sábado, 8 de enero de 2022

ACOMPAÑAR EN EL SUFRIMIENTO. IV Entrañable ternura

 

IV Entrañable ternura

1. Texto bíblico


Dios es amor: Sal 145,1.8-9.13-21

Te ensalzaré, Dios mío, mi rey;

bendeciré tu nombre por siempre jamás.

El Señor es clemente y misericordioso,

lento a la cólera y rico en piedad.

El Señor es bueno con todos,

es cariñoso con todas sus criaturas.

El Señor es fiel a sus palabras,

bondadoso en todas sus acciones.

El Señor sostiene a los que van a caer,

endereza a los que ya se doblan.

Los ojos de todos te están aguardando,

tú les das la comida a su tiempo;

abres tú la mano,

y sacias de favores a todo viviente.

El Señor es justo en todos sus caminos,

es bondadoso en todas sus acciones.

Cerca está el Señor de los que lo invocan,

de los que lo invocan sinceramente.

Satisface los deseos de los que lo temen,

escucha sus gritos, y los salva.

El Señor guarda a los que lo aman,

pero destruye a los malvados.

Pronuncie mi boca la alabanza del Señor,

todo viviente bendiga su santo nombre

por siempre jamás.

 

2. Reflexión pastoral

Ternura

El acompañamiento pastoral a nuestros hermanos, que están pasando por el sufrimiento, está marcado profundamente por el amor de Dios: nos acercamos al prójimo con un amor patente y eficaz porque acompañamos en el mismo Dios que es Amor.

Pero es necesario que este amor sea también sentido por aquél que recibe nuestros cuidados, por el que sufre, por el que, ante todo, necesita sentirse amado. No es suficiente saber que me están cuidando y acompañando ‒porque me aman‒ sino que necesitamos sentirnos profundamente amados en lo más hondo de nuestro corazón, en nuestro sufrimiento.

La ternura es, precisamente, el amor hecho carne, el amor que se ha encarnado en dos personas unidas por los lazos del amor. Bien sabemos que Dios es Amor y que el Unigénito, el Amado, se encarnó por amor en las tiernas entrañas de María, su madre, quien acogió en su perfecta ternura maternal a aquel Hijo que daría su vida en la Cruz por amor a todos nosotros.

La ternura es, pues, la concreción del Dios Amor. Como dice el Papa Francisco: «la ternura es un buen “existencial concreto”, para traducir en nuestros tiempos el afecto que el Señor nutre por nosotros» (Papa Francisco, Discurso 14 de septiembre de 2018).

Ternura y misericordia divina

Hoy en día, estamos llamados a redescubrir el rostro de Dios como infinita ternura amante, a volver a sentir «tu entrañable ternura y compasión hacia nosotros» (Is 63,15).

La ternura manifiesta nuestra forma de recibir hoy la misericordia divina. «La ternura nos revela, junto al rostro paterno, el rostro materno de Dios, de un Dios enamorado del hombre, que nos ama con un amor infinitamente más grande que el de una madre por su propio hijo: “¿Puede una madre olvidar al niño que amamanta, no tener compasión del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré. Mira, te llevo tatuada en mis palmas, tus muros están siempre ante mí” (Is 49,15-16). Pase lo que pase, hagamos lo que hagamos, estamos seguros de que Dios está cerca, compasivo, listo para conmoverse por nosotros. La ternura es una palabra beneficiosa, es el antídoto contra el miedo con respecto a Dios, porque “en el amor no hay temor” (1 Jn 4,18), porque la confianza supera el miedo. Sentirse amado, por lo tanto, significa aprender a confiar en Dios, a decirle, como quiere: “Jesús, confío en ti”». (Papa Francisco, Discurso).

Tenemos la misión de llevar, a la persona a la que acompañamos en el sufrimiento, a encontrarse con la entrañable ternura de Dios, con nuestro Dios que es infinitamente tierno con todos los hombres, pero especialmente con los más necesitados.

De este modo, estamos llamados a redescubrir esa ternura divina, pues no estamos habituados a contemplar a nuestro Dios en esa dimensión, ya que desde antiguo han prevalecido otros modos de acercarse al misterio divino.

Ternura paternal de Dios

La Biblia nos habla reiteradamente de un Dios que es Padre al modo humano, que abraza a sus hijos con afecto y cariño, que nos cuida como un padre a un niño pequeño: cogiéndonos en los brazos, llevándonos hasta sus mejillas. Es muy sugestiva la cita del profeta Oseas:

«Cuando Israel era joven lo amé y de Egipto llamé a mi hijo. Pero era yo quien había criado a Efraín, tomándolo en mis brazos; y no reconocieron que yo los cuidaba. Con lazos humanos los atraje, con vínculos de amor. Fui para ellos como quien alza un niño hasta sus mejillas. Me incliné hacia él para darle de comer» (Os 11,1.3-4).

Esta misericordiosa ternura se desborda especialmente con los que temen al Señor, con los que cumplen los mandatos del Señor:

«Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por los que lo temen; porque él conoce nuestra masa, se acuerda de que somos barro. Los días del hombre duran lo que la hierba, florecen como flor del campo, que el viento la roza, y ya no existe, su terreno no volverá a verla. Pero la misericordia del Señor dura desde siempre y por siempre, para aquellos que lo temen; su justicia pasa de hijos a nietos: para los que guardan la alianza y recitan y cumplen sus mandatos» (Sal 103,13-18).

La tierna delicadeza protectora del Señor se expresa magistralmente en el profeta Isaías:

«Porque yo, el Señor, tu Dios, te tomo por tu diestra y te digo: “No temas, yo mismo te auxilio”. No temas, gusanito de Jacob, oruguita de Israel, yo mismo te auxilio ‒oráculo del Señor‒, tu libertador es el Santo de Israel» (Is 41,13-14).

