domingo, 29 de enero de 2023

ACOMPAÑAR A LOS QUE ACOMPAÑAN. LOS CUIDADORES PROFESIONALES.



1.- Texto bíblico.

Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia.

Llamo a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia. A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones: Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios. Gratis habéis recibido, dad gratis.”

(Mt 9, 35 - 10, 1.5.7-8).



2.-Reflexión pastoral.

En las últimas décadas, y dadas las características de nuestra sociedad, el número de cuidadores profesionales (formales) en el ámbito de la atención a las personas mayores está creciendo de manera considerable. Cabe mencionar que no debe confundirse las funciones del cuidador familiar en comparación a una persona técnica (médico geriatra, enfermería, gerocultores), ya que su objetivo es atender, cuidar y acompañar a estas personas de manera profesional.

 

El personal médico-sanitario y social está llamado a intervenir, de forma supletoria y profesional, cuando la familia de la persona mayor frágil y dependiente no puede prestar la debida atención al sufrimiento y las necesidades de sus familiares. En los profesionales de la salud se amplía el ámbito de la familia natural. A ellos se les confían las intimidades y las confidencias de las personas mayores junto con la gran responsabilidad de una acogida que casi nunca pueden prestar otros agentes sociales.

 

Uno de los retos más importantes al que se enfrenta el profesional es poder acompañar a los enfermos y a los ancianos, no solo desde la vertiente científica sino desde la necesaria visión holística de la persona: “Para que haya una buena terapia, es decisivo el aspecto relacional, mediante el que se puede adoptar un enfoque holístico hacia la persona enferma. Dar valor a este aspecto también ayuda a los médicos, los enfermeros, los profesionales y voluntarios a hacerse cargo de aquellos que sufren para acompañarles en un camino de curación, gracias a una relación interpersonal de confianza (Nueva Carta a los agentes sanitarios, nº 4; 2016). Se trata, por lo tanto, de establecer un pacto entre los necesitados de cuidados y quienes los cuidan; un pacto basado en la confianza y el respeto mutuos, en la sinceridad, en la disponibilidad, para superar toda barrera defensiva, poner en el centro la dignidad del enfermo, tutelar la profesionalidad de los sanitarios y mantener una buena relación con las familias de los pacientes.” (Francisco Papa. “Mensaje para la XXIX Jornada Mundial del Enfermo”, de 20 de diciembre de 2020”).

 

Los profesionales de la salud han de ayudar a las personas de hoy en día a afrontar las debilidades, fragilidades, las dependencias y la muerte con esperanza. En una sociedad en que todas estas condiciones de vulnerabilidad y de manera especial la muerte se están convirtiendo con frecuencia en acontecimientos solitarios y despersonalizados, confiado al mundo de la técnica y de los profesionales y privado de la adecuada ayuda humana y espiritual, el profesional cristiano ha de defender el derecho de los vulnerables y de la muerte humana: “La vida siempre es valiosa. Jesús, cuando ve a la anciana mujer, la toma de la mano y la sana: el mismo gesto que hace para resucitar esa joven que había muerto, la toma de la mano y hace que se levante, la sana poniéndola de nuevo de pie. Jesús, con este gesto tierno de amor, de la primera lección a los discípulos: la salvación se anuncia o, mejor, se comunica a través de la atención a la persona enferma; y la fe de esa mujer resplandece en la gratitud por la ternura de Dios se inclinó hacia ella.(Francisco Papa, “El servicio gozoso de la fe que se aprende en la gratitud (Mc 1,29-31”: el amor por la vida vivida.”, en “La edad anciana, una bendición para la sociedad. Catequesis del Papa acerca de la vejez.”; 2022, pg. 70-71).

 

Los profesionales quieren aliviar el dolor y la pena a la persona en situación vulnerable. Con todo, saben que nunca se podrá eliminar el padecimiento y el sufrimiento de aquellos que están muy enfermos y que frecuentemente experimentan la sensación de impotencia. Los profesionales pueden ayudar a la persona desesperada a superar los movimientos de rebelión. A veces será posible evocar los momentos de la vida, por los cuales hemos de poder dar gracias a Dios. Él podrá ayudar a encontrar consuelo y la ternura palpable de quienes le acompañan: “La enfermedad pesa sobre los ancianos de una manera diferente y nueva que cuando uno es joven o adulto. Es como un golpe duro que se abate en un momento ya difícil. La enfermedad del anciano parece acelerar la muerte y en todo caso disminuir ese tiempo de vida que ya consideramos breve. Se insinúa la duda de que no nos recuperaremos, de que “esta vez será la última que me enferme…” y así: vienen estas ideas… No se logra soñar la esperanza en un futuro que aparece ya inexistente.”(Francisco Papa, “Honra a tu padre y madre”: el amor por la vida vivida.”, en “La edad anciana, una bendición para la sociedad. Catequesis del Papa acerca de la vejez.”; 2022, pg. 69-70). Y será bueno hacer referencia a Jesucristo, que aceptó libremente la muerte en la cruz. Un sufrimiento y una muerte inhumana fueron en estos momentos una fuente de salvación porque en aquellos momentos no se cerró en sí mismo sino que lo vivió abiertamente a la voluntad de Dios y al amor de los hombres.

3.- Cuestiones para reflexionar.

 

a)      Intentar encontrar ejemplos concretos de diferentes apoyos que pueden ofrecerse a las personas mayores desde las varias vertientes de la persona: biológica, psicológica, social y espiritual.

 

b)      Reflexionar sobre la importancia del esfuerzo de los sanitarios por tratar a los ancianos como tales y no como “enfermos del descarte”, sin dejarse arrastrar por la mentalidad de empresa imperante de abaratar costos y lograr la máxima eficiencia, como se ha podido constatar en la situación de la pandemia del Covid-19.


4.- Para orar.

 

Plegaria de los profesionales.

Señor, me has escogido

para curar y atender a los enfermos.

