se agosta la hierba, se marchita la flor, pero la palabra de nuestro Dios permanece para siempre”. Súbete a un monte elevado, heraldo de Sión; alza fuerte la voz, heraldo de Jerusalén; álzala, no temas, di a las ciudades de Judá: “Aquí está vuestro Dios. Mirad, el Señor Dios llega con poder y con su brazo manda. Mirad, viene con él su salario y su recompensa lo precede. Como un pastor que apacienta el rebaño, reúne con su brazo los corderos y los lleva sobre el pecho; cuida él mismo a las ovejas que crían”.

¿Por qué andas diciendo, Jacob, y por qué murmuras, Israel: “Al Señor no le importa mi destino, mi Dios pasa por alto mis derechos”? ¿Acaso no lo sabes, es que no lo has oído? El Señor es un Dios eterno que ha creado los confines de la tierra. No se cansa, no se fatiga, es insondable su inteligencia. Fortalece a quien está cansado, acrecienta el vigor del exhausto. Se cansan los muchachos, se fatigan, los jóvenes tropiezan y vacilan; pero los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas, echan alas como las águilas, corren y no se fatigan, caminan y no se cansan».

2. Reflexión pastoral

Los trastornos mentales

«Consolad, consolad a mi pueblo dice vuestro Dios; hablad al corazón de Jerusalén, gritadle» (Is 40,1-2). ¡Cuántos hermanos nuestros están pasando por el valle del dolor, de la enfermedad, de la soledad, del sufrimiento! Son muchos los aquejados por las enfermedades corporales, orgánicas, pero son aún más los que padecen, en lo más profundo de su ser, los trastornos mentales.

Es bien conocida la célebre definición de salud que proclamó la Organización Mundial de la Salud: «La salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades» (Preámbulo de la Constitución de la Organización Mundial de la Salud, 1946). Ese completo bienestar mental expresa en realidad un bienintencionado deseo que, demasiadas veces, se queda muy lejos de la realidad.

Nuestra salud mental se encuentra amenazada por las circunstancias del mundo en el que vivimos, que pasan factura produciendo pequeños o grandes desajustes que llevan a esos trastornos mentales, además de los producidos por las propias características personales que nos definen a cada uno de nosotros.

Frecuentemente, estos son pequeños o moderados y, a veces, los consideramos prácticamente normales, sin darles mayor importancia, aunque la tienen. No es necesario que pensemos en los grandes trastornos psiquiátricos –tan invalidantes y perturbadores. Al contrario, estos padecimientos menores, a los que estamos tan acostumbrados, y a los que tenemos tendencia de no darles demasiada importancia, fácilmente pasan inadvertidos para los que vivimos al lado de a quienes les afecta. Pero no para sus familiares y seres queridos que los cuidan y que también están sufriendo con ellos.

Pensemos que más de la cuarta parte de nuestros hermanos los sufren (en España, aproximadamente el 27,4%), siendo estos algo más frecuentes en las mujeres (30,2%) que en los varones (24,4%). Son, ciertamente, muchísimas personas. Y bien pudiera ser que nosotros mismos también. Su sufrimiento no pasa desapercibido para nuestro Señor, ni debería serlo para nosotros.

La ansiedad

Si nos preguntásemos cuál de todos ellos es el más frecuente, acertaríamos si dijésemos que la ansiedad patológica. Ciertamente, la ansiedad suele ser una circunstancia normal y fisiológica, con la que estamos acostumbrados a convivir, formando parte de nuestra vida habitual, y que de hecho es necesaria en este mundo. Pero ésta se puede convertir en patológica cuando la preocupación o los síntomas físicos provocan un malestar clínicamente significativo o un deterioro de nuestras relaciones sociales, laborales o afectan a otras áreas importantes de nuestra actividad. Esta ansiedad excesiva que sumerge en un sufrimiento habitual, en todas sus diversas formas clínicas, hace estragos en más del 10% de la población española, siendo más afectadas las mujeres (13,8%) que los varones (7,0%), llegando a alcanzar al 16-18% de las mujeres de 35 a 84 años.

La depresión

Si bien la ansiedad es extremadamente frecuente y puede pasar desapercibida, hay otro trastorno que, tal vez, es más llamativo: la depresión. Son numerosas las citas de la Sagrada Escritura en los que destaca esta visión oscura de la vida, y que tan bien lo expresa el libro de los Salmos:

«Amo al Señor, porque escucha mi voz suplicante, porque inclina su oído hacia mí el día que lo invoco. Me envolvían redes de muerte, me alcanzaron los lazos del abismo, caí en tristeza y angustia. Invoqué el nombre del Señor: “Señor, salva mi vida”. El Señor es benigno y justo, nuestro Dios es compasivo; el Señor guarda a los sencillos: estando yo sin fuerzas, me salvó. Alma mía, recobra tu calma, que el Señor fue bueno contigo: arrancó mi alma de la muerte, mis ojos de las lágrimas, mis pies de la caída. Tenía fe, aun cuando dije: “¡Qué desgraciado soy!”. Yo decía en mi apuro: “Los hombres son unos mentirosos”. ¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?» (Sal 116,1-8.10-12).