Ternura maternal de Dios

Pero nuestro Dios tiene también una dimensión maternal, tiene una impronta de ternura maternal para con sus hijos de tal modo que Él mismo nos acoge como una madre coge en sus brazos a un niño pequeño y se conmueve por él:

«¿Puede una madre olvidar al niño que amamanta, no tener compasión del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré. Mira, te llevo tatuada en mis palmas, tus muros están siempre ante mí» (Is 49,15-16).

«Porque así dice el Señor: “Yo haré derivar hacia ella, como un río, la paz, como un torrente en crecida, las riquezas de las naciones. Llevarán en brazos a sus criaturas y sobre las rodillas las acariciarán; como a un niño a quien su madre consuela, así os consolaré yo, y en Jerusalén seréis consolados”» (Is 66,12-13).

«Señor, mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros; no pretendo grandezas que superan mi capacidad. Sino que acallo y modero mis deseos, como un niño en brazos de su madre; como un niño saciado así está mi alma dentro de mí. Espere Israel en el Señor ahora y por siempre» (Sal 131,1-3).

Ternura del Buen Pastor

Jesús mismo revela el sentimiento que lo anima frente a todos los que sufren, es la com-pasión que se manifiesta mediante la ternura del Buen Pastor que busca a las ovejas perdidas, se acerca a los indefensos y se hace el encontradizo de los enfermos, de los discapacitados, de los que sufren. La suya es una ternura de com-pasión, participando profunda y existencialmente en lo que viven y sienten todos aquellos a los que muestra el amor misericordioso de Dios.

«Jesús les dijo esta parábola: “¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos, y les dice: “¡Alegraos conmigo!, he encontrado la oveja que se me había perdido”» (Lc 15,3-6).

Esa ternura de Jesús le lleva a poner como modelo para entrar en el reino de los cielos a los más débiles de la sociedad en aquel entonces: a los niños.

«Acercaban a Jesús niños para que los tocara, pero los discípulos los regañaban. Al verlo, Jesús se enfadó y les dijo: “Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis, pues de los que son como ellos es el reino de Dios. En verdad os digo que quien no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él”. Y tomándolos en brazos los bendecía imponiéndoles las manos» (Mc 10,13-16).

Qué hermoso es el acompañamiento que lleva a encontrarse en el que sufre con un Dios, que es rico en cariño paternal y en amor de madre; con un Buen Pastor, que no duda en cargarnos sobre sus hombros cuando ya no podemos más; con Jesús, que nos pone como modelo celestial la inocencia de la tierna infancia ‒a la que nos llama continuamente‒, pues sólo de los que son como niños es el reino de los cielos.

Acompañando en la ternura

Al acompañar a los que sufren, según el modelo de Cristo, nosotros mismos nos hacemos icono de su tierno amor encarnado, saliendo de nosotros mismos, de nuestra comodidad y apetencias, para ir en busca del que necesita sentirse querido en su vida llena de problemas, dolores y enfermedades, del que necesita no sólo palabras, sino una mano amiga que lo coja y lo abrace.

La ternura se transmite con la mirada compasiva que ve la raíz del sufrimiento del prójimo, con la atenta escucha que oye el profundo lamento del corazón, con la palabra afectuosa que quiere consolar en el dolor, con la mano suave y firme de quien sostiene el cuerpo dolorido, de quien abraza con calor humano, de quien besa en la mejilla con el ósculo santo.

El acompañamiento en la ternura no es sentimentalismo sino amor en acción, amor que se hace carne en el sufrimiento, que mueve interiormente nuestro ser para estrechar las manos del necesitado, mirándole cariñosamente a los ojos, transmitiéndole con los gestos profundos de nuestro cuerpo cuánto me importa porque en él está Cristo enfermo que necesita un consolador, como un niño necesita que su madre lo consuele cogiéndolo en brazos.

Recordemos que «hoy, más que nunca, hace falta una revolución de la ternura. Esto nos salvará» (Papa Francisco, Discurso).

3. Cuestiones para reflexionar

  1. ¿Somos conscientes de que nuestro hermano que sufre necesita sentirse existencialmente amado por quienes lo cuidan y acompañan, experimentando la cercanía de un corazón entrañable como el de Cristo?
  2. Cuando acompañamos al que sufre, ¿le cogemos tiernamente las manos, lo miramos con cariño a los ojos, le hablamos con palabras llenas de afecto y delicadeza, transmitiéndole nuestro interés y com-pasión?
  3. En nuestro acompañamiento ¿somos imagen de la entrañable ternura de Dios?

 

4. Para orar

Entrañable ternura

Ayúdame, Señor,

a ser imagen de tu ternura,

con mis hermanos que sufren;

a verte en su mirada llorosa,

con los ojos profundos del alma;

a escucharte en sus lamentos,

con los oídos del corazón;

a estrechar tus manos temblorosas,

entre mis manos palpitantes.

Ayúdame, Señor,

a ser portador de tu tierno amor

a quien no se siente amado;

a llevar un afectuoso abrazo,

a quien no conoce el cariño;

a dar un fraterno beso,

a quien nunca recibe una caricia;

a pronunciar una palabra consoladora,

a quien no tiene nadie que lo conforte.

¡Ayúdame, Señor,

a vivir en tu entrañable ternura!

Amén.

 


 

ACOMPAÑAR EN EL SUFRIMIENTO.III Con amor y por el Amor

 

III Con amor y por el Amor

1. Texto bíblico


Dios es amor: 1Jn 3,14.16-18;4,7-11.16-21

Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos. En esto hemos conocido el amor: en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos. Pero si uno tiene bienes del mundo y, viendo a su hermano en necesidad, le cierra sus entrañas, ¿cómo va a estar en él el amor de Dios? Hijos míos, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras.

Queridos hermanos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor. En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Unigénito, para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados.

Queridos hermanos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros. Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es Amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él. Nosotros amemos a Dios, porque él nos amó primero. Si alguno dice: «Amo a Dios», y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano.