Me gustaría ser como tú: acogedor con todos

especialmente con los más desvalidos,

sensible ante sus sufrimientos,

paciente con sus limitaciones

y liberador de sus miedos.

Cuida, Señor, mis males,

acepta mis limitaciones,

mitiga mis errores

y fortalece mi debilidad.

Ayúdame a ser un buen profesional,

Competente en mi trabajo,

humano y servicial.

Bendice a los enfermos y a sus familias,

y bendice al personal sanitario.

Amén (Anónimo).


ACOMPAÑAR A LOS QUE ACOMPAÑAN: LOS CUIDADORES FAMILIARES


1.- Texto bíblico.

“Honra a tu padre de palabra y obra, para que su bendición llegue hasta ti.

Hijo, cuida de tu padre en la vejez y durante su vida no le causes tristeza.

Aunque pierda el juicio, se indulgente con él y no lo desprecies aun estando tú en pleno vigor.

Porque la compasión hacia el padre no será olvidada y te servirá para reparar tus pecados.”

(Eclo 3; 8, 12-14).

2.-Reflexión pastoral.

El envejecimiento es una etapa natural de la vida, pero no se puede negar que ésta conlleva, en algunas ocasiones, unas notables pérdidas y limitaciones en las personas mayores. Es por ello que surge la necesidad de contar con ayuda de otras personas para necesidades que dichas pérdidas y debilidades ocasionan, a través del apoyo y acompañamiento de una persona cuidadora.

 

En nuestro país, la mayoría de las personas mayores dependientes que requieren un cuidador son cuidadas por su familia. Este tipo de cuidado se denomina cuidado informal o familiar, y es el que se presta por parientes, amigos o vecinos en el ámbito doméstico. Esta modalidad surge porque el entorno familiar es el principal contexto donde la enfermedad y la dependencia se presentan y se trata de resolver. Del total de cuidados que reciben las personas mayores: “el 80-88 % los recibe exclusivamente de la familia, mientras los servicios formales proveen el resto.” (IMSERSO; “Las personas mayores en España, perfiles. Reciprocidad familiar.”; 1995 pg. 259).

 

Las personas mayores al llegar a una edad o a unas condiciones físicas muy dependientes tienen que ser cuidados, quieran o no, incluso para evitar situaciones límite o irreversibles, como en su día fueron cuidados sus hijos. No deberían tener que esperar a recibir la ayuda, cuando ya no tienen fuerzas para seguir ellos autónomamente, tal como nos lo recuerda el Papa Francisco en sus catequesis sobre la ancianidad: “Por favor, custodiad a los ancianos. Y si pierden la cabeza, custodiadlos también porque son la presencia de la historia, la presencia de mi familia, y gracias a ellos yo estoy aquí, lo podemos decir todos: gracias a ti, abuelo y abuela, yo estoy vivo. Por favor, no los dejéis solos. Y esto, de custodiar a los ancianos, no es una cuestión de cosméticos ni de cirugía plástica, no. Más bien es una cuestión de honor, que debe transformar la educación de los jóvenes respecto a la vida y a sus fases. El amor por lo humano que nos es común, e incluye el honor por la vida vivida, no es una cuestión de ancianos. Más bien, es una ambición que iluminará a la juventud que hereda sus mejores cualidades. La sabiduría del Espíritu de Dios nos conceda abrir el horizonte de esta auténtica revolución cultural con la energía necesaria.” (Francisco Papa, “Honra a tu padre y madre”: el amor por la vida vivida.”, en “La edad anciana, una bendición para la sociedad. Catequesis del Papa acerca de la vejez.”; 2022, pg. 34).    

   

Cuidar a una persona mayor puede significar sentimientos encontrados muchas veces por parte de los cuidadores dentro de la familia, influenciado por el reconocimiento, la obligación, el deber, la gratificación de todos los sentimientos y sensaciones recibidas en el seno de la familia. Además, puede ser considerada tarea difícil, agotadora, que requiere mucha responsabilidad, dedicación, coraje, paciencia y fuerza de voluntad: “Los cuidados prestados por la familia a las personas mayores dependientes constituyen la red de apoyo más importante y mejor valorada por ellas. […] El cuidador desconoce cuánto tiempo tendrá que serlo, así pues, debe formarse, planificarse y prepararse para poder desarrollar su función en las mejores condiciones. Para ello, debe, entre otras medidas, atender a su propia salud y bienestar, evitando el aislamiento y la pérdida de contactos con su entorno familiar, social y religioso, así como pidiendo ayuda a las personas de su entorno sin esperar a que se la ofrezcan.

El cuidador presenta dos riesgos que hay que atender y prevenir; la soledad y el síndrome del cuidador quemado.” (Subcomisión Familia y Defensa de la vida de la CEE, “La ancianidad: riqueza de frutos y bendiciones.”; 2022; pg. 40-41).

 

El cuidador familiar (informal) asume este rol por iniciativa propia, es decir, asume este rol porque lo solicita por ser el más cercano o más indicado de acuerdo con la familia. Sin embargo, a pesar de su importante función en nuestra sociedad, los cuidadores familiares no reciben la formación, la preparación o el apoyo necesarios por parte de los sistemas sanitarios ni organizaciones que existen para este acompañamiento a las personas mayores. Tienen el derecho y la obligación de formarse. Necesitan adquirir los conocimientos indispensables, desarrollando las habilidades fundamentales para hacer el acompañamiento a sus familiares mayores y, a la par, sentirse acompañados ellos mismos: “Los cuidadores necesitan sentirse acompañados en el sufrimiento, angustia y agotamiento que producen el continuo cuidado de una persona mayor dependiente.” (Subcomisión Familia y Defensa de la vida de la CEE, “La ancianidad: riqueza de frutos y bendiciones.”; 2022; pg.42). Dicho cuidador, es, en no pocas ocasiones, el recurso, el instrumento y medio, por el cual se proveen las atenciones específicas y muchas veces especializadas a las personas mayores dependientes. Es decir, en ellos se deposita o descansa el compromiso de acompañar al otro. Por ello, una persona cuidadora cumple la función de facilitar y proporcionar los cuidados necesarios combinando la preparación y competencia profesional a través de la “formación del corazón”: “Los cuidadores también pueden requerir otra forma de acompañamiento de gran valor: el respiro familiar, que tiene por finalidad luchar tanto contra la soledad como contra el síndrome del “cuidador quemado”. Se trata de proveer un voluntariado social cuya labor sea sustituir regularmente al cuidador en su trabajo habitual, para que disponga de algunas horas a la semana en las que pueda relajarse y desconectar de la presión asistencial en la que vive.” (Subcomisión Familia y Defensa de la vida de la CEE, “La ancianidad: riqueza de frutos y bendiciones.”; 2022; pg.43).