Bien sabemos que la depresión es un trastorno del estado de ánimo, transitorio o permanente, caracterizado por sentimientos de abatimiento, infelicidad y culpabilidad, además de provocar una incapacidad total o parcial para disfrutar de las cosas y de los acontecimientos de la vida cotidiana, de la alegría –que tan importante es para nuestra salud espiritual y a la que san Pablo nos recomendó encarecidamente: «Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos. Que vuestra mesura la conozca todo el mundo. El Señor está cerca. Nada os preocupe; sino que, en toda ocasión, en la oración y en la súplica, con acción de gracias, vuestras peticiones sean presentadas a Dios» (Flp 4,4-6).

No hemos de confundir la depresión con los cambios habituales del estado de ánimo y los sentimientos que experimentamos en el día a día, pues son normales y forman parte de nuestra existencia.

Los trastornos depresivos pueden afectar a todos los ámbitos de la vida, incluidas las relaciones familiares, de amistad y las comunitarias. Puede deberse tanto a problemas de nuestras relaciones sociales, laborales, como poder causarlos. La depresión puede afectar a cualquiera, nadie está exento de ese peligro. Quienes han vivido abusos, pérdidas graves u otros eventos estresantes tienen más probabilidades de sufrirla. Los trastornos depresivos pueden estar, en mayor o menor grado, acompañados de ansiedad.

Estas afecciones pueden aparecer en el 4,1% de la población, siendo las mujeres más propensas (5,9%) que los varones (2,3%). Además, se van incrementando con la edad, hasta alcanzar el 12% de las mujeres y el 5% de los hombres de 75 a 84 años.

Los trastornos del sueño

Relacionado con la ansiedad, hay un síntoma extremadamente frecuente y que acaece por las noches: las dificultades para poder disfrutar del necesario descanso: del sueño. Qué bien describe Job el suplicio nocturno cuando el dulce y tan deseado sueño huye de nuestra cama:

«Mi herencia han sido meses baldíos, me han asignado noches de fatiga. Al acostarme pienso: ¿Cuándo me levantaré? Se me hace eterna la noche y me harto de dar vueltas hasta el alba; me tapo con gusanos y terrones, la piel se me rompe y me supura. Corren mis días más que la lanzadera, se van consumiendo faltos de esperanza. Cuando pienso que el lecho me aliviará, que la cama acallará mis quejidos, entonces me espantas con sueños, entonces me atemorizas con pesadillas. Preferiría acabar asfixiado, la muerte antes que esta existencia» (Job 7,3-6.13-15).

Todos necesitamos descansar por la noche, disfrutando de un sueño reparador que restaure nuestras fuerzas desgastadas por el trabajo y los sufrimientos de cada día. Pero muchas veces, el sueño huye de nuestros ojos y aparece el insomnio, o sufrimos pesadillas que nos despiertan angustiados, u otros trastornos del sueño que nos dificultan comenzar un nuevo día con alegría. Tan frecuente es que más del 5,4% de la población lo padece, algo más en las mujeres que en los varones, y va creciendo con la edad y así mientras que los jóvenes lo sufren poco, los mayores de 75 años presentan una gran prevalencia (13,5% de las mujeres y el 11,6% de los hombres).

Los trastornos de adaptación

A veces, estos sufrimientos mentales se producen porque tenemos dificultades para hacer frente a los acontecimientos traumáticos o estresantes de la vida diaria –siendo típicos los problemas laborales o escolares, así como las enfermedades graves y cualquier cambio profundo en la vida– y, así, reaccionamos de una manera excesiva a lo que se podría esperar razonablemente para el tipo de situación que ocurrió. De este modo, se produce un acusado malestar con un deterioro significativo de la actividad social, que se manifiesta frecuentemente a través de una disminución del rendimiento en el trabajo o en la escuela y con cambios temporales en las relaciones sociales.

Estos son un grupo de síntomas que incluyen el estrés, los pensamientos negativos como el sentirse triste o desesperado, asociados a cambios en el comportamiento, a la vez que pueden verse acompañados de síntomas físicos.