 

2. Reflexión pastoral

Enfermedad y sufrimiento

El sufrimiento forma parte de la propia condición humana y nos acompaña durante toda nuestra vida. Son muchas las causas que lo producen, pero es especialmente relevante el que rodea a la enfermedad y la muerte, la nuestra y la de nuestros seres queridos. Como nos recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica: «La enfermedad y el sufrimiento se han contado siempre entre los problemas más graves que aquejan la vida humana. En la enfermedad, el hombre experimenta su impotencia, sus límites y su finitud. Toda enfermedad puede hacernos entrever la muerte. La enfermedad puede conducir a la angustia, al repliegue sobre sí mismo, a veces incluso a la desesperación y a la rebelión contra Dios» (CEC 1500-1501).

El acompañamiento a la persona que sufre requiere de una motivación profunda que nos haga salir de nosotros mismos para ir en busca del que está sumido en el sufrimiento. Las altas motivaciones e imperativos humanos de altruismo, solidaridad y generosidad son muy nobles y dignos de encomio ‒reflejo de la bondad divina en el corazón de todo hombre de buena voluntad‒, pero, por sí mismos, no pueden llegar al fondo del problema del sufrimiento, pues son incapaces de dar sentido al misterio de la enfermedad, de la injusticia y de la muerte.

Jesús se va a enfrentar al problema de la enfermedad reiteradamente. En su recorrer los caminos de Israel, se encontrará en numerosas ocasiones con toda clase de enfermos, de personas que sufren, que están a las puertas de la muerte. De gente que no entiende el porqué de su dolencia, que son infelices, necesitados y dependientes de los demás.

Jesús no permanece impasible ante la enfermedad, el sufrimiento y la muerte. Dará un sentido al sinsentido de la vida. Jesús mostrará que la enfermedad, y el enfermo en ella, está en las manos de Dios, de un Dios que cuida a los hombres y que trae un mensaje de salvación en la enfermedad.

Dios es Amor

Jesús nos ha revelado, con sus palabras y obras, porqué Dios es infinitamente «misericordioso y compasivo» (Sal 103,8), qué es lo que le mueve a salir de sí mismo para venir al encuentro del hombre. Y ese movimiento no es sino la esencia de su propio ser: «Dios es Amor» (1Jn 4,8.16). El ser mismo de Dios es Amor. Y el Padre nos ha revelado su secreto más íntimo al enviarnos a nosotros, en la plenitud de los tiempos, a su Hijo Único, «el Amado»; y al Espíritu de Amor, el Espíritu Santo. Dios mismo es una eterna comunicación de amor en la Unidad de la Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y en su mismo ser, nos ha destinado a participar en él. Y así su amor llega a todos los hombres: «porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16).

Dado que el hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, aún más: somos hijos de Dios por adopción, el ser del hombre también es ser amor, aunque imperfecto. Por eso, estamos llamados a perfeccionarnos cada día en el servicio de amor a Dios y al prójimo. Y, en ese anhelo de perfección, acompañamos a tantos hermanos que sufren siguiendo los pasos de Jesús, «porque nos apremia el amor de Cristo» (2 Cor 5,14).

Acompañando en el amor

Así pues, el acompañamiento, según el modelo que nos enseña el mismo Cristo, tiene como principio y fundamento el amor. Ese amor que nosotros recibimos de Dios y que a Él le devolvemos en el amor a Dios y a Dios en el prójimo. Recordemos lo que Jesús nos enseñó en la Última Cena: «antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1).

Jesús nos muestra, así, que el amor es servicio humilde: «si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis. Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros» (Jn 13,14-17.34).

Acompañar a quien pasa por el valle del sufrimiento: cuando se prolonga mucho en el tiempo, cuando no hay perspectivas humanas de mejora sino de empeoramiento, cuando nuestros enfermos se van agravando y sin perspectivas de curación, cuando vemos a nuestros seres queridos que cada vez son más dependientes y se agrava su demencia, cuando se está ante el misterio de la muerte… llega a ser una labor heroica que sólo en la fuerza del amor divino puede ser realizada.

Amor al prójimo

«Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando. Esto os mando: que os améis unos a otros» (Jn 15,12-14.17).

Todos conocemos a personas que están dando su vida cuidando a sus familiares dependientes durante muchos años; acompañando a enfermos graves, incurables o mentales; visitando asiduamente y con gran paciencia, esfuerzo y dedicación a tantos enfermos, ancianos y dependientes que viven en sus casas, en los hospitales, en las residencias de personas mayores o de discapacitados. Son un encomiable y digno ejemplo para cuantos los contemplan.

Este generoso y santo servicio únicamente se puede realizar por la gracia misericordiosa de Dios que ilumina, sostiene, consuela y conforta a tantos cuidadores y acompañantes que participan y comparten el sufrimiento de aquellos a quienes cuidan con gran afecto y ternura. Algunas veces, los cuidadores se sienten ciertamente asistidos por el fuego del amor divino; otras, no son conscientes de la acción del Espíritu Santo Consolador en ellos; pero el amor de Dios es siempre eficaz.

También, cada uno de nosotros, en la medida de nuestras posibilidades, estamos llamados a dar nuestra vida por amor a Cristo. Son múltiples las oportunidades que se nos ofrecen para acompañar a cuantos sufren –que son una multitud inmensa. Pero es necesario que abramos los ojos y que veamos como Cristo nos ve, para poder vislumbrar el sufrimiento de tantos hermanos nuestros que muchas veces permanece oculto, ante una mirada cerrada al amor.

Pidamos al Señor que nos haga dóciles a sus indicaciones y que nos revista con su gracia para que seamos fuertes en nuestra humana debilidad y podamos acompañar ‒con ese mismo amor con que Dios nos ama‒ a nuestros hermanos que sufren. Dios mismo nos envía en su nombre, para que seamos portadores de ese Amor, que es Dios mismo.