 

La formación de agentes pastorales que ayuden a estos cuidadores informales, de manera especial, los voluntarios ha sido siempre una preocupación constante por parte de las instituciones y organismos de la Iglesia que han acometido este campo pastoral desde sus comienzos. La incorporación de los laicos a la atención en este campo, el redescubrimiento de elementos que colaboran al acompañamiento más allá de la atención sacramental hace que la integración de la Pastoral de la salud en la vida de las comunidades cristianas como un campo pastoral sea equiparable a la catequesis o la pastoral sacramental.

 

Los cuidadores familiares y los voluntarios tienen la necesidad, el derecho y el deber de formarse. Es decir, necesitan adquirir conocimientos indispensables, fortaleciendo las características del ser voluntario y desarrollando las habilidades fundamentales para el servicio que prestarán a favor de las personas mayores que acompañaran: “La formación de un voluntariado específico de pastoral de las personas mayores ha de tener encuentra diversos principios. […] Dicha formación ha de incluir también conocimientos y habilidades para la comunicación fructuosa con las personas mayores, así como de los posibles condicionantes derivados de su falta de salud física y mental. Debe ser una formación continua y actualizada.

Una formación – ya que se va a centrar en el cuidado y acompañamiento personal- que no olvide de la ternura.”, (Ibídem; pg. 38).

 

Para conseguirlo se ha de ofrecer una formación que parta de la vida, vuelva a la vida con un mensaje de esperanza; brinde razones para confiar en las personas y ayudarles a crecer como personas, orientándose hacia la acción transformadora de Jesús, animados por su propio ejemplo.

 

El equilibrio entre la formación “técnica” y la “motivación” que la sostiene en cuanto parte de la misión de la Iglesia, es una urgencia que se hace más evidente ante una realidad plural y compleja como la que vivimos y la necesidad de dar una respuesta a las necesidades que percibimos en esta nuestra humanidad sufriente: “Muchas instituciones de la Iglesia tienen formación para el voluntariado de acompañamiento pastoral a personas mayores. Sería positivo apoyarnos en estas entidades- que ya tienen un largo recorrido y experiencia – para crear estos programas de formación de voluntariado.”, (Ibídem; pg. 38).



3.- Cuestiones para reflexionar.

 

a)      Ante la realidad del cuidador familiar de los ancianos dependientes y vulnerables en su domicilio, reflexionemos sobre las situaciones que pueden encontrarse y cómo podemos ayudarles desde la Pastoral de la salud:

-          Agotamiento y sobrecarga de las actividades diarias de su acción cuidadora.

-          Alejamiento de sus relaciones afectivas y profesionales.

-          Limitaciones en las redes sociales, actividades de ocio.

-          Afectaciones a su propia salud: física, psíquica, y espiritual.

 

b)      ¿Cuál crees que debe ser la formación que debe recibir el cuidado informal o voluntario en el acompañamiento de las personas mayores?

4.- Para orar.

Nos has bendecido, Señor, con el don de la familia.

Te doy gracias por el amor, la fuerza y el consuelo

que me dan mis familiares

Vuelve hacia ellos tu mirada y protégelos cada día,

especialmente ahora que están lejos.

Haz que mi fragilidad sirva para unirlos,

para que se preocupen más los unos por los otros

y resuelvan sabiamente sus diferencias.

Haz que éste sea un momento especial en nuestras vidas

que nos haga capaces de manifestar más abiertamente

nuestro amor mutuo y nuestra fe en Ti.

¡Oh Señor!, orienta en su camino a su familia,

y no te alejes de ellos

mientras me acompañan y sufren conmigo.

Bendícenos con tu gracia

y haz que tu amor permanezca en todos nosotros.

Amén. (Anónimo).

ACOMPAÑAR AL MAYOR DESDE Y PARA LA PASTORAL.


 


 

1.- Texto bíblico.

 

“Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó,

cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje llegó a donde estaba él y, al verlo, se compadeció, y acercándose, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó.

Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: “Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré cuando vuelva”. “¿Cuál de esos tres te parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos?” Él dijo: “El que practicó la misericordia con él”. Jesús le dijo: “Anda y haz tú lo mismo.”.

 (Lc 10, 30-37).

2.-Reflexión pastoral.

Desde que el Papa Francisco asumió el pastoreo de la Iglesia universal, ha llegado el aire fresco del protagonismo de los laicos cristianos, ya que “todos estamos llamados a crecer como evangelizadores, precisa de una formación, una profundización de nuestro amor y de un testimonio más claro del Evangelio… En este sentido, todos nos hemos de dejar evangelizar constantemente; pero eso no significa que debamos postergar la misión evangelizadora, sino que encontremos el modo de comunicar a Jesús que corresponda a la situación que nos hallemos. (Papa Francisco, “Evangelii Gaudium”, E.A.: “La alegría del Evangelio.”; nº 221). Desde esta apuesta, se hace plausible, que el laico anciano se convierta en testigo de esta misión eclesial no tanto por ser objeto de la pastoral y de la evangelización de la Iglesia, y abrir el reto de convertir a las personas mayores en animadores y artífices de la evangelización. Pues, bien, en esa evangelización los mayores ejercen un doble papel. Por una parte, son destinatarios de ese mensaje que subraya el valor y la valía de la vida humana, incluso marcada por la fragilidad y la vulnerabilidad, pero por otra, por esta misma razón se convierten en profetas y testigos cualificados. A pesar de su edad o su aparente su vulnerabilidad, su vida merece todo respeto. Y ellos, a su vez, con su propia experiencia, ayudan a las nuevas generaciones a valorar la vida y su sentido último: “Todos nos debemos sentir invitados a estimar y valorar a las personas mayores, a ayudarlas en sus necesidades pastorales y acompañarlas para que puedan ser protagonistas de su propio acompañamiento pastoral, impulsando su rol activo en la Iglesia y en la sociedad. […] Envejecer no debe sacar a la persona de la realidad en la cual está inserido, debe seguir formando parte de la sociedad y continuar implicado como antes en su relación con los demás, incluso desde sus limitaciones físicas, psicológicas, sociales y hasta espirituales.” (Subcomisión Familia y Defensa de la vida de la CEE, “La ancianidad: riqueza de frutos y bendiciones.”, 2022; pg. 25).