Normalmente, las personas se acostumbran a estos cambios en cuestión de unos meses. Pero si se sufre un trastorno de adaptación, perduran las reacciones emocionales o del comportamiento, llevando al que lo padece a hacerse sentir más ansioso o deprimido. Además, pueden llevar a intentos de suicidio para poner fin al sufrimiento y al consumo excesivo de sustancias. Son más propensos los niños y adolescentes, así como los pacientes con patologías médicas y quirúrgicas.

Otros trastornos mentales

Además de los trastornos anteriores, tan frecuentes, hay otras alteraciones mentales que, aunque afecten a un menor número de personas, pueden ser más graves. Entre ellos están los trastornos de personalidad, que son patrones de conducta en el estilo de vida y en el modo de relacionarse que reflejan desviaciones clínicamente importantes de las percepciones, sentimientos y comportamientos medios en una cultura dada. Incluyen los trastornos límite (esquizoide, histriónico, etc.), los trastornos relacionados con los impulsos (ludopatía, etc.) y los trastornos de conducta. Estos son más prevalentes en los niños y jóvenes de 5 a 29 años (entre el 0,9% y el 1,5%).

El trastorno de somatización se caracteriza por síntomas físicos y quejas junto con solicitudes persistentes de investigaciones médicas a pesar de hallazgos negativos repetidos. Son más frecuentes en mujeres y con la edad.

Otro gran grupo de padecimientos son las psicosis, especialmente la psicosis afectiva y la esquizofrenia. Las psicosis en conjunto afectan al 1,2% de la población siendo la más frecuente la psicosis afectiva, con una prevalencia de 0,7% (1,0% en mujeres, 0,5% hombres).

La psicosis afectiva es la afectación del afecto y el estado de ánimo asociada o no con ansiedad. En el estado de ánimo maníaco la energía y la actividad están elevadas simultáneamente. En el trastorno bipolar se observan al menos dos períodos subsecuentes de estado de ánimo alterado. Incluyen los diagnósticos de trastorno bipolar en todas sus formas, manía, hipomanía, depresión maníaca y ciclotimia.

Todos estos padecimientos producen un enorme sufrimiento, especialmente en quienes los cuidan con gran paciencia y sacrificio.

Demencia

En las edades avanzadas de la vida, nos encontramos con toda la inmensa problemática de las demencias, que están causadas por una enfermedad cerebral, normalmente de naturaleza crónica y progresiva, con alteraciones significativas de múltiples funciones corticales superiores (memoria, pensamiento, comprensión). Son la enfermedad de Alzheimer, así como la demencia senil, vascular o secundaria a otras enfermedades. Son todo un mundo de sufrimiento para los enfermos y los que los cuidan.

Problemas específicos en menores de 30 años

También los niños, los adolescentes y los jóvenes sufren. Demasiadas veces nuestra infancia y juventud no son nada felices, apareciendo los problemas del aprendizaje, del comportamiento, la enuresis, y los de la alimentación como la anorexia nerviosa y la bulimia. La anorexia nerviosa es una alteración de imagen corporal que cursa con pérdida de peso sostenida y se asociada a miedo a engordar. La bulimia se caracteriza por ataques repetidos de ingesta excesiva seguidos por el vómito inducido o el uso de purgantes. Es siete veces más frecuente en las mujeres (0,3%) que en hombres (0,04%), especialmente en mujeres entre los 20 y 30 años alcanzando tasas de casi el 0,7%.

 

3. Cuestiones para reflexionar

1.    Junto a nosotros hay muchas personas que viven con amargura y angustia por estar padeciendo afecciones mentales, ¿somos conscientes de la multitud de hermanos nuestros que están sufriendo por esos trastornos mentales, pequeños o grandes, que tanto malestar y ansiedad producen?

2.    Quienes cuidan a sus familiares con trastornos mentales, también experimentan un sufrimiento que puede llegar a ser incluso mayor que el del propio enfermo, ¿somos sensibles al sufrimiento de quien está dando su vida cuidando con abnegación y paciencia a sus seres queridos con enfermedades mentales?

3.    La amargura vital de nuestros hermanos, ¿nos mueve a llevar el consuelo de Dios a quien lo está pasando mal, a compartir en nuestro corazón su angustia, o preferimos que su dolor no nos haga sufrir a nosotros?

4.    Los padecimientos mentales pueden ser muy invalidantes, prolongados en el tiempo o con poca posibilidad humana de resolución, ¿abrimos nuestros enfermos a la visión trascendente de que también la fuerza de Dios actúa eficazmente en nuestra vida y de que, por la gracia de Dios, podemos ser realmente aliviados en nuestros sufrimientos, aun a pesar de estar enfermos?