3. Cuestiones para reflexionar

  1. ¿Somos conscientes de que la perfección del acompañamiento a nuestro hermano que sufre, sólo se puede realizar en la fuerza del amor de Dios o creemos que son suficientes nuestras buenas fuerzas y cualidades humanas?
  2. Cuando acompañamos al enfermo, al anciano, al dependiente, ¿nos sentimos movidos en nuestro interior por la gracia del Espíritu Santo que nos sostiene cuando nosotros mismos sufrimos al compartir los sufrimientos del prójimo?
  3. ¿Le pedimos a nuestro Dios que llene nuestro corazón con el ardor del fuego de su amor, para que en Él podamos dar nuestra vida por los que sufren?

 

4. Para orar

¡El Amor más grande!

Nos dijiste, Señor,

que nadie tiene amor más grande

que el que da la vida por sus amigos,

y Tú diste tu vida por nosotros,

¡quisiste sufrir y morir por amor!

Yo quiero ser tu amigo,

quiero hacer lo que Tú me mandas,

quiero dar mi vida por tus amigos,

por mis hermanos, por los que sufren,

¡quiero aliviar sus sufrimientos por amor!

Ayúdame, Señor,

a amarte en cada enfermo que sufre,

en cada anciano que se ha vuelto niño,

en cada hombre que vive en soledad,

¡quiero participar en tu sufrimiento por amor!

Amén.


 

ACOMPAÑAR EN EL SUFRIMIENTO.II Compasión en el sufrimiento

 

II Compasión en el sufrimiento

1. Texto bíblico

El Juicio Final: Mt 25,31-46

«Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria y serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Entonces dirá el rey a los de su derecha: “Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme”.

Entonces los justos le contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?”. Y el rey les dirá: “En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis”.

Entonces dirá a los de su izquierda: “Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis”.

Entonces también estos contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?”. Él les replicará: “En verdad os digo: lo que no hicisteis con uno de estos, los más pequeños, tampoco lo hicisteis conmigo”. Y estos irán al castigo eterno y los justos a la vida eterna».

 

2. Reflexión pastoral

Compasión

En la Sagrada Escritura, aparece frecuentemente una palabra tanto en hebreo como en griego a la que solemos traducir por compasión o misericordia. La palabra compasión viene del latín “cumpassio”, de “cum-“ ‘con-‘ y “passio” ‘pasión, sentimiento’, que literalmente significa “compartir el mismo sentimiento”, que es una traducción del vocablo griego “sympátheia”, simpatía, que tiene igualmente el mismo significado literal. Su sinónimo en latín es la palabra misericordia, que indica “sentir o compartir un afecto entrañable”, “ser compasivo”. El término hebreo está estrechamente relacionado con una palabra que se puede referir también a las “entrañas”, las cuales se ven afectadas cuando se siente de manera afectuosa y tierna la compasión o piedad: “conmoverse las entrañas”, “enternecerse el corazón”, “tener entrañas de misericordia”. Todas estas expresiones tienen, en el fondo, el mismo significado.

La verdadera compasión o misericordia tiene dos momentos sucesivos, pues desde una primera comprensión y participación en el sufrimiento del otro, nos estimula a la acción frente al mismo sufrimiento, en el amor al prójimo.

Sentimiento compasivo

En primer lugar, es un profundo sentimiento humano que nos lleva desde la relación y el acercamiento con el que sufre, a la comprensión de sus sentimientos y sufrimientos, compartiendo sus alegrías y sus penas, participando en su experiencia de lo que le está aconteciendo, de cómo vive la situación por la que está pasando. Es un sentimiento ante todo de identificación y participación en cómo nuestro prójimo experimenta su historia. Y, por ello, se crea en nosotros sentimientos de pena, de ternura y de afecto ante los males de alguien.

Es más intensa, seria y exigente que la empatía, que es la capacidad de identificarse con alguien y compartir sus sentimientos, pues la compasión lleva a compenetrar, a penetrar uno mismo de tal modo en el sufrimiento del otro, que le impulsa inexorablemente al deseo y la acción de aliviar, reducir o eliminar por completo tal situación dolorosa. La empatía es necesaria, imprescindible para la compasión, pero no es suficiente: se necesita algo más. Este es el segundo momento de la misericordia: la acción.

Acción compasiva

Por ello, la compasión es mucho más que un sentimiento o actitud, ya que exige positivamente la acción. No se puede quedar en mero sentimentalismo o palabras vacías. No es algo externo, que no me llega a afectar. Nunca puede existir la compasión cristiana sin su acción, que es la obra de misericordia.

A veces, tenemos la tentación de reducir la compasión a un simple sentimiento de lástima o pena. Podemos escuchar con gran empatía el sufrimiento del prójimo, podemos comprender lo que está pasando, participar de algún modo en su pesar, pero si no nos sentimos movidos a ayudarlo, nuestra caridad es una farsa.

Entrañas de misericordia

La compasión humana es un reflejo de la compasión divina, pues Dios tiene «entrañas de misericordia» que le mueve a tener misericordia de nosotros para darnos la salvación. Recordemos el canto del Benedictus en el que el padre de Juan el Bautista proclama: «anunciando a su pueblo la salvación por el perdón de sus pecados. Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el Sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz» (Lc 1,78-79).

Estas «entrañas de misericordia» también son las de Jesús, quien se compadece de los que sufren llevándoles a la curación. Muchas veces Jesús «sintió compasión de ellos y curó a sus enfermos» (Mt 14;14; 9,35-36; 15,32; 20,34; Mc 1,41; Lc 7,13; 10,32). Compasión a la que también pueden apelar los hombres: «si algo puedes, ayúdanos, compadécete de nosotros» (Mc 9,22). Compasión que suele ser manifestada a través de los milagros de curación, con lo que éstos resultan ser fruto del amor y la compasión de Dios.