 

De dicha reflexión se desprende según el ejemplo del buen samaritano, que además de acoger el valor de la vida humana, las personas mayores necesitan sentir la cercanía de ser acompañados en esta etapa vital. Aceptar los achaques de la vejez con serenidad, sin hacerlos pesar sobre los demás, recibir el mensaje de la dignidad de la vida, aunque sea limitada o dependiente: “La dignidad de cada ser humano es inherente, intrínseca, inviolable e independiente de las condiciones que lo rodean. Aunque el dolor, el sufrimiento y la enfermedad son realidades que nos hacen sentir impotentes, la respuesta no se encuentra en descartar la vida de una persona enferma, porque cuando ya no es posible curar a la persona de su enfermedad es obligatorio éticamente acompañarla en los momentos finales de su vida en este mundo.” (Ibídem; pg. 29). Por otra parte, esa misma fragilidad puede ser una buena manera de evangelizar, el Papa Francisco lo expone en una de sus catequesis sobre la vejez: “Toda la sociedad debe apresurarse a atender a sus ancianos- ¡son el tesoro! - cada vez más numerosos, y a menudo también más abandonados. […] El anciano del salmo confía a Dios su desánimo: “Porque de mi- dice- mis enemigos hablan, los que espían mi alma se conviertan “¡Dios lo ha desamparado, perseguidle, apresadle, pues no hay quien lo libere!”. Las consecuencias son fatales. La vejez no solo pierde su dignidad, sino que se pone en duda incluso que merezca continuar. Así, todos estamos tentados de esconder nuestra propia vulnerabilidad, esconder nuestra propia enfermedad, nuestra edad y nuestra vejez, porque tememos que sean nuestra antesala de nuestra pérdida de la dignidad. Preguntémonos: ¿es humano inducir este sentimiento? ¿Por qué la civilización moderna, tan avanzada y eficiente, se siente tan incómoda con la enfermedad y la vejez, esconde la enfermedad, esconde la vejez? ¿Y por qué la política, que se muestra tan comprometida con definir los límites de una supervivencia digna, al mismo tiempo es insensible a la dignidad de una convivencia afectuosa con los ancianos y los enfermos? […] Existe entonces un “magisterio de la fragilidad” no esconder las fragilidades, no. Son verdaderas, hay una realidad y hay un magisterio de la fragilidad, que la vejez es capaz de recordar de manera creíble para todo el arco de la vida humana. No esconder la vejez, no esconder las fragilidades de la vejez. Esta es una enseñanza para todos nosotros.” (Francisco Papa, “No me abandones cuando decae mi vigor. (Sal 71,9)”, en “La edad anciana, una bendición para la sociedad. Catequesis del Papa acerca de la vejez.”; 2022, pg. 60, 62).       

 

La evangelización y el acompañamiento de las personas mayores no necesitan tanto de grandes discursos como de la cercanía personal, sencilla y constante, así como de pequeños y cotidianos actos de comprensión y empatía a la manera del samaritano de la parábola: “Es necesario renovar la necesidad y las ganas de querer seguir haciendo camino con los hermanos y hermanas, más vulnerables, afectados por la enfermedad, la limitación mental, el desasosiego, la dificultad por comprender el mensaje de salvación desde la perspectiva de aquellas personas que, cansadas de la vida, no encuentren sentido a la misma.

Pongamos el bálsamo de una pastoral que toque la sensibilidad y el espíritu de estos hermanos que experimentan la fragilidad, imitando el saber hacer y estar presente con amor del buen samaritano.” (Subcomisión Familia y Defensa de la vida de la CEE, “La ancianidad: riqueza de frutos y bendiciones.”, 2022; pg. 29).

 

Es evidente que las personas mayores son destinarios de la misión de la Iglesia y que han de serlo de una forma específica. Anunciar el evangelio y acompañar a las personas mayores es un deber de toda la comunidad eclesial. Pero dicha comunidad ha de adquirir conciencia del protagonismo que ha de reconocer a las personas mayores, ya que es mucho más lo que dan que lo que reciben. De muy diversas formas y en ambientes diversos pueden ser sujetos activos de la evangelización y acompañamiento: “Su acción evangelizadora como agentes pastorales en el acompañamiento tiene, principalmente, dos grandes ámbitos de actuación: con las nuevas generaciones y con sus coetáneos.” (Ibídem; pg. 29).

 

En cuanto a la evangelización de las nuevas generaciones, las personas mayores colaboran en la tarea de transmitir a dichas generaciones las vivencias más profundas de la fe.  En un mundo y sociedad tan líquida como la actual, son las personas mayores quienes transmiten la vivencia de la fe, la experiencia de Dios, la esperanza y el amor cristiano: “Hoy en día, en nuestra sociedad secularizada, las generaciones actuales de los padres no tienen, en su mayoría, la formación cristiana y la fe viva de sus padres. ¿Quién mejor, en esta tesitura, que los abuelos para transmitir la alegría de la fe, el amor a Dios y la esperanza que no defrauda, a las jóvenes generaciones? Son un eslabón indispensable para educar a los niños y a los jóvenes en la fe.” (Subcomisión Familia y Defensa de la vida de la CEE, “La ancianidad: riqueza de frutos y bendiciones.”, 2022; pg. 34). También lo manifiesta el Papa Francisco de la siguiente forma: “Es precisamente la vejez – y esto es bonito para los ancianos- la que aparece aquí como el lugar decisivo, el lugar insustituible de este testimonio. Un anciano que, a causa de su vulnerabilidad, aceptara considerar irrelevante la práctica de la fe, haría creer a los jóvenes que la fe no tiene ninguna relación real con la vida. Les parecería, desde su inicio, como un conjunto de comportamientos que, si es necesario, pueden ser simulados o disimulados, porque ninguno de ellos es tan importante para la vida.” (Francisco Papa, “Eleazar, la coherencia de la fe, herencia del honor.”, en “La edad anciana, una bendición para la sociedad. Catequesis del Papa acerca de la vejez.”; 2022, pg. 40).

 

También es muy importante dicha misión de acompañamiento y evangelización de las personas mayores en su círculo de amigos y coetáneos. Ante ellos están llamados a ser testigos, cercanos y humildes, de su propia fe y de su esperanza: “Hoy cobra especial importancia el apostolado de las personas mayores con sus coetáneos en forma de testimonio de vida… Este acompañamiento debe basarse en el testimonio de una vida vivida en la experiencia del amor de Dios, iluminada por la fe en Cristo y la esperanza de la vida eterna a la que el Señor nos ha llamado.” (Subcomisión Familia y Defensa de la vida de la CEE, “La ancianidad: riqueza de frutos y bendiciones.”, 2022; pg. 35). Asimismo, también lo menciona el Papa Francisco en su Catequesis sobre la ancianidad: “Quizá nos corresponde precisamente a nosotros, a los ancianos, una misión muy importante: devolver a la fe su honor, hacerla coherente que es el testimonio de Eleazar, la coherencia hasta el final. La práctica de la fe no es el símbolo de nuestra debilidad, sino más bien el signo de su fuerza. Ya no somos niños. ¡No bromeamos cuando nos pusimos en el camino del Señor!” (Francisco Papa, “Eleazar, la coherencia de la fe, herencia del honor.”, en “La edad anciana, una bendición para la sociedad. Catequesis del Papa acerca de la vejez.”; 2022, pg. 42).



3.- Cuestiones para reflexionar.

 

a)      Cada uno de nosotros también podemos sentir los cuidados que la Iglesia, a través de la Pastoral de la Salud, nos ofrece. A través de la parábola del Buen Samaritano señalar ¿Qué obligaciones tenemos con los que sufren, están heridos o vulnerables?

 

b)      Desde la fragilidad y la vulnerabilidad también uno puede ser testimonio de Dios para los demás. ¿Cómo pueden implicarse las personas mayores para ser “buenos samaritanos” o al menos posaderos de las generaciones jóvenes y sus coetáneos?



4.- Para orar.

Jesús,

si Tú quieres puedes curarme.

Te enseño mis heridas, mis llagas, mi dolor,

mis debilidades, mis limitaciones.

Soy todo tuyo, gracias por amarme y fijarte en mí.

Quiero transmitir a los demás ese amor que me has dado.

Enséñame a ser buen samaritano, tu buen samaritano.

Amén. (Anónimo).

sábado, 28 de enero de 2023

EL VALOR DE LA VEJEZ.

 

1.- Texto bíblico.

“Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas,

como está escrito: “Este pueblo me honra con

los labios, pero su corazón está lejos de mí.

El culto que me dan está vacío, porque la

doctrina que enseñan son preceptos humanos”. Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a

la tradición de los hombres. Y añadió: “Anuláis el mandamiento de Dios para mantener vuestra tradición”. Moisés dijo: “Honra a tu padre y a tu madre” y “el que maldiga a su padre o a su madre es reo de muerte”.

Pero vosotros decís: “Si uno le dice al padre o la madre: los bienes con los que podría ayudarte son corbán,

es decir, ofrenda sagrada”, ya no le permitís hacer nada por su padre o su madre; invalidando la palabra de Dios

con esa tradición que os transmitís, y hacéis otras

muchas cosas semejantes.”

(Mc 7, 9-13)

 


2.-Reflexión pastoral.

Los mayores no pueden permanecer en una especie de remanente de experiencia, de memoria del pasado. Reconocer esto debe llevarnos a todos a asumir el compromiso responsable de valorarle como un referente del presente que ha vivido el pasado y encara el futuro.

 

A lo largo de la historia se ha valorado cada período de edad con una significación y unas exigencias determinadas. La vejez ha sido objeto de valoración muy rica. La longevidad en sí, no es un período estancado, sino una etapa en continuo movimiento desde los valores socioculturales que dicta la sociedad: “En el pasaje bíblico de las genealogías de los antepasados sorprende enseguida su enorme longevidad: ¡se habla de siglos! ¿Cuándo empieza, aquí, la vejez? Uno se pregunta ¿Y qué significa el hecho de que estos antiguos padres vivan tanto después de haber generado hijos? ¡Padres e hijos viven juntos, durante siglos! Esta cadencia secular de la época, narrada con estilo ritual, otorga a la relación entre longevidad y genealogía un significado simbólico fuerte, muy fuerte.” (Francisco Papa, “La gracia del tiempo y la alianza de las edades de la vida.”, en “La edad anciana, una bendición para la sociedad. Catequesis del Papa acerca de la vejez.”; 2022, pg. 8).

 

Para mejor entender el valor del anciano en nuestra sociedad, es esencial comprender de dónde viene y hacia dónde va. La vida es un acometer nuevos horizontes e ilusiones. El valor de las personas nunca debe pivotar solamente en el pasado, sino en la mirada de esperanza hacia el futuro. Sin valorar el pasado de las personas mayores no hay cabida de mirada al futuro:

  • Los mayores en la Sagrada Escritura.