Compasión y sufrimiento

Aún más. Dios es, realmente, un Dios con-sufriente, que sufre no sólo con el que sufre, sino en el que sufre. Dios interviene en el gran drama humano, no ya causando, enviando o permitiendo el mal, el sufrimiento, la enfermedad, la muerte, ni tampoco suprimiéndolos; sino desvelando que en ese mal hay un sentido escondido, que a través de esa noche oscura amanece ya la aurora de la salvación. En todo hombre enfermo está el mismo Cristo enfermo.

La compasión de Cristo es siempre activa, nunca se queda en el lamento ni en las solas palabras, sino que lleva a la salvación. La misericordia de Dios es eternamente salvífica. No se puede separar la compasión divina de su amor eterno.

Compasión y salvación

De ahí que Dios quiere que también nosotros tengamos esas entrañas de misericordia y que nuestra compasión sea eficaz. El Juicio Final que nos trae el evangelista san Mateo es elocuente testimonio de la voluntad divina. Nuestra salvación, nuestra vida futura, depende totalmente de si hemos cumplido o no sus mandatos, si hemos amado o no al prójimo como Él nos ama.

Tanto es así, que Cristo mismo está en todos y cada uno de nuestros hermanos que sufren. Tener compasión de cada hombre necesitado implica proveer a sus penurias. Las necesidades corporales que se enuncian en las bendiciones y maldiciones de este texto, incluyen todas las miserias que siguen acaeciendo en este mundo. Tener hambre o sed, ser forastero, estar desnudo, enfermo o en la cárcel, se siguen dando en múltiples formas.

Por ejemplo, no olvidemos la gran pandemia de la soledad que hunde en el sufrimiento a los que se sienten existencialmente solos. Tienen hambre de compañía, sed de afecto, necesidad de ser fraternalmente acogidos, de ser vestidos con la afectuosa ternura, ser visitados en sus dolencias o en la cárcel de su soledad.

Hay tantos hermanos mayores que sufren la enfermedad de Alzheimer, u otras enfermedades neurodegenerativas, y que literalmente necesitan que les demos de comer y de beber, que los vistamos, que los acojamos, que los acompañemos en esa enfermedad que les despoja de su historia y recuerdos, que los encierra en la cárcel del olvido.

Dios nos llama a ser compasivos como lo es Él: «Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso. Dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros» (Lc 6,36.38). De ahí que Jesús también pueda proclamar: «misericordia quiero, que no sacrificio, porque no he venido a llamar a justos sino a pecadores» (Mt 9,13; cf. Os 6,6; Mt 12,7).

 

3. Cuestiones para reflexionar

  1. Nuestra compasión ¿nos mueve a tener entrañas de misericordia, a dejarnos afectar por las anhelos y angustias de quien lo está pasando mal, a compartir en nuestro corazón el sufrimiento del prójimo, o preferimos que su sufrimiento no nos haga sufrir a nosotros?
  2. Nuestra compasión ¿se queda en un suave sentimentalismo ante las desgracias del prójimo, en una mera actitud y buenas palabras vacías, o nos lleva a movernos para aliviar material y espiritualmente al que sufre, a obrar eficazmente en favor del prójimo?
  3. ¿Nos damos realmente cuenta de cuántos hermanos nuestros están pasando por el valle del sufrimiento, necesitados de que los comprendamos, acojamos, asistamos y visitemos, de que los acompañemos con ternura y misericordia?


4. Para orar

¡Mi Dios compasivo, mándame Tú!

Tantas veces he sufrido, Señor,

me he sentido hundido, solo y desamparado,

pasando por el valle del sufrimiento,

sin esperanza, sin nadie que me consuele.

¡Pero compasivo, allí estabas Tú!

Allí me encontré a una mano amiga,

a un corazón lleno de misericordia,

a unos oídos que escucharon mi lamento,

a una voz que llenó de dulzura mi corazón herido.

¡Y compasivo, lo mandabas Tú!

Me acogió tiernamente con sus brazos,

me dio de comer y beber lo que mi alma anhelaba,

me vistió de la alegría y la paz,

quebrantó la prisión de mi soledad,

¡Y compasivo, lo mandabas Tú!

Ahora que ya sé lo que es sufrir,

deseo compartir mi alegría con el hambriento,

mi vestido y mi ternura con el desnudo,

mi tiempo y mi vida contigo,

¡oh Cristo, que sufres en mi hermano!

¡Mi Dios compasivo, mándame Tú!

Amén.

 

ACOMPAÑAR EN EL SUFRIMIENTO. I Acompañando en el camino

 

I Acompañando en el camino

1. Texto bíblico

Los discípulos de Emaús: Lc 24,13-35

Aquel mismo día, dos de ellos iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.

Él les dijo:

«¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?».

Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:

«¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?».

Él les dijo:

«¿Qué?».

Ellos le contestaron:

«Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».

Entonces él les dijo:

«¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?».

Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras. Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo:

«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».

Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista. Y se dijeron el uno al otro:

«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».

Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:

«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».

Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

 

2. Reflexión pastoral

Acompañar en el sufrimiento

La palabra “acompañar” se deriva del latín vulgar “compania”, de “cum-“ ‘con-‘ y “panis” ‘pan’, que literalmente significa “compartir el pan” o “comer pan juntos”. Y quien comparte el pan con el prójimo, se hace partícipe también de sus propios sentimientos. De ahí, que el Diccionario de la Real Academia Española lo defina como: «estar o ir en compañía de otra u otras personas» y también «participar en los sentimientos de alguien».

El gran modelo de acompañamiento nos lo muestra Jesús en esta perícopa de los discípulos de Emaús. Conocemos bien la historia. Dos de sus discípulos abandonan Jerusalén hundidos en la tristeza porque la historia que ellos deseaban e imaginaban no sólo se había truncado, sino que había acabado de la peor manera posible: con la muerte de Jesús. Caminan en el sufrimiento del sinsentido de la vida, sin esperanza.