Para entender plenamente el sentido y el valor de la vejez, es preciso ante todo ver lo que de ella nos refiere la Biblia. Solo a la luz de la palabra de Dios, podemos sondear la plena dimensión espiritual, moral y experiencial de esta época vital. Como estímulo para poder reflexionar y comprender el mundo de la ancianidad en la Biblia, sugerimos a continuación algunos puntos de referencia bíblicos sobre los retos que ellos representan en una sociedad como la nuestra, tan distinta y distante:

-          La vejez como eternidad (Éx 3,16).

-          La vejez como libro de sabiduría (Eclo 25,4).

-          La vejez juiciosa como patrimonio de la juventud (Sab. 4,8).

-          La vejez como realce de las virtudes (Tit 2, 2-5).

-          La vejez como promesa llena de bendiciones (Gén 12, 3-7).

-          La vejez como cumplimiento de las promesas (Lc 2,34).

 

En un mundo como el de nuestra cultura occidental, en que la persona mayor no es el protagonista del presente, y que parece que cuenta poco para el futuro y el pasado se reduce a su misma vida, que interesa a pocos, porque la ciencia y la experiencia se transmite hoy de manera diferente a como se hacía antaño, es bueno que haya una nueva mirada y reflexión de la persona mayor desde la perspectiva bíblica: “Esta visión respetuosa y llena de admiración ante la ancianidad que nos muestra la Escritura y la más antigua tradición cristiana, en la que se subraya la profunda vinculación de las personas mayores con sus familias, contrasta con la realidad que se nos impone en los albores del tercer milenio que nos toca vivir.”  (Subcomisión Familia y Defensa de la vida de la CEE, “La ancianidad: riqueza de frutos y bendiciones.”; 2022; pg. 20).

 

  • En la familia, la sociedad y la Iglesia.

Actualmente la unidad familiar vive una disposición diferente a la de antaño, por diferentes realidades que han ido apareciendo: urbanización, paso de la vida rural a la urbana, la prevalencia de familia nuclear, o sea dos generaciones, frente a la familia tradicional de tres generaciones, trae como consecuencia el abandono o por lo menos la soledad de las personas mayores, por lo que la aparición de situaciones patológicas como soledad no deseada, enfermedades seniles psíquicas, deseo de no continuar viviendo están apareciendo en la estructura familiar y de manera especial en las personas mayores: “Hoy, con la ayuda de la palabra de Dios que hemos escuchado, abrimos con un pasaje a través de la fragilidad de la edad anciana, marcada de forma especial por las experiencias del desconcierto y del desánimo, de la pérdida y del abandono, de la desilusión y la duda. Naturalmente, las experiencias de nuestra fragilidad, frente a las situaciones dramáticas – a veces trágicas- de la vida, pueden suceder en todo tiempo de la existencia. […] En la común experiencia humana, el amor- como se dice- es descendiente: no vuelve sobre la vida que está detrás de las espaldas con la misma fuerza con la que se derrama sobre la vida que está todavía delante. La gratuidad del amor aparece también en esto: los padres lo saben desde siempre, los ancianos lo aprenden pronto. A pesar de eso, la revelación abre un camino para una restitución diferente del amor: es el camino de honrar a quien nos ha precedido. El camino de honrar a las personas que nos han precedido empieza aquí: honrar a los ancianos.” (Francisco Papa, “Honra a tu padre y a tu madre”: El amor por la vida vivida.”, en “La edad anciana, una bendición para la sociedad. Catequesis del Papa acerca de la vejez.”; 2022, pg. 30-31).

 

La familia es el soporte más sólido que puede tener el ser humano a cualquier edad, pero es en la ancianidad en la que ésta presenta una significación especial. Es en su seno donde los miembros que la conforman deben aprender a atender y a la vez adaptarse a que su ser querido está viviendo la última etapa, que puede ser breve o prolongada de su vida: “Las personas mayores ante todo son esposos, hermanos, abuelos de otras personas. Por tanto, queremos poner de relieve que el lugar de las personas mayores es su familia, donde por una parte, tienen mucho que aportar y, por otra, deben ser acogidos, cuidados y respetados.” (Subcomisión Familia y Defensa de la vida de la CEE, “La ancianidad: riqueza de frutos y bendiciones.”; 2022; pg. 21).

La familia constituye el apoyo psicológico a muchos déficits del mayor al poder ayudarlos a sustituir su rol de protector por el de protegido en forma armónica, manteniendo el respeto y la valoración que le da su status anterior, la experiencia y el fuerzo que realizaron.

La sociedad, la familia y el propio mayor necesitan de un estilo de vida en el cual estén presentes algunas orientaciones de salud como pueden ser:

a.      Mejorar la autoestima y la autoimagen de la persona mayor, para pasar de ser dependiente a ser activo, debido a la disminución de las capacidades a todos los niveles.

b.      El apoyo emocional de la familia ya que puede formar parte de la adaptación y superación de problemas de cualquier índole.

c.       El mayor, como ser social debe estar vinculado a la relación intergeneracional siempre y no aislarlo porque no se comunique apropiadamente por sus vulnerabilidades o disminuciones de sus facultades.

d.      Deben ser valorados los factores de riesgos, todos de importancia en la atención, tanto individual, como familiar y comunitaria de los mismos. Todos ellos deben ser tenidos en cuenta en sus niveles biológicos, psicológicos, sociales y espirituales.    

 

  • El mayor portador de las raíces y la memoria.

En la tradición de la Iglesia hay todo un bagaje de sabiduría que siempre ha sido la base de una cultura de cercanía a los ancianos, una disposición al acompañamiento afectuoso y solidario en la parte final de la vida. Es muy necesario recuperar la figura del mayor como abuelo: “Hemos de ayudarnos a romper con una sociedad que se reduce a una mera realidad económica o a una red de relaciones guiadas por la funcionalidad y por el interés, y para eso es necesario poner el valor la vejez como el depósito de la sabiduría y la experiencia que ayuda a los más jóvenes a caminar en el camino correcto.” (Subcomisión Familia y Defensa de la vida de la CEE, “La ancianidad: riqueza de frutos y bendiciones.”; 2022; pg. 23). Por eso, ellos, que son memoria viva de la familia, tienen la trascendental misión de transmitir el patrimonio de la fe a los jóvenes: “La transmisión de la experiencia de la vida de los abuelos a los nietos. Lamentablemente hoy esto no es así y se piensa que los abuelos sean material de descarte: ¡no! Son la memoria viva de un pueblo y los jóvenes y los niños deben escuchar a los abuelos. En nuestra cultura, tan “políticamente correcta”, este camino resulta obstaculizado de varias formas: en la familia, en la sociedad, en la misma comunidad cristiana” (Francisco Papa, “La despedida y la herencia: memoria y testimonio.”, en “La edad anciana, una bendición para la sociedad. Catequesis del Papa acerca de la vejez.”; 2022, pg. 21).



3.- Cuestiones para reflexionar.

a)      La persona mayor, en el pensamiento del papa Francisco juega un rol muy valioso en la sociedad, pues es el testimonio de la memoria colectiva, la presencia viva de las raíces de una cultura, de una tradición. ¿Por qué, entonces, son sistemáticamente relegados del cuerpo social en el marco de la cultura occidental contemporánea?

 

b)      Ante las cualidades que ya no se poseen, ¿Cómo puede la Pastoral de la Salud acompañar a las personas mayores para reforzar con una actitud positiva las cualidades pérdidas y las que aún se conservan?

4.- Para orar.

Se entienden ellos bien.

Por el oído el nieto aprende sabiduría y experiencia.

Habla, abuelo, que siempre queda algo más de lo que piensas.

Pero el abuelo establecerá también un puente con el mundo distinto que ya no entiende y se le escapa.

Habla, nieto travieso; cuenta tus aventuras y tus descubrimientos.

Habla, nieto. Y no se lo digas a nadie. Pero yo me siento ahora como tú. Aprendiendo el lenguaje y la clave de un mundo distinto que me espera.

Los dos afrontaremos el futuro nuevo. Y allá, desde lo alto, vigilaré tus pasos algún día; seré la voz indescifrable que te anime y la mano que te estará ayudando sin que tú lo adviertas.

Amén. (Antonio Alonso; Bienaventuranzas del atardecer).


 

miércoles, 18 de enero de 2023

REUNIÓN DEL SECRETARIADO DIOCESANO DE PASTORAL DE LA SALUD

 


26 de Enero, jueves

ORDEN DEL DÍA: 

1º Oración.

2º XXXI Jornada Mundial del Enfermo, 11  de Febrero.

3 Jornadas de Pastoral de la Salud.

4º Ruegos y preguntas.

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LUGAR: PARROQUIA SAN PÍO X, LOGROÑO

HORA: 18:00

 

                    Rafael Gil Vicuña

 Director del Secretariado Diocesano de Pastoral de la Salud

 

 

martes, 17 de enero de 2023

El Papa: “Un mundo que descarta a los enfermos es cínico y no tiene futuro”

 


La mañana de este lunes, 16 de enero, el Santo Padre recibió en audiencia a los miembros de la Confederación Nacional del Orden de Técnicos Sanitarios de Radiología Médica y de las Profesiones sanitarias técnicas de rehabilitación y prevención de Italia, a quienes alentó a relacionarse con los pacientes con “humanidad y empatía”.

martes, 10 de enero de 2023

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO PARA LA XXXI JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO

 



11 de febrero de 2023

«Cuida de él».

La compasión como ejercicio sinodal de sanación

Queridos hermanos y hermanas:

La enfermedad forma parte de nuestra experiencia humana. Pero, si se vive en el aislamiento y en el abandono, si no va acompañada del cuidado y de la compasión, puede llegar a ser inhumana. Cuando caminamos juntos, es normal que alguien se sienta mal, que tenga que detenerse debido al cansancio o por algún contratiempo. Es ahí, en esos momentos, cuando podemos ver cómo estamos caminando: si realmente caminamos juntos, o si vamos por el mismo camino, pero cada uno lo hace por su cuenta, velando por sus propios intereses y dejando que los demás “se las arreglen”. Por eso, en esta XXXI Jornada Mundial del Enfermo, en pleno camino sinodal, los invito a reflexionar sobre el hecho de que, es precisamente a través de la experiencia de la fragilidad y de la enfermedad, como podemos aprender a caminar juntos según el estilo de Dios, que es cercanía, compasión y ternura.

En el libro del profeta Ezequiel, en un gran oráculo que constituye uno de los puntos culminantes de toda la Revelación, el Señor dice así: «Yo mismo apacentaré mis ovejas y las llevaré a descansar —oráculo del Señor—. Buscaré a la oveja perdida, haré volver a la descarriada, vendaré a la herida y curaré a la enferma […]. Yo las apacentaré con justicia» (34,15-16). La experiencia del extravío, de la enfermedad y de la debilidad forman parte de nuestro camino de un modo natural, no nos excluyen del pueblo de Dios; al contrario, nos llevan al centro de la atención del Señor, que es Padre y no quiere perder a ninguno de sus hijos por el camino. Se trata, por tanto, de aprender de Él, para ser verdaderamente una comunidad que camina unida, capaz de no dejarse contagiar por la cultura del descarte.

La Encíclica Fratelli tutti, como ustedes saben, propone una lectura actualizada de la parábola del buen samaritano. La escogí como eje, como punto de inflexión, para poder salir de las “sombras de un mundo cerrado” y “pensar y gestar un mundo abierto” (cf. n. 56). De hecho, existe una conexión profunda entre esta parábola de Jesús y las múltiples formas en las que se niega hoy la fraternidad. En particular, el hecho de que la persona golpeada y despojada sea abandonada al borde del camino, representa la condición en la que se deja a muchos de nuestros hermanos y hermanas cuando más necesitados están de ayuda. No es fácil distinguir cuáles agresiones contra la vida y su dignidad proceden de causas naturales y cuáles, en cambio, provienen de la injusticia y la violencia. En realidad, el nivel de las desigualdades y la prevalencia de los intereses de unos pocos ya afectan a todos los entornos humanos, hasta tal punto que resulta difícil considerar cualquier experiencia como “natural”. Todo sufrimiento tiene lugar en una “cultura” y en medio de sus contradicciones.