Lo mismo nos sucede en nuestra vida diaria. Las expectativas de salud y bienestar, que todos tenemos, fallan, bien porque sobrevienen las enfermedades y los accidentes, bien porque la edad nos pasa factura con sus naturales secuelas. Y no sólo a uno mismo, sino también a nuestros seres queridos, a los que amamos.

Esto les pasó a aquellos discípulos. Querían a Jesús y vieron cómo su vida se había truncado con aquella muerte absurda, imprevista, irracional. Se alejaban de Jerusalén, se querían alejar del sufrimiento. No eran capaces de soportar el dolor y la angustia que les llenaba el corazón. No podían permanecer en aquella ciudad que les hacía presente la gran tragedia de la vida, que es la muerte. No sabían acompañar a sus amigos –los amigos de Jesús, los discípulos de Jesús– que sufrían lo mismo que ellos. Pero tampoco dejarse acompañar por aquellos que aún esperaban algo en Jerusalén, por aquellos que tenían esperanza. Porque ellos habían perdido la esperanza. Sufrían sin esperanza.

Encontrarse con el que sufre

Pero a nuestro Dios no le es ajeno el sufrimiento, ningún sufrimiento. Él mismo fue a buscar a aquellos discípulos que estaban desesperanzados. Él mismo se hizo el encontradizo con aquellos discípulos que estaban huyendo del sufriendo. Es el mismo Jesús quien fue a encontrarse con ellos y a darles un sentido, una esperanza. Aquellos caminantes no buscaban ayuda, pero la ayuda fue a buscarlos. Y Jesús se hizo compañero en el camino. Se preocupó de lo que sufrían aquellos desesperanzados y, viendo lo que padecían en su corazón, quiso participar de su dolor y angustia: «Él les dijo: “¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?”. Ellos se detuvieron con aire entristecido».

Escucha y silencio

Con escucha atenta, abrió sus oídos y su corazón a los lamentos. En el silencio diligente dejó que aquellos corazones rotos se desahogasen contando su historia de dolor: «Y uno de ellos le respondió: “¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?”. Él les dijo: “¿Qué?”. Ellos le contestaron: “Lo de Jesús el Nazareno...”». En silencio escuchó no sólo aquellas palabras sino, lo más importante, el clamor de su corazón desgarrado. Con escucha atenta, abrió su oído para que Cleofás y su amigo se desahogasen en Él. Quiso conocer directamente cómo habían interpretado aquellos discípulos todo lo que les había pasado, sus sentimientos, su vivencia. Aunque Jesús bien lo sabía todo, no les interrumpió, quiso saber cómo lo habían vivido, participar en su mismo sentimiento.

Palabra

Jesús no les podía dejar en ese estado. Al terminar de hablar, después que ellos contaron todo lo que quisieron, quiso darles una palabra oportuna: «Entonces él les dijo: “¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?”. Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras». Jesús les recordó las palabras de la Escritura, «lo que dijeron los profetas», el mensaje eterno de salvación. No les dijo vacías palabras pretendidamente consoladoras, sino que llenó sus corazones con el verdadero consuelo, que sólo de Dios procede.

Esperanza en el sufrimiento

El sufrimiento ‒que nunca lo queremos‒ forma parte de nuestra vida, no podemos rehuirlo: «era necesario que el Mesías padeciera esto». Pero detrás del dolor, se abre la esperanza: «y entrara así en su gloria». Esperanza que sobrepasa este mundo y nos lleva a las mismas puertas de la eternidad. Las palabras de Aquél acompañante dieron sentido al sufrimiento, contemplando la historia desde otra perspectiva, no desde este mundo inmanente en el que nos toca vivir, sino desde la visión trascendente que nos permite vislumbrar el amor eterno de Dios, que quiere siempre lo mejor para nosotros, aunque no lo entendamos.

El Sacramento

Y después de la palabra, el signo: «Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron». No son suficientes las palabras para colmar el anhelo de nuestro corazón. Es necesario algo más. Las palabras vienen a nuestra ayuda, son muy necesarias, imprescindibles, pero les falta la fuerza vital para cambiar nuestros sentimientos. Jesús se sentó con los caminantes y «comió el pan con ellos», es decir: los acompañó, pues esto precisamente lo que significa esta palabra.

En esa mesa, que compartían Cleofás, su amigo y aquél Hombre desconocido para ellos, era necesario que se dieran cuenta de que había alguien más: «pronunció la bendición», y con la bendición Dios mismo se hizo explícitamente presente y desde ese momento acompañó a los caminantes. Y allí Jesús volvió a hacer el gran signo de la Última Cena: «tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando»: la Eucaristía. Ante Jesucristo sacramentado ya no era necesario que aquellos buenos hombres siguieran viendo en la carne lo que estaban viendo y comiendo sacramentalmente: «a ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista».

La fuerza eficaz del sacramento les abrió los ojos y pudieron comprender el sentido del sufrimiento de aquella historia de dolor, que sin la gracia de Dios nunca hubieran llegado a alcanzar. En este alimento, el sufrimiento se trocó en alegría, el decaimiento humano en el ardor de la fe: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».

Jesús, modelo en el acompañamiento

Jesús es el gran modelo del buen acompañante. A lo largo de su vida, estuvo constantemente acompañando a tantas gentes oprimidas por el sufrimiento y la enfermedad. Sigamos sus pasos, contemplemos su modo de actuar, sus silencios y palabras, su ternura y su amor. Dejemos que Él nos acompañe para que con Jesús «entremos así en su gloria».

 

3. Cuestiones para reflexionar

  1. Cuando nosotros mismos estamos sumidos en el sufrimiento, ¿nos sentimos acompañados por Jesús, que camina a nuestro lado en nuestra vida, para dar sentido a nuestro sufrimiento?
  2. Cuando acompañamos al que sufre, ¿sentimos cómo nosotros mismos somos acompañados por Jesús en nuestro acompañamiento pastoral, de tal modo que ya no soy yo sólo, sino Jesús conmigo?
  3. ¿Somos conscientes de que el acompañamiento pastoral debe llevar al que sufre a encontrarse acompañado no sólo por nosotros, sino, lo que es mucho más importante, por Jesús? ¿Siento cómo Jesús lo acompaña?

 

4. Para orar

¡Tú nos acompañaste!

Andando por el camino,

cansados en nuestro dolor,

hundidos en el sufrimiento,

¡y Tú viniste a nuestro encuentro!

 Te abrimos nuestro corazón,

lloramos nuestra desgracia,

clamamos sin esperanza,

¡y Tú compartiste nuestro dolor!

 Palabra de aliento nos diste,

consuelo en el corazón,

luz en nuestra historia,

¡y Tú nuestro sufrimiento aliviaste!

 Sin esperanza íbamos,

con esperanza volvimos,

alegres con tu Pan partido,

porque en nuestro camino,

¡Tú nos acompañaste!

Amén.

 


 

miércoles, 5 de enero de 2022

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO PARA LA XXX JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO



11 de febrero de 2022
(texto íntegro)

«Sean misericordiosos así como el Padre de ustedes es misericordioso» (Lc 6,36).
Estar al lado de los que sufren en un camino de carida
d

Queridos hermanos y hermanas:

Hace treinta años, san Juan Pablo II instituyó la Jornada Mundial del Enfermo para sensibilizar al Pueblo de Dios, a las instituciones sanitarias católicas y a la sociedad civil sobre la necesidad de asistir a los enfermos y a quienes los cuidan [1].

Estamos agradecidos al Señor por el camino realizado en las Iglesias locales de todo el mundo durante estos años. Se ha avanzado bastante, pero todavía queda mucho camino por recorrer para garantizar a todas las personas enfermas, principalmente en los lugares y en las situaciones de mayor pobreza y exclusión, la atención sanitaria que necesitan, así como el acompañamiento pastoral para que puedan vivir el tiempo de la enfermedad unidos a Cristo crucificado y resucitado. Que la XXX Jornada Mundial del Enfermo —cuya celebración conclusiva no tendrá lugar en Arequipa, Perú, debido a la pandemia, sino en la Basílica de San Pedro en el Vaticano— pueda ayudarnos a crecer en el servicio y en la cercanía a las personas enfermas y a sus familias.

1. Misericordiosos como el Padre

El tema elegido para esta trigésima Jornada, «Sean misericordiosos así como el Padre de ustedes es misericordioso»(Lc 6,36), nos hace volver la mirada hacia Dios «rico en misericordia» (Ef 2,4), que siempre mira a sus hijos con amor de padre, incluso cuando estos se alejan de Él. De hecho, la misericordia es el nombre de Dios por excelencia, que manifiesta su naturaleza, no como un sentimiento ocasional, sino como fuerza presente en todo lo que Él realiza. Es fuerza y ternura a la vez. Por eso, podemos afirmar con asombro y gratitud que la misericordia de Dios tiene en sí misma tanto la dimensión de la paternidad como la de la maternidad (cf. Is 49,15), porque Él nos cuida con la fuerza de un padre y con la ternura de una madre, siempre dispuesto a darnos nueva vida en el Espíritu Santo.

2. Jesús, misericordia del Padre

El testigo supremo del amor misericordioso del Padre a los enfermos es su Hijo unigénito. ¡Cuántas veces los Evangelios nos narran los encuentros de Jesús con personas que padecen diversas enfermedades! Él «recorría toda Galilea enseñando en las sinagogas de los judíos, proclamando la Buena Noticia del Reino y sanando todas las enfermedades y dolencias de la gente» (Mt 4,23). Podemos preguntarnos: ¿por qué esta atención particular de Jesús hacia los enfermos, hasta tal punto que se convierte también en la obra principal de la misión de los apóstoles, enviados por el Maestro a anunciar el Evangelio y a curar a los enfermos? (cf. Lc 9,2).

Un pensador del siglo XX nos sugiere una motivación: «El dolor aísla completamente y es de este aislamiento absoluto del que surge la llamada al otro, la invocación al otro» [2]. Cuando una persona experimenta en su propia carne la fragilidad y el sufrimiento a causa de la enfermedad, también su corazón se entristece, el miedo crece, los interrogantes se multiplican; hallar respuesta a la pregunta sobre el sentido de todo lo que sucede es cada vez más urgente. Cómo no recordar, a este respecto, a los numerosos enfermos que, durante este tiempo de pandemia, han vivido en la soledad de una unidad de cuidados intensivos la última etapa de su existencia atendidos, sin lugar a dudas, por agentes sanitarios generosos, pero lejos de sus seres queridos y de las personas más importantes de su vida terrenal. He aquí, pues, la importancia de contar con la presencia detestigos de la caridad de Dios que derramen sobre las heridas de los enfermos el aceite de la consolación y el vino de la esperanza, siguiendo el ejemplo de Jesús, misericordia del Padre [3].  

3. Tocar la carne sufriente de Cristo

La invitación de Jesús a ser misericordiosos como el Padre adquiere un significado particular para los agentes sanitarios. Pienso en los médicos, los enfermeros, los técnicos de laboratorio, en el personal encargado de asistir y cuidar a los enfermos, así como en los numerosos voluntarios que donan un tiempo precioso a quienes sufren. Queridos agentes sanitarios, su servicio al lado de los enfermos, realizado con amor y competencia, trasciende los límites de la profesión para convertirse en una misión. Sus manos, que tocan la carne sufriente de Cristo, pueden ser signo de las manos misericordiosas del Padre. Sean conscientes de la gran dignidad de su profesión, como también de la responsabilidad que esta conlleva.