Sin embargo, lo importante aquí es reconocer la condición de soledad, de abandono. Se trata de una atrocidad que puede superarse antes que cualquier otra injusticia, porque, como nos dice la parábola, todo lo que se necesita para eliminarla es un momento de atención, el movimiento interior de la compasión. Dos transeúntes, considerados religiosos, ven al herido y no se detienen. El tercero, en cambio, un samaritano, objeto de desprecio, sintió compasión y se hizo cargo de aquel forastero en el camino, tratándolo como a un hermano. Obrando de ese modo, sin siquiera pensarlo, cambió las cosas, generó un mundo más fraterno.

Hermanos, hermanas, nunca estamos preparados para la enfermedad. Y, a menudo, ni siquiera para admitir el avance de la edad. Tenemos miedo a la vulnerabilidad y la cultura omnipresente del mercado nos empuja a negarla. No hay lugar para la fragilidad. Y, de este modo, el mal, cuando irrumpe y nos asalta, nos deja aturdidos. Puede suceder, entonces, que los demás nos abandonen, o que nos parezca que debemos abandonarlos, para no ser una carga para ellos. Así comienza la soledad, y nos envenena el sentimiento amargo de una injusticia, por el que incluso el Cielo parece cerrarse. De hecho, nos cuesta permanecer en paz con Dios, cuando se arruina nuestra relación con los demás y con nosotros mismos. Por eso es tan importante que toda la Iglesia, también en lo que se refiere a la enfermedad, se confronte con el ejemplo evangélico del buen samaritano, para llegar a convertirse en un auténtico “hospital de campaña”. Su misión, sobre todo en las circunstancias históricas que atravesamos, se expresa, de hecho, en el ejercicio del cuidado. Todos somos frágiles y vulnerables; todos necesitamos esa atención compasiva, que sabe detenerse, acercarse, curar y levantar. La situación de los enfermos es, por tanto, una llamada que interrumpe la indiferencia y frena el paso de quienes avanzan como si no tuvieran hermanas y hermanos.

La Jornada Mundial del Enfermo, en efecto, no sólo invita a la oración y a la cercanía con los que sufren. También tiene como objetivo sensibilizar al pueblo de Dios, a las instituciones sanitarias y a la sociedad civil sobre una nueva forma de avanzar juntos. La profecía de Ezequiel, citada al principio, contiene un juicio muy duro acerca de las prioridades de quienes ejercen el poder económico, cultural y de gobierno sobre el pueblo: «Ustedes se alimentan con la leche, se visten con la lana, sacrifican a las ovejas más gordas, y no apacientan el rebaño. No han fortalecido a la oveja débil, no han curado a la enferma, no han vendado a la herida, no han hecho volver a la descarriada, ni han buscado a la que estaba perdida. Al contrario, las han dominado con rigor y crueldad» (34,3-4). La Palabra de Dios es siempre iluminadora y actual. No sólo en su denuncia, sino también en su propuesta. De hecho, la conclusión de la parábola del buen samaritano nos sugiere cómo el ejercicio de la fraternidad, iniciado por un encuentro de tú a tú, puede extenderse a un cuidado organizado. La posada, el posadero, el dinero, la promesa de mantenerse mutuamente informados (cf. Lc 10,34-35): todo esto nos hace pensar en el ministerio de los sacerdotes; en la labor de los agentes sanitarios y sociales; en el compromiso de los familiares y de los voluntarios, gracias a los cuales, cada día, en todas las partes del mundo, el bien se opone al mal.

Los años de la pandemia han aumentado nuestro sentimiento de gratitud hacia quienes trabajan cada día por la salud y la investigación. Pero, de una tragedia colectiva tan grande, no basta salir honrando a unos héroes. El COVID-19 puso a dura prueba esta gran red de capacidades y de solidaridad, y mostró los límites estructurales de los actuales sistemas de bienestar. Por tanto, es necesario que la gratitud vaya acompañada de una búsqueda activa, en cada país, de estrategias y de recursos, para que a todos los seres humanos se les garantice el acceso a la asistencia y el derecho fundamental a la salud.

«Cuida de él» (Lc 10,35) es la recomendación del samaritano al posadero. Jesús nos lo repite también a cada uno de nosotros, y al final nos exhorta: «Anda y haz tú lo mismo». Como subrayé en Fratelli tutti, «la parábola nos muestra con qué iniciativas se puede rehacer una comunidad a partir de hombres y mujeres que hacen propia la fragilidad de los demás, que no dejan que se erija una sociedad de exclusión, sino que se hacen prójimos y levantan y rehabilitan al caído, para que el bien sea común» (n. 67). En realidad, «hemos sido hechos para la plenitud que sólo se alcanza en el amor. No es una opción posible vivir indiferentes ante el dolor» (n. 68).

El 11 de febrero de 2023, miremos también al Santuario de Lourdes como una profecía, una lección que se encomienda a la Iglesia en el corazón de la modernidad. No vale solamente lo que funciona, ni cuentan solamente los que producen. Las personas enfermas están en el centro del pueblo de Dios, que avanza con ellos como profecía de una humanidad en la que todos son valiosos y nadie debe ser descartado.

Encomiendo a la intercesión de María, Salud de los enfermos, a cada uno de ustedes, que se encuentran enfermos; a quienes se encargan de atenderlos —en el ámbito de la familia, con su trabajo, en la investigación o en el voluntariado—; y a quienes están comprometidos en forjar vínculos personales, eclesiales y civiles de fraternidad. A todos les envío cordialmente mi Bendición Apostólica.

 

Roma, San Juan de Letrán, 10 de enero de 2023