Bendigamos al Señor por los progresos que la ciencia médica ha realizado, sobre todo en estos últimos tiempos. Las nuevas tecnologías han permitido desarrollar tratamientos que son muy beneficiosos para las personas enfermas; la investigación sigue aportando su valiosa contribución para erradicar enfermedades antiguas y nuevas; la medicina de rehabilitación ha desarrollado significativamente sus conocimientos y competencias. Todo esto, sin embargo, no debe hacernos olvidar la singularidad de cada persona enferma, con su dignidad y sus fragilidades [4]. El enfermo es siempre más importante que su enfermedad y por eso cada enfoque terapéutico no puede prescindir de escuchar al paciente, de su historia, de sus angustias y de sus miedos. Incluso cuando no es posible curar, siempre es posible cuidar, siempre es posible consolar, siempre es posible hacer sentir una cercanía que muestra interés por la persona antes que por su patología. Por eso espero que la formación profesional capacite a los agentes sanitarios para saber escuchar y relacionarse con el enfermo .

4. Los centros de asistencia sanitaria, casas de misericordia

La Jornada Mundial del Enfermo también es una ocasión propicia para centrar nuestra atención en los centros de asistencia sanitaria. A lo largo de los siglos, la misericordia hacia los enfermos ha llevado a la comunidad cristiana a abrir innumerables “posadas del buen samaritano”, para acoger y curar a enfermos de todo tipo, sobre todo a aquellos que no encontraban respuesta a sus necesidades sanitarias, debido a la pobreza o a la exclusión social, o por las dificultades a la hora de tratar ciertas patologías. En estas situaciones son sobre todo los niños, los ancianos y las personas más frágiles quienes sufren las peores consecuencias. Muchos misioneros, misericordiosos como el Padre, acompañaron el anuncio del Evangelio con la construcción de hospitales, dispensarios y centros de salud. Son obras valiosas mediante las cuales la caridad cristiana ha tomado forma y el amor de Cristo, testimoniado por sus discípulos, se ha vuelto más creíble. Pienso sobre todo en los habitantes de las zonas más pobres del planeta, donde a veces hay que recorrer largas distancias para encontrar centros de asistencia sanitaria que, a pesar de contar con recursos limitados, ofrecen todo lo que tienen a su disposición. Aún queda un largo camino por recorrer y en algunos países recibir un tratamiento adecuado sigue siendo un lujo. Lo demuestra, por ejemplo, la falta de disponibilidad de vacunas contra el virus del Covid-19 en los países más pobres; pero aún más la falta de tratamientos para patologías que requieren medicamentos mucho más sencillos.

En este contexto, deseo reafirmar la importancia de las instituciones sanitarias católicas: son un tesoro precioso que hay que custodiar y sostener; su presencia ha caracterizado la historia de la Iglesia por su cercanía a los enfermos más pobres y a las situaciones más olvidadas [5]. ¡Cuántos fundadores de familias religiosas han sabido escuchar el grito de hermanos y hermanas que no disponían de acceso a los tratamientos sanitarios o que no estaban bien atendidos y se han entregado a su servicio! Aún hoy en día, incluso en los países más desarrollados, su presencia es una bendición, porque siempre pueden ofrecer, además del cuidado del cuerpo con toda la pericia necesaria, también aquella caridad gracias a la cual el enfermo y sus familiares ocupan un lugar central. En una época en la que la cultura del descarte está muy difundida y a la vida no siempre se le reconoce la dignidad de ser acogida y vivida, estas estructuras, como casas de la misericordia, pueden ser un ejemplo en la protección y el cuidado de toda existencia, aun de la más frágil, desde su concepción hasta su término natural.

5. La misericordia pastoral: presencia y cercanía

A lo largo de estos treinta años el servicio indispensable que realiza la pastoral de la salud se ha reconocido cada vez más. Si la peor discriminación que padecen los pobres —y los enfermos son pobres en salud— es la falta de atención espiritual, no podemos dejar de ofrecerles la cercanía de Dios, su bendición, su Palabra, la celebración de los sacramentos y la propuesta de un camino de crecimiento y maduración en la fe [6]. A este propósito, quisiera recordar que la cercanía a los enfermos y su cuidado pastoral no sólo es tarea de algunos ministros específicamente dedicados a ello; visitar a los enfermos es una invitación que Cristo hace a todos sus discípulos. ¡Cuántos enfermos y cuántas personas ancianas viven en sus casas y esperan una visita! El ministerio de la consolación es responsabilidad de todo bautizado, consciente de la palabra de Jesús: «Estuve enfermo y me visitaron» ( Mt 25,36).

Queridos hermanos y hermanas, encomiendo todos los enfermos y sus familias a la intercesión de María, Salud de los enfermos. Que unidos a Cristo, que lleva sobre sí el dolor del mundo, puedan encontrar sentido, consuelo y confianza. Rezo por todos los agentes sanitarios para que, llenos de misericordia, ofrezcan a los pacientes, además de los cuidados adecuados, su cercanía fraterna.

A todos les imparto con afecto la Bendición Apostólica.

Roma, San Juan de Letrán, 10 de diciembre de 2021, Memoria de la Bienaventurada Virgen María de Loreto.

Francisco


[1] Cf. Carta al Cardenal Fiorenzo Angelini, Presidente del Consejo Pontificio para la Pastoral de los Agentes Sanitarios, con ocasión de la institución de la Jornada Mundial del Enfermo (13 mayo 1992).

[2] E. Lévinas, « Une éthique de la souffrance », en Souffrances. Corps et âme, épreuves partagées, J.-M. von Kaenel edit., Autrement, París 1994, pp. 133-135.

[3] Cf. Misal Romano, Prefacio Común VIII, Jesús, buen samaritano.

[4] Cf. Discurso a la Federación Nacional de los Colegios de Médicos y Cirujanos Dentales (20 septiembre 2019).

[5] Cf. Ángelus desde el Policlínico «Gemelli» de Roma (11 julio 2021).

[6] Cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 